Noticias religiosas de última hora


José Luis Pinilla
Horizontes abiertos y presidente de CONFER-ALCALA. Grupos Loyola

El regalo que llega tarde (y no son oro, incienso o mirra)


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Dicen que hubo un cuarto rey.

No aparece en los Evangelios ni en los belenes de escayola, pero camina por la memoria secreta de quienes han aprendido que llegar tarde no siempre es llegar mal.

Se llamaba Artabán.



Otros dones

Y no llevaba oro, incienso ni mirra. Llevaba lo que hoy aún pesa en los bolsillos del alma: tiempo, palabra, escucha, conciencia; llevaba la capacidad de indignarse ante la injusticia y la torpeza bendita de detenerse cuando el mundo apremia a pasar de largo. Llevaba, sin saberlo, los dones frágiles que también sostiene nuestra sociedad: sanidad que cura, educación que despierta, derechos que protegen, manos anónimas que sostienen a los caídos.

Ese rey había quedado con los otros reyes en una ciudad antigua, allí donde el desierto aprende a pronunciar los nombres de Dios. La estrella estaba clara, el acuerdo sellado. Pero en el camino encontró a un anciano tendido junto al polvo, enfermo y solo. Nadie lo esperaba. Nadie lo contaba. Artabán se arrodilló. Perdió tiempo. Regaló cuidado. Y cuando levantó la vista, los otros ya se habían marchado.

Así comenzó su viaje solitario.

No regresó. No se excusó. Siguió adelante. Siempre hacia Belén. Siempre un poco tarde.

Rey Mago Biblia

Hacia Belén

Cuando llegó, el niño ya no estaba. La violencia había vuelto a escribir la historia con sangre, y la Sagrada Familia huía como huyen hoy tantos: sin papeles, sin escolta, sin más patria que el miedo. Artabán entendió entonces que buscar a Dios no es seguir una estrella fija, sino aprender a reconocerla cuando se esconde en los cuerpos vulnerables.

Y caminó.

Cada día encontraba a alguien que necesitaba más que él. Un enfermo al que nadie tocaba. Un preso olvidado por la ley. Un hambriento con los ojos llenos de invierno. Una mujer vendida para pagar culpas ajenas. Y cada vez, Artabán entregaba uno de sus dones: tiempo robado al éxito, palabras dichas a contracorriente, recursos compartidos, silencios habitados, indignación convertida en ternura.

Su equipaje se fue vaciando.

Pero su corazón, no.

Su última esperanza

Treinta y tres años duró la búsqueda. La edad exacta de los hombres que aman hasta el extremo. Llegó a Jerusalén cuando la justicia ya había sido crucificada y el amor colgaba desnudo de la historia. Allí, al pie del Gólgota, con Cristo abierto de brazos,   comprendió que tampoco esta vez llegaba a tiempo.

Miró y consideró ignacianamente al “Señor nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” (EE 116).

Se miró a sí mismo: Solo le quedaba un don: su última esperanza.

Y la entregó. Como siempre. Para liberar a otra persona. Para salvar a alguien que no era él.

Entonces cayó. Exhausto. Convencido de haber fracasado.

Nunca adoró al Niño.

Nunca entregó sus regalos.

Nunca llegó a Belén.

O eso creyó.

Porque en el umbral de la muerte escuchó una voz —no desde el cielo, sino desde lo hondo— que le habló de cada gesto, de cada demora, de cada acto de compasión. De cada vez que eligió detenerse cuando el mundo exigía velocidad. De cada vez que defendió la dignidad humana con las manos vacías.

— ¿Cuándo hice yo eso por ti? —preguntó Artabán.

Y la respuesta fue sencilla, como lo son todas las verdades que salvan:

— Cada vez que lo hiciste por uno de ellos, llegaste a mí.

Por eso este relato se ofrece como frontispicio.

Porque quizá el regalo que esperas de Reyes no sea llegar primero, sino llegar hondo.

No tener más, sino compartir mejor.

No brillar, sino acompañar.

Y porque tal vez —solo tal vez— el cuarto rey sigamos siendo nosotros.

Reyes Magos Epifania