Rixio Portillo
Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey

Cuando en mi tierra tembló


Fueron segundos, todo tembló, un día normal, con el sol brillante, con el calor habitual, en una playa de verano anhelada por tantos. Si, allí tembló.



No podía saber qué ocurría, al parecer algunos celulares sonaron, no todos corrieron con la misma suerte, como si la tecnología jugará a la ruleta rusa, o como si quienes tuviesen que encender las alarmas prefirieron bloquear internet. En breves instantes, todo tembló.

Fueron segundos que se hicieron horas, horas que se hicieron días, días que se hicieron meses, meses que se hicieron años. Paradójico, en solo un momento ya no era posible medir el tiempo, solo se sentía el temblor.

No hay preparación alguna cuando el piso firme deja de serlo, cuando las paredes se agrietan, cuando el techo se desploma, cuando el polvo inunda el ambiente y la atmósfera asfixia en el estruendo de la destrucción. Todo se derrumbó y tembló.

Venezuela

¿Gritos? No sé si los hubo, eran tantos, en unos breves instantes, que ahora ya no puedo saber qué era más estridente, si el rugir de la tierra, el estruendo de las olas, el colapso de los edificios, o el llanto silente de auxilio de los inocentes, todo sonaba sin sonar cuando tembló.

¿Dios? Era quizás la palabra más repetida, más pronunciada, más anhelada. Los gemidos y suspiros solo conocen esas cuatro letras D I O S. En un terremoto no hay espacio para el ateísmo, nadie se cuestiona si existe cuando el mundo y la vida misma se viene abajo, solo queda implorar seguir vivo.

Luego del estruendo, un zumbido, la confusión, la oscuridad, abrazarse, agarrarse cuando igual ya no es posible moverse.

¿Miedo?, demasiado intenso para procesarlo. ¿Incertidumbre?, desde que comenzó a temblar y todo se derrumbó. ¿Amor?, en forma de abrazo, de protección, de aferrarse y sostenerse de todos y de nadie. En un breve instante todo tembló.

Cuando se está tapiado se piensa en todo y en nada, el peso del concreto sobre el cuerpo, el derrumbe no es solo físico, el ánimo parece apagarse cada instante.

¿Me buscarán?, ¿me encontrarán?, ¿me escucharán?, ¿sabrán que soy yo?, nadie queda atrapado con un stickers en el pecho, el sismo nos hace anónimos, pero no menos personas. Nos iguala en la situación, pero no en el destino.

Respirar se vuelve urgente, moverse unos centímetros una hazaña, nada de lo esencial está, por que la misma vida es lo único esencial.

En un terremoto nadie debería desear que otro quede enterrado, ni tapiado, habría que ser muy desalmado para ello. Solo quien no ha estado debajo de las piedras o habría tenido alguno de los suyos enterrado (de carne y hueso o no, no solo la sangre nos hace familia) podría decir algo así.

En el fondo, todo el que sobrevive y sufre un terremoto se hace hermano, se hace amigo. Solo en la tragedia se ven los verdaderos rostros de bien, las buenas intenciones, pero también los miserables que no ayudan, que son indiferentes, que son negligentes, que no les duele porque les preocupa más el aparentar ser eficientes.

No hay propaganda ni tutela que borre eso. En breves instante pensé, tembló, y alguien dirá: “Ustedes deberían ir presos”, a esos que ni en un momento así demostraron humanidad. Tembló.

Tembló, y era imposible que no se acelerara el pensamiento y las ideas, ¿rescatistas?, ¿desaparecidos?, ¿damnificados?, ¿fallecidos?, ¿tapiados?, en nada de eso se piensa cuando el aliento solo quiere sobrevivir o que viva a quien se protegió, a quien se abrazó, a quien se cubrió con el propio cuerpo.

Silencio, no hubo más que silencio. Oscuridad, no había más que oscuridad… Y en un instante, la llamada, con un llanto, con un grito, en el sollozo, a lo lejos, sin certeza de estar vivo o no, alguien gritó mi nombre…

 [Recreación a partir del doble sismo el 24 de junio de 2026 en Venezuela ]

Dedicado a mi sufrido pueblo de Venezuela.


Por Rixio G Portillo. Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey