Cardenales, no príncipes


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El último fin de semana de agosto tuvo lugar el consistorio para la creación de 20 nuevos cardenales. Aprovecho para ofrecer a los lectores algunos párrafos de la carta que el papa Francisco me dirigió cuando me creó cardenal; imagino que la misma fue dirigida también a cada uno de los cardenales creados en 2019.



Dice el papa Francisco en su misiva: “Quiero hacerte llegar mi saludo y mi fraterna cercanía en este momento en que la Iglesia te pide un nuevo servicio, que no significa precisamente ‘dignidad’ en sentido mundano, sino una mayor disponibilidad y estilo de coherencia”.

“A los ojos del mundo, generalmente se entiende como una promoción, un ascenso funcional en el escalafón o pasar a pertenecer a una cierta ‘nobleza’ corporativa. Una visión de este tipo no entiende, más aún, obnubila el verdadero sentido del cardenalato. Por eso te pido con afecto fraternal evitar cualquier celebración de carácter mundano. Es verdad que los feligreses de tu Iglesia particular y las personas que colaboran en tu trabajo estarán contentos y querrán celebrarlo: procura que sea un festejo sencillo, signado por el sentido eclesial y la modestia evangélica”.

Se puede decir más fuerte, no más claro: ser cardenal es un servicio, que debe ejercerse con un estilo coherente y en total disponibilidad, con lealtad y fidelidad usque ad effusionem sanguinis, es decir, hasta derramar la sangre, hasta dar la vida si preciso fuere; eso es, precisamente, lo que quiere expresar el hábito rojo de los cardenales.

Tratamiento desterrado

Lejos queda, por no decir desterrado totalmente, el tratamiento o la consideración de “príncipe”, con los supuestos privilegios que podrían derivarse. Debo confesar que en los casi tres años que llevo como cardenal han sido pocas las “tentaciones” de usar la púrpura para gozar de alguna ventaja, y que esas pocas ocasiones han provenido, sobre todo, de indicaciones y presiones externas a mi persona.

Conclusión: se puede ser cardenal conservando un estilo de vida normal, sencillo, austero y próximo a la gente, disfrutando más de la pertenencia al pueblo, y al Pueblo de Dios, que de la distinción otorgada por el nombramiento, la vestimenta y ciertas prerrogativas.

Con alegría y fraternidad, di un abrazo a cada uno de los nuevos miembros del Colegio cardenalicio el sábado 27 de agosto, pidiendo al Buen Pastor les otorgue una mirada de compasión y un corazón lleno de misericordia.

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