Democracia y fe y son dos temas complejos que muchas veces nadie prefiere tocar en una conversación social o, más bien, que han ido quedando relegados por el consumismo y el vértigo de la vida actual. La mayoría de las personas, cuando logra responder a sus necesidades y vivir con cierta seguridad, se dedica a lidiar con sus propios conflictos y desafíos, y no siempre se pregunta quién ejerce la autoridad ni cómo lo hace.
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El riesgo aparece cuando el bienestar material y la seguridad terminan ocupando todo nuestro horizonte. Podemos ir entregando, casi sin darnos cuenta, espacios de libertad, participación y pensamiento crítico a cambio de comodidad, orden o prosperidad. Y esa renuncia silenciosa puede convertirse en el caldo de cultivo perfecto para autoridades que comienzan a servir sus propios intereses y terminan olvidándose de la verdad, la justicia y el cuidado de sus pueblos.
Temas sobre los que es mejor guardar silencio
Hace unos días, un conocido volvió de una larga estadía en un país asiático gobernado por un régimen de partido único. Contaba que muchos de sus habitantes estaban contentos con el desarrollo económico alcanzado y con el aumento de su capacidad de consumo. Sin embargo, cuando la conversación avanzaba hacia la religión, la política o el modo en que funcionaban las cosas, aparecía inmediatamente un límite. Había temas sobre los que era mejor guardar silencio. El relato me dejó pensando.
¿Cuánto estamos dispuestos a entregar a cambio de bienestar, seguridad o prosperidad? ¿Cuánto vale realmente nuestra libertad? ¿Y cuánto vale para nosotros la libertad de quienes piensan distinto? Sabemos que la democracia no es perfecta. Puede ser lenta, frustrante e incluso poco eficiente. Exige dialogar, negociar, escuchar, ceder y aceptar que existen personas que ven la realidad de manera muy distinta.
Pero quizás precisamente ahí radica una de sus mayores virtudes. Nadie debería ocupar un pedestal desde donde pueda apropiarse de los derechos de los demás. Existen instituciones, leyes, contrapesos y ciudadanos capaces de cuestionar, fiscalizar y poner límites al poder.
Estamos llamados a reconocernos como hermanos
Por eso, una democracia sustentada en el Estado de Derecho, el respeto a la dignidad humana y la búsqueda del bien común resulta profundamente coherente con nuestra fe cristiana. Una fe que afirma que todas las personas poseen la misma dignidad, que nadie vale más que otro y que estamos llamados a reconocernos como hermanos.
Esto no significa que todas las democracias sean cristianas ni que sean ejemplo de fraternidad. También pueden producir injusticias, abusos y exclusiones. Pero contienen herramientas para cuestionar, denunciar y corregir esos errores.
Las dictaduras de cualquier color político y los liderazgos que concentran abusivamente el poder terminan apropiándose de libertades que pertenecen a todos. Cuando alguien pretende decidir qué podemos decir, creer o pensar, comienza a ocupar un lugar que no le corresponde. La historia ya nos ha mostrado demasiadas veces hasta dónde puede llegar ese camino. Pero tampoco podemos dejar toda la responsabilidad en quienes gobiernan.
El bien común también depende de nosotros
La democracia necesita ciudadanos despiertos. Personas capaces de informarse, preguntar, disentir, escuchar a quien piensa diferente y defender incluso los derechos de aquellos con quienes no están de acuerdo. Exige bastante más que ir a votar. Supone entender que el bien común también depende de nosotros.
La libertad tiene un costo. Defenderla exige incomodarse, participar y, a veces, estar dispuesto a perder ciertos beneficios por algo que consideramos más importante. Una sociedad que cambia su libertad por bienestar puede descubrir demasiado tarde que existen cosas que el dinero no puede comprar.
Como cristianos, no podemos obedecer simultáneamente a Dios y a los dioses del momento. Estamos llamados a levantar la voz frente a la injusticia, defender pacíficamente la dignidad de cada persona y tener, cuando sea necesario, el coraje de disentir.

