Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 14: el diluvio del Covid-19 y el arca de lo esencial


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Nuestro amigo, el gran tuitero @josefer_juan, ha cambiado en Twitter su foto de perfil. El bloguero de Vida Nueva es profesor y ahora en la foto aparece trabajando en el ordenador de su mesa. Escribió: “He cambiado mi foto de perfil para recordarme los años siguientes este tiempo. Si lo cambio, será el olvido y la necedad”. Todos deberíamos hacer algo para no olvidar este tiempo, sacarnos fotos, escribir nuestras impresiones, nuestra lista de cosas esenciales y guardarla como oro en paño.



Mi amiga Marta Sáez –aquella que os contaba hace días que solo podía mirar los ojos del médico y enfermeras cuando visitaba a su madre– ya tiene a su madre en casa: se ha curado y ha salido del hospital. Me envía una lista de cosas que le dice su madre y todas me parecen esenciales.

Cuando el rector de mi universidad nos anunció el martes 9 de marzo que se cerraban los edificios, me dispuse a llevarme a casa lo imprescindible para una larga ausencia, como cuando en verano te pones en pie, ves a tu despacho y piensas en qué te vas a llevar. Como todos los archivos están en la nube, no necesitaba nada. Solo tomé la biografía de Herman Melville. Pensé que cazar a Moby Dick tenía algo que ver con aquello que la sociedad iba a tener que hacer. Ese mismo día se dijo que el brote de coronavirus estaba descontrolado en Madrid y ya habían muerto 10 personas. Aquí sigo con el Gran Melville, detrás del coronavirus.

Al día siguiente salí dos horas a un encuentro con el presidente de CVX de España. Al siguiente salí de nuevo a comer con un amigo, que ahora ha perdido a su hermana. Ya no salí más desde ese 11 de marzo, día en que recordamos mal el brutal Atentado de Atocha. Ese sábado decretaron el estado de alarma, pero yo tenía la sensación de que tenía lo esencial en casa.

El Arca de Noé

Ayer mi hijo puso la última película que hicieron sobre el Arca de Noé. “Muy apropiado”, le dije. Viéndola me di cuenta del paralelismo. Estamos bajo un diluvio y nosotros nos hemos encerrado en nuestras arcas-hogares. Entonces me pregunté: ¿tengo conmigo en estos momentos lo esencial? Todo esto del coronavirus no va solo sobre una emergencia sanitaria, sino que va sobre lo esencial, sobre cuál es el principio y fundamento de nuestra vida personal, familiar y como sociedad.

Claro, ya sabemos que no hubo un diluvio universal, pero casi siempre las distintas generaciones tienen su propio diluvio universal. A algunas les tocan varios. Otras generaciones viven permanentemente bajo un diluvio. La generación de principio de siglo del siglo XX tuvo el diluvio de la Gripe Española y la I Guerra Mundial. A mitad de siglo, la crisis del 29 y la II Guerra Mundial. La generación mundial de final de siglo XX y primera década del siglo XXI ha sufrido la plaga mundial de terrorismo. En el año 2020 ha caído sobre nosotros otro diluvio en forma de virus.

La tradición mesopotámica recogió el mito del Diluvio Universal en torno al año 2.100 antes de Cristo. Aunque posiblemente reflejaba la experiencia de las inundaciones catastróficas del 2.700, en realidad es un tema universal: las catástrofes masivas o planetarias. En el pasado hubo desastres de carácter global como la explosión del volcán de Toba en Indonesia, o las sucesivas pestes. Las Guerras Mundiales tuvieron el alcance para extender la destrucción de vidas a todo el planeta. El comunismo y el hipercapitalismo también han tenido mucho de diluvio. En todos esos momentos, se producen inflexiones. La gente se recluye, se sobrecoge y se recoge. Pensemos en Londres bajo el bombardeo del Blitz. “Sangre, sudor y lágrimas”, repetía el gran Churchill.

Diluvio universal

Noé y su esposa Naamá reciben un mandato: salvad lo esencial para poder continuar la vida después. Se encerraron con su familia en el arca que habían construido y con una pareja de cada especie. Se encerraron y esperaron con confianza a que pasara el diluvio, cuidando de eso esencial que se había puesto en sus manos. Noé y Naamá no se despreocuparon del mundo y se encerraron, sino que lo llevaban consigo, el destino del mundo y ellos era el mismo, se consagraron a su cuidado.

