José Francisco Gómez Hinojosa, vicario general de la Arquidiócesis de Monterrey (México)
Ex vicario general de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

El dilema de Dios: ¿España o Argentina?


Mi hermano más chico fue presidente de un club de fútbol americano, integrado por niños y adolescentes. Cada vez que iniciaba una temporada, me pedía una misa inaugural en las instalaciones deportivas de la institución. Afirmaba que el objetivo de la misma era pedir para que nadie se lesionara a lo largo de las jornadas y, en broma pero también medio en serio, para que el equipo terminara campeón.



Continuando con la picardía, le respondí que el capellán del acérrimo rival era un connotado integrante de cierta congregación internacional, con gran prestigio en el Vaticano y que, de pedir él lo mismo para sus muchachos, de seguro Dios se inclinaría a favor de los contrincantes, pues mi colega tenía más influencia que yo allá arriba.

Hoy domingo, mientras se juega la final de la Copa Mundial de la FIFA -que no del futbol- dos naciones mayoritariamente católicas le rezarán a Dios para que gane su respectiva selección. Lo harán, obvio, los millones de fanáticos, los jugadores, y hasta los entrenadores, como el español Luis de la Fuente quien afirmó: ·”… rezo todos los días, pero no le pido que España gane. No sería justo”.

Gol de España ante Francia en el Mundial 2026

Gol de España ante Francia en el Mundial 2026. Foto: EFE

Y es que tanto chés como hispanos han pensado, a lo largo de la historia, y como otras muchas culturas, que Dios está de su lado. Nunca se olvidará la ‘mano de Dios’ de Maradona, gol que hubiera sido anulado por el VAR actual, y la rendición de Breda, paradigmática para la historia española, que fue rematada por la frase del ‘Conde-Duque de Olivares’: “Dios es español y está de parte de la nación estos días”.

Convendría que releyéramos al siempre actual José María Mardones, en su ‘Matar a nuestros dioses. Un Dios para un creyente adulto’ (PPC 2006): “Hay que cambiar la manera de comprender la oración. Esta no puede servir ni para cambiar a Dios, que siempre está de nuestra parte, ni para cambiar la realidad que, en todo caso, la tendremos que cambiar nosotros, a cuya administración y cuidado ha quedado este mundo… (la oración) es un encuentro amoroso, amistoso, que a quienes cambia es a nosotros” (p. 63).

Dejemos, entonces, que Dios disfrute del partido desde las alturas, emocionado por un tiro al arco que sale desviado por milímetros, y por una elegante atajada de los arqueros. Que se indigne ante una falta artera y se lamente por la falla de un delantero, solo frente a la portería. Ojalá y los contendientes se porten a la altura de tan insigne espectador, y que el ganador no se burle del perdedor. No lo metamos en el dilema de favorecer con un ‘milagrito’ a una escuadra o a la otra.

Pro-vocación

Quienes me conocen o leen saben que no soy lo que se dice conservador, sobre todo en materia litúrgica. No comulgo, entonces, con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por Marcel Lefebvre en 1970, quien rechazaba las reformas propuestas por el Concilio Ecuménico Vaticano II, y defendía la misa tridentina en latín. Pero me entristece el que León XIV haya tenido que excomulgar a algunos de sus miembros. Como, paradójicamente, León Magno en el siglo V, 500 años después León IX, y en 1521 León X, también recurrieron a la excomunión para sancionar a obispos disidentes y a Lutero, el último. ¿Y si se les hubiera dejado tener su propio clero, sus misas en latín, vaya, sus ideas que no se oponen a un Jesucristo misericordioso sino a una estructura determinada? ¿El nombre de León en un Papa exige excomunión? Qué triste. En vez de incluir se optó por excluir.