Circula un bonito e iluminador chascarrillo que dice que “en los huevos fritos con bacon la gallina colabora, el cerdo se implica”.
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Hablar de “encarnación” es hablar de cómo le gusta a Dios hacer las cosas, hablar de “encarnación” es hablar de cómo Dios nos pide que hagamos las cosas. Y a Dios le gusta hacer las cosas, no colaborando como la gallina, sino implicándose como el cerdo, poniendo, y nunca mejor dicho, toda la carne en el asador.
En la icónica “Anunciación” de Fray Angélico, la luz del sol brilla sobre el paraíso perdido y un rayo se desprende de esa divinidad para entrar en el receptivo vientre de María. En la imagen, el “sí” de María cobra una relevancia tal, que Dios queda relegado a ser un actor de reparto en el diálogo entre el ángel y la joven.
Sin embargo, el protagonista de todo este cuadro teatral debería ser Dios mismo que, en su total esencia, decide hacerse hombre, quiere ser hombre, quiere vivir entre los hombres; porque su manera de hacer y de ser es el compromiso, el acompañamiento, la implicación total en el día a día de aquellos a los que ama.

El ‘sí’ de María
Claro está, María nos vuelve a mostrar que, en este mundo, Dios tiene poco que hacer si no recibe el “sí” confiado de cada uno de nosotros.
Pero ese “sí” vuelve a no ser un “sí” cualquiera: es un “sí” de compromiso vital con las realidades sufrientes y con las realidades gozosas que nos rodean. Es un “sí” que acoge al otro, para formar parte del otro, para ser con el otro, para vivir por el otro.
Cuando Jesús nos recuerda que permanezcamos en el amor del Padre (Jn 15,9), también nos está pidiendo que no olvidemos cuál es la forma de amar de Dios, cuál es la forma de ser y estar que Dios eligió para caminar entre los hombres, cuál es la expresión de ese amor que, alejado de la sensiblería y el sentimentalismo, está dispuesto a mancharse con el barro de los caminos; está dispuesto, como el cerdo, a implicarse.
Feliz día de la Encarnación.