El Arca de Noé y Naamá, ayuda pensarnos, seamos creyentes o no. Me pregunto: en este confinamiento, ¿qué hemos metido en nuestra arca?  Mientras ahí fuera diluvian coronavirus que podrían matarnos, ¿qué es lo esencial que nos hemos traído con nosotros? A casi todos les saldrá en primer lugar sus parejas, sus hijos, la familia con quien vive. Otros familiares, no hemos podido, pero estamos continuamente conectados con sus arcas. Somos una red de arcas flotando en el mundo inundado de coronavirus y nos conectamos una con otras. Esa red también es esencial: nos saludamos desde las ventanas de nuestras arcas, telefoneamos, nos escribimos, tuiteamos al mundo en una conversación global entre las arcas que flotan por todo el planeta.

Pero la película de ayer me lleva más hondo: ¿qué es lo esencial sin lo cual dejarías de ser tú, sin lo cual no te encuentras a ti mismo, sin lo cual pierdes el vínculo primordial con el mundo? De eso estamos hablando todo el tiempo, ¿no? De qué hay que salvar después del diluvio, de qué es lo esencial para reconstruir el mundo después. Ante la vida y la muerte aparece lo esencial como personas, familias y sociedad. Hay dos problemas: que no lleguemos a ser capaces de verlo y que nos olvidemos después. ¿Cuál es el principio y fundamento sobre el que poder levantar de nuevo nuestra vida personal y la sociedad sobre un cimiento más hondo y firme?

Hace diez años, en 2010, viví un año de diluvio también. Falleció mi único tío, tan solo siete años mayor que yo, que era mi hermano mayor. Viví dos meses en Nairobi, en el suburbio de Kibera –un millón de habitantes, el mayor slum de África y segundo del mundo–. El tercer gran hecho fue que fui a Taizé –por fin, porque es la tradición en la que se formó mi mujer Paloma–. Traigo esto al recuerdo porque fue un año de muerte y también de refundación personal y espiritual. Dos meses en Nairobi solo encontrándote con los más pobres, te cambia. Una semana en Taizé reviviendo la muerte y resurrección, te cambia. Los diluvios son tiempos de destrucción y de refundación.

Mientras mi joven tío estaba en el hospital luchando contra el cáncer –no llegaría a cumplir sus cincuenta años–, tenía una libretita donde apuntaba todo lo esencial que iba a hacer tras su recuperación. Iba a dedicar más tiempo a su mujer, iban a viajar más, iba a dedicar menos horas al trabajo, me dijo que quería comprometerse más en Entreculturas y con el colegio de Jesuitas de Vigo, quería muchas cosas esenciales. El final de su vida estuvo lleno de lucha y de deseos de lo fundamental. Mi querida tía todavía guarda esa libreta.

Es el momento. Meditemos y pensemos qué es lo esencial. Prometo compartirlo, pero primero escribamos juntos las 2, 5 o 10 cosas esenciales. En el fondo es meditar qué es la vida. Si la hiperactividad del teletrabajo y las movidas os agobian, limpiad vuestras ventanas de ruido. Mantengamos limpias las ventanas el arca para poder ver lo esencial.

Es importante que como sociedad también seamos capaces de escribir lo esencial, descubrir cuál es el arco de la alianza que necesitamos, ese gran nuevo contrato social que urge, el arco cultural con los siete colores fundamentales para reconstruir la humanidad tras este diluvio universal de nuestra generación.

Es clave porque miles de personas bajo el coronavirus no podrán cumplir esos deseos de lo esencial para nuestro mundo y tendremos que ser nosotros los que los llevemos a la realidad. Esta crisis está dejando escrita en nuestros propios cuerpos esa lista de lo esencial. Como dice José Fernando, “si lo cambio, será el olvido y la necedad”.

Ayer moría una persona en Madrid cada 4,96 minutos. Hoy se ha ralentizado la curva de defunciones: cada 5,4 minutos. Esperemos la paloma de la paz, un día amanecerá y nos traerá la ramita de olivo a nuestra ventana. No dejemos de asomarnos cada día a esperarla. Hoy, cada uno de nosotros somos un poco Noé y Naamá.