El tema no me lo sugirió un libro ni un titular de prensa. Me lo sugirió un encuentro. Un buen encuentro de la CONFER Regional del Centro de España, donde seguíamos insistiendo –con cierta mezcla de curiosidad y desbordamiento– en formarnos sobre la Inteligencia Artificial en la vida religiosa. Esta vez fue un buen salesiano, J. Llorente, quien nos ayudó a situarnos. Nos dijo algo que me quedó resonando: ya no nos conectamos, “habitamos” una realidad donde todo se expone y donde corremos el riesgo de autoexplotarnos buscando aprobación. Internet ya no es una herramienta; es un ambiente.
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El documento de base ‘Hacia una plena presencia‘ nos invitaba a superar la vieja distinción entre ‘online’ y ‘offline’. Vivimos en el ‘onlife’: lo físico y lo digital forman una sola trama inseparable.
Mientras le escuchaba hablar de algoritmos y plataformas, mi memoria se desplazó hacia otra frontera: la valla. En mis apuntes tomaba nota al respecto con breves palabras.
Las vallas. Esos límites de alambre que separan territorios y sueños, donde los migrantes esperan una oportunidad mientras el mundo calcula estadísticas. Allí no hay algoritmos que abracen. Allí no hay programas que lloren.
Y, sin embargo, también allí llega la tecnología. Drones que vigilan. Sistemas que identifican. Bases de datos que clasifican. Inteligencia artificial para controlar flujos humanos. Inteligencia artificial para ordenar el caos del sufrimiento.
Código y pantallas
Me preguntaba entonces: ¿qué lugar ocupa la vida consagrada en esta nueva frontera invisible?
Porque estamos ante una frontera distinta. No de rejas de clausura. No de hierro ni cuchillas, sino de código y pantallas. Una frontera cultural que atraviesa también nuestros conventos.
La Inteligencia Artificial ha dejado de ser territorio exclusivo de expertos. Ha entrado en las aulas, en las redacciones, en los despachos… y también en nuestras comunidades. Puede redactar homilías, organizar archivos, traducir documentos, preparar catequesis, sintetizar encíclicas. Puede responder preguntas espirituales en segundos.
Pero no toda herramienta es neutra. Y no todo progreso es humanizador.
La vida religiosa siempre ha dialogado con su tiempo. Cuando San Benito de Nursia propuso el “ora et labora”, estaba levantando un dique espiritual ante el derrumbe de un mundo. Cuando San Francisco de Asís abrazó la pobreza, estaba cuestionando la lógica económica de su época. Cuando San Ignacio de Loyola comprendió que debía “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”, estaba enseñándonos a atravesar una cultura entera sin dejarnos absorber por ella; quizá hoy, ante la irrupción de la Inteligencia Artificial, su intuición vuelva a recordarnos que no se trata de huir del nuevo mundo que nace, sino de discernirlo para que también en sus algoritmos podamos servir más y mejor.
Hoy la lógica dominante no es la del oro ni la del poder militar. Es la del dato. La del rendimiento. La de la eficiencia.
Y ahí surge la tentación. O el mal espíritu si queréis.
En comunidades envejecidas, con menos manos disponibles, la Inteligencia Artificial aparece como aliada providencial. Redacta informes, resume documentos, organiza calendarios. Ahorra tiempo. Y el tiempo es oro… dicen.
Pero el Evangelio no dice que el tiempo sea oro. Dice que el tiempo es gracia.
Desde el corazón
Una homilía generada en segundos puede ser impecable. Puede citar a los Padres, enlazar con la actualidad y cerrar con brillantez. Pero el predicador no ha velado con la Palabra. No ha luchado con el texto. No ha permitido que la Escritura lo atraviese.
La vida consagrada no es producción de contenidos. Es transformación del corazón.
Podrán surgir aplicaciones que sugieran itinerarios de oración personalizados. Sistemas que ofrezcan respuestas instantáneas. Plataformas que acompañen procesos vocacionales mediante cuestionarios inteligentes.
Pero ningún algoritmo puede sostener la mirada de quien duda. Ninguna máquina puede compartir el silencio ante una herida. Ningún sistema puede ofrecer el temblor de una misericordia experimentada.
La vida religiosa custodia algo no programable: la presencia.
Ofrecer tiempo
En un mundo que automatiza respuestas, el consagrado está llamado a ofrecer tiempo. En una cultura que acelera decisiones, la religiosa está llamada (Francisco ‘dixit’) a “acompañar procesos más que a llenar plazas” y conventos . En una sociedad que clasifica personas como datos –migrantes, pobres, descartados– la comunidad creyente está llamada a pronunciar nombres propios.
También el voto de pobreza adquiere un matiz nuevo. No se trata solo de bienes visibles, sino de dependencia tecnológica. ¿Podemos hablar de sobriedad mientras participamos acríticamente en una cultura digital basada en el consumo constante de información? ¿Podemos denunciar la exclusión sin reflexionar sobre el impacto social de la automatización?
El Papa León XIV –a quien le gusta y se pelea con estos temas– ha recordado que la tecnología debe estar al servicio de la dignidad humana. No es una frase decorativa. Es un criterio de discernimiento. Por ejemplo cuando advierte que la IA no debe sustituir la inteligencia humana ni la interacción real, y aboga por proteger la dignidad humana y evitar la manipulación, especialmente en menores.
No sería justo, sin embargo, mirar la Inteligencia Artificial solo como amenaza. Bien integrada, puede liberar tiempo para lo esencial, sostener la misión de comunidades pequeñas, facilitar formación en lugares remotos.
La cuestión no es prohibir, sino ordenar. No es demonizar, sino discernir.
Mostrar límites
Quizá el mayor servicio profético de la vida consagrada hoy no sea competir con la tecnología, sino mostrar sus límites. Recordar que la persona no es reducible a información. Que la conciencia no es un algoritmo. Que el amor no se optimiza.
La Inteligencia Artificial puede analizar miles de textos místicos en segundos.
Pero no puede orar.
No puede amar gratuitamente.
No puede ofrecer su vida.
Y desde la valla –esa frontera visible e invisible– seguimos escuchando una pregunta que no cabe en ningún código: ¿seguiremos siendo humanos cuando todo pueda ser calculado?
Que no se nos oxide el corazón
entre pantallas encendidas.
Que no olvidemos los nombres
mientras contamos datos.
Que el Espíritu,
más libre que todo algoritmo,
nos encuentre humanos
cuando pase,
atravesando todas las vallas.
