Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

El dolor en la Iglesia


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Tengo que confesar que me espanta bastante el modo en que a veces se habla del sufrimiento en el ambiente religioso. Con buena intención y desde el deseo de dar sentido a algo tan misterioso como el dolor, acabamos trivializando las cosas, llamando “cruz” a cualquier inconveniencia o pontificando discursos teóricos sobre la conveniencia y la bondad de estas cargas que dejan el regusto de las palabras vacías y hacen aún más daño a quienes realmente están pasando por situaciones espinosas. Puede que no se trate de lo más habitual, pero, cuando sucede, tiene el mismo efecto devastador que el que produce un elefante en una tienda de porcelana. No hace falta ser muy avispados para intuir que, detrás de esas posturas, que dañan más que sanan, hay una evidente falta de sabiduría, pero de esa sabiduría bíblica, que tiene que ver con saborear la existencia y saber situarse adecuadamente en ella.



‘Pan de limón con semillas de amapola’

En contraste, hay maneras de hablar del dolor que apuntan más allá. Eso es lo que pensé el otro día al ver la película: ‘Pan de limón con semillas de amapola’. No voy a hacer ningún ‘spoiler’, pero el título se debe a que, la difunta dueña de una panadería, heredada por unas hermanas que, paradójicamente, no la conocían, regalaba a sus clientes trozos de ese peculiar pan. Por mucho que las herederas intentaban ajustarse a la receta, quienes lo probaban decían que el de la difunta era mejor. Cuando la nueva propietaria sabe de la conexión que le unía con su antecesora y de los sufrimientos de esta, rompe a llorar mientras preparaba ese pan de limón con semillas de amapola. Son las lágrimas que caían en la masa las que otorgaba ese gusto tan especial que echaban de menos los clientes de la panadería y que vuelven a reconocer en esta ocasión.

'Pan de limón con semillas de amapola'

‘Pan de limón con semillas de amapola’

Y es que, al fin y al cabo, ¿qué sabe quien no ha sufrido? Las magulladuras y las muescas que la vida nos va dejando en el corazón esconden también la sorprendente capacidad de hacernos sabios. Esta intuición profunda no es patrimonio de los cristianos y el arte lo expresa de maneras preciosas y delicadas de las que tendríamos que aprender. También lo hace así el capítulo veintiocho del libro de Job en el que contrasta las destrezas del ser humano, capaz incluso de extraer minerales del fondo de la tierra, con su profunda incapacidad para adquirir sabiduría a golpe de puños. La sabiduría, que depende solo de Dios, no es ajena a la muerte ni al abismo, pues, como dice el texto bíblico, ellas la conocen “de oídas” (Job 28,22). Igual, del contacto con el arte y con la Biblia, vamos extirpando esos reductos de insensibilidad eclesial cuando hablemos del dolor, especialmente del ajeno, y reduzcamos el número de paseos de elefante por tiendas de porcelana fina.