El final es el verdadero principio. En la noche del Jueves Santo, un acto de amor en la mesa del cordero degollado. La noche termina con una traición, la pantomima de un beso, que siempre ha sido un regalo de amor. Y luego los juicios cicateros, el escarmiento arrancado a latigazos, los gritos de un pueblo manipulado, la impotencia de la madre y las mujeres que le siguen tras la cruz, la mujer valiente que sale para enjugarle el rostro, el suplicio de la cruz, entre dos ladrones. Uno demostró ser el mejor, pues logró el reino de los cielos en el último momento.
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Terminaremos las procesiones en la noche, derramando cera, perfumando con incienso la muerte, arrastrando nuestra penitencia, todos somos reos y verdugos –aunque muchos no lo sepamos–, buscadores de Dios en la noche de este largo sábado santo que es la vida. Y la humanidad, tozuda en sus quehaceres, recreando guerras, martirizando inocentes, reventando la poca paz, la poca luz, la poca justicia, la poca verdad, que a veces arañamos y que, como cachorros sedientos, empujamos insistentemente la ubre de la felicidad cuando ya no queda nada.
Mientras, mostramos el martirio del inocente injustamente condenado, televisado en directo para todo el mundo, como tantas guerras e injusticias; y mientras, instintivamente, nos ponemos al margen del sufrimiento ajeno, inconscientes de que los próximos podemos ser nosotros.
Pero, cuando estalla la primavera, los que provocaron tan insistentemente la muerte, solo hallarán el sepulcro vacío. Es curioso: cuando todos estaban desolados por la pérdida, Cristo se presenta en medio de ellos como Luz y Paz, nunca se ha podido decir tanto en dos monosílabos. Y ellos, ciegos como nosotros, se empeñaban en que la resurrección era una fábula de mujeres; y ellos, ante las evidencias, creían haber visto un fantasma. ¿Por qué, cuando estamos tan necesitados de luz como ellos, cerramos todas las puertas y ventanas? ¿Por miedo, por prejuicios, por falta de espíritu? Los creyentes en la resurrección debemos superar las angustias, soledades, abandonos, huidas, traiciones… después de tanto sufrimiento.
Resurrección de Cristo
El domingo, la mañana del día primero, los cristianos deberíamos manifestar en público la alegría de nuestra fe. Porque no somos cristianos por la noche del huerto, ni por el prendimiento, los azotes, el despojo, la piedad o la soledad de la madre, ni por la corona de espinas, los clavos o la cruz… todo eso está de paso. Somos cristianos por la resurrección de Cristo, el primero en vencer a la muerte y nosotros en él. El resto, si no es preparación para lo fundamental, rozaría el espectáculo. ¡Ánimo y adelante!
