Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Entrevista al Señor


En otras ocasiones me he aventurado a hacer preguntas a líderes religiosos y políticos para intentar conocer su lado más hondo, ese que suele quedar oculto detrás de los flashes, los discursos y los micrófonos. Esta vez me permito un ejercicio bastante más audaz: imaginar una conversación con el mismo Jesús y preguntarle algunas de esas cosas que llevo dentro hace tiempo.



Veamos cómo me va. Lo primero que hago es agradecerle que haya venido, considerando la cantidad de asuntos importantes de los que debe ocuparse en el mundo y, supongo, en el universo entero. Me hace entender que no viene solo. Viene con el Padre y el Espíritu Santo porque, aunque son tres personas, son un solo Dios.

Dos tazas más de café sobre la mesa

Hágase tu voluntad… o la de ustedes —digo torpemente. Y agrego dos tazas más de café a la mesa. —¿Cómo están?

Es lo primero que atino a preguntar cuando me encuentro frente a una presencia que difícilmente podría describir. Me interesa demasiado saber qué sienten, qué piensan de todo lo que contemplan hoy y si alguna vez miran su creación con tristeza, preocupación o incluso decepción. Busco en sus rostros alguna señal.

Pienso en las guerras, en el calentamiento global, en los inocentes que mueren, en las injusticias, en la pobreza, en tantas formas de violencia y en ese larguísimo rosario de dolores cuyas cuentas parecieran no terminar nunca. Su reacción no es la que esperaba. ¿Cómo explicar lo que significa contemplar la misericordia cara a cara?

Hay en ellos un amor tan inmenso y gratuito que me cuesta encontrar un gesto de recriminación. Es como si nos conocieran desde siempre, con nuestra belleza y nuestra miseria, y aun así fueran incapaces de dejar de amarnos.

Un esplendor tan difícil de poner en palabras

Cambio de pregunta. Me resulta imposible sacarles el enojo que, en el fondo, quizás esperaba encontrar frente a quienes optan deliberadamente por hacer daño. Miro entonces las llagas de Jesús y, al mismo tiempo, ese esplendor suyo tan difícil de poner en palabras.

¿Ya estás recuperado de todo aquello? —le pregunto—. ¿Del ensañamiento, de la traición, del abandono, del peso de nuestra violencia?

Su risa me sorprende. No es una risa burlona. Es la risa libre de quien parece querer explicarme que ninguna herida fue más grande que su amor. —¿Y por qué no vuelves ahora? —le digo casi interrumpiéndolo—. La gente anda bastante perdida y algunos de tus pastores tampoco parecen demasiado fieles a la misión que les dejaste.

Entonces siento al Espíritu Santo irrumpir en la conversación. —Algo nuevo está naciendo en medio de toda esta incertidumbre. Espera y verás.

Esas palabras llegan como una ráfaga

No sabría explicar bien cómo sucede, pero esas palabras llegan como una ráfaga, como un fuego que atraviesa la pieza donde estamos, y algo de la esperanza vuelve a acomodarse dentro de mí. Tengo demasiadas preguntas y muy poco café.

—¿Por qué nosotros? —continúo—. ¿Por qué somos objeto de un amor tan grande? ¿Hay algún límite para esa entrega? ¿No se cansan de nuestra ingratitud? Les hablo de cómo hemos tratado la casa que recibimos. De lo poco que hemos aprendido a convivir. Del individualismo, del consumo, de nuestra obsesión por tener cada vez más. Les hablo también de esa muerte silenciosa que se va instalando en tantos rincones y que tiene un nombre sencillo y doloroso: soledad.

Cafe

Por primera vez creo percibir aflicción. Y, sin embargo, el amor sigue intacto. Entonces imagino escuchar al Padre: —El amor no es un contrato. Tampoco un negocio. Es un vínculo. Lo dice con una ternura llena de nostalgia, como quien llevara siglos acumulando abrazos que todavía esperan ser recibidos. Miro el reloj y me angustia pensar que la conversación se termina.

Quisiera preguntarles por el cielo

Quisiera preguntarles por el cielo. Por quienes amamos y ya partieron. Por los santos. Por el misterio del mal y por quienes parecen haber hecho de él una forma de poder. Por el futuro del planeta. Por otras formas de vida en este universo desmesurado. Por tantas cosas que llevo años queriendo entender.

Pero finalmente dejo todo eso a un lado. Me queda una última pregunta. —Señor Jesús, Padre, Espíritu Santo… ¿ustedes saben cuánto los amo? La pregunta me da pudor. Me siento diminuta poniendo mi propio amor en medio de una conversación que podría abarcar la historia completa del universo. No responden. Tampoco hace falta. Sus sonrisas, sus miradas y esa luz imposible de describir me alcanzan. Y lloro.

Lloro de esa manera extraña en que uno llora cuando algo duele y sana al mismo tiempo. Cuando comprende apenas un poco y, sin embargo, ese poco basta. Nos levantamos de la mesa. Las tazas siguen casi llenas. Antes de irse me parece escuchar: —Sigue adelante. Ama. Confía. Haz lo que puedas con lo que se te ha dado. Y, justo cuando creo que la conversación terminó, aparece una última sonrisa: —El próximo café lo invitamos nosotros. Y se van.

O, pensándolo mejor, quizás no se van. Tal vez siguen estando conmigo y con todos. Soólo que no siempre logro verlos ni escucharlos con tanta claridad, ocupada como estoy, una vez más, en tantas otras cosas.