Ianire Angulo Ordorika
Religiosa Esclava de la Stma. Eucaristía

“Dios tiene corazón”


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En los últimos días he tenido el privilegio de compartir unos días de oración con la comunidad de Benedictinas del Monasterio de San Pelayo, en el cogollo de la ciudad de Oviedo. Aunque eran ellas las que estaban de retiro, para mí ha sido un regalo poder parar el ritmo cotidiano y el ajetreo del fin de curso, cambiando el ritmo frenético que marca la agenda por otro mucho más sereno, determinado por la oración litúrgica. En este contexto celebré la pasada fiesta del Sagrado corazón de Jesús. De este día rescato dos experiencias que me han hecho pensar.



Ese día se puso música clásica en el refectorio mientras desayunábamos. Lo que nadie se esperaba, creo que tampoco quien puso el CD de Mendelssohn, era que la primera melodía que sonara fuera la marcha nupcial. Fue imposible evitar la risa imaginándome que, en cualquier momento, aparecería una novia en medio del comedor retándonos con su lanzamiento de ramo. Más allá de lo simpática de la anécdota, me hizo pensar que celebrar el Sagrado Corazón nos recuerda algo esencial: que la experiencia de cómo y cuánto nos quiere el Señor tendría que convertir la existencia creyente en un cotidiano banquete de bodas, como lo hizo por accidente ese comedor monástico y como el mismo Jesús comprendía el Reino de Dios (cf. Lc 14,16-24).

Una canción

La segunda vivencia a rescatar tiene que ver con una canción. En medio de una liturgia pausada y delicadamente cuidada, me llamó la atención el himno con el que se iniciaron muchas de las oraciones litúrgicas de ese día. Una de sus estrofas afirmaba:

“La fe, la vida y muerte de los justos, su lucha y su esperanza en el Señor, con voces de victoria nos repiten: ‘Dios tiene corazón’”.

Siguiendo una estructura repetida, el canto iba insistiendo con rotundidad cómo la realidad, si nos fijamos bien, es capaz de proclamar la más pura esencia divina, que es amor. Por más que algunas comprensiones filosóficas de la divinidad no lo consideren característico del Ser Supremo, Dios tiene corazón y entrañas, no puede evitar conmoverse y nos ama con una pasión desconcertante. Cuando este amor sin medida nos alcanza, transforma nuestra existencia y la hace elocuente, pero no para hablar de nosotros mismos, sino para apuntar hacia el corazón de Quien sostiene nuestra fe, nuestro amor y nuestra esperanza.

Si bien hay modos de ser creyente que, sin palabras, hablan de una divinidad que es “ojo que todo lo ve”, siempre al acecho de nuestros errores, ojalá nuestra forma de situarnos ante la realidad grite con fuerte voz que “Dios tiene corazón”.