– Mi padre se está muriendo…
– Lo siento.
– Yo no.
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Fue un diálogo que escuché de manera circunstancial entre dos mujeres y me dejó pensando acerca de nuestras acciones, las cuales serán reconocidas o en otros casos, causarán un dolor inmenso en el momento en que dejemos de estar aquí. Cuando una persona puede reconocer que la muerte de un ser querido no genera tristeza o dolor, es porque ‘algo’ sucedió en esa historia. Sigo pensando en la respuesta de aquella mujer, que por alguna razón no ‘siente’ nada por su padre o que simplemente su muerte significa muy poco.
Historias hay muchas, padres que formaron una nueva familia olvidando a la que tenían, aquellos que simplemente se alejaron de sus responsabilidades dejando sola a su pareja, padres que por sus acciones causaron un gran dolor; en fin, la lista puede ser interminable… Lo que es una realidad es que nuestras acciones darán sus frutos y serán recibidos en el momento de nuestra partida y sin duda habrá alguien que piense: —Al fin y al cabo ya no estaré presente—.
Pero lo que queda en el corazón de las personas, las acciones que se cometieron, los errores y omisiones, quedarán en quienes afectaron sus vidas. Creo que hemos llegado a un momento en el que la reparación de nuestros errores debe ser tomada con sinceridad. Aunque el diálogo con el que inicié, sigue haciendo eco en mí y sin querer, lo vuelvo personal, lo traigo a mi vida. ¿Cómo se acordará mi familia de lo que hago por ellos? ¿Se expresarán de las cosas buenas o malas?
El Jubileo como recordatorio de que se puede volver a empezar
Y aunque ya no esté en este mundo, estoy seguro que el amor trasciende y eso que se siente por quienes ya no están, expresa mucho acerca de lo que se vivió o compartió en vida. Hace unos días el papa León XIV mencionaba lo importante que es volver a empezar, al clausurar el Año Jubilar de la Esperanza: El Jubileo ha venido a recordarnos que se puede volver a empezar, es más, que estamos aún en los comienzos, que el Señor quiere crecer entre nosotros, quiere ser el Dios-con-nosotros.
Por eso, queridos hermanos y hermanas, es hermoso convertirse en peregrinos de esperanza. Y es hermoso seguir siéndolo, juntos. La fidelidad de Dios siempre nos sorprenderá. La importancia de comenzar de nuevo y de aquello en lo que nos hemos equivocado. Elevemos nuestras oraciones por aquellos hermanos que se han ido de este mundo sin querer o sin poder rectificar esos aspectos que causaron dolor en sus familias. A veces somos jueces de nosotros mismos y eso hace que nos alejemos del amor sincero de Dios y de su misericordia.
“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, y limpia todo mi pecado”. Salmo 51 (50).
Reconocer el daño que hemos hecho a los más cercanos
Sigo recordando el diálogo de esas dos mujeres por la muerte del padre y esa respuesta fría e insensible por no sentir nada o simplemente mostrar desagrado por la memoria de quien estaba perdiendo la vida. En muchos casos este tipo de manifestaciones vienen acompañadas por lágrimas sinceras y silencios, donde la tristeza es parte del diálogo. Es un momento de reflexión, se está apagando la vida de alguien amado.
Por eso mi sorpresa al escuchar una respuesta tan alejada del amor entre una hija y su padre. Nunca sabré realmente qué sucedió ahí, estoy seguro que habrá muchos reclamos en el corazón de ella y muchos errores en las acciones de quien fuera su padre, pero simplemente es lo que creo. La importancia de buscar a Dios en todo momento nos motiva a ver nuestros fallos y a reconocer el daño que hemos hecho a los más cercanos.
Dejemos de justificar nuestras acciones dando explicaciones a nuestras decisiones, aceptemos que en nuestra vida iremos tomando decisiones asertivas y en ocasiones no. Lo valioso es reconocer con humildad que también nos equivocamos y sin duda, eso es lo que duele.
“El hombre que se apoya en la fe, la esperanza y la caridad y las conserva inquebrantablemente… posee un bien perfecto”. Esta frase es de san Atanasio de Alejandría (295-373), fue un Padre de la Iglesia y biógrafo espiritual que nos transmite cómo, según el modelo de san Antonio y los monjes del desierto, debemos vivir para alcanzar la perfección espiritual en nuestra vida cristiana. Cada uno deberá trabajar en la forma de tratar a los demás, de amarlos y de hacerlos sentir, que al final será lo único que recordarán de nosotros.

