La película ‘La bola negra’, de los Javis, ha gustado mucho a mucha gente. Y no tanto a otros, por motivos distintos. En todo caso, el título ‘La bola negra’ procede de una obra de teatro que iba a escribir Federico García Lorca y que se vio truncada por el asesinato de su autor en 1936. La imagen se refiere al método en que es rechazado el protagonista en su intento de ingreso en el casino de Granada.
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Según la revista ‘Fotogramas’, esto de las bolas negras y blancas era un método corriente en los reglamentos de los casinos del siglo XIX y comienzos del XX. Así, en el Círculo Logroñés, “el candidato era admitido si el saldo de votos blancos triplicaba al de negros. En el casino de Cehegín, los estatutos de 1862 exigían que el aspirante obtuviera al menos tres cuartas partes de bolas blancas”.
En todo caso, el asunto de esta clase de votaciones me ha recordado un texto del Apocalipsis. Al principio del último libro de la Biblia aparecen siete cartas a otras tantas Iglesia situadas en Asia Menor (la actual Turquía). En la correspondiente a la Iglesia de Pérgamo, además de mencionar a Antipas, el único mártir con nombre propio en el libro, se dice: “Conviértete, pues; si no, vendré pronto a ti y combatiré contra ellos con la espada de mi boca. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Al vencedor le daré el maná escondido y una piedrecita blanca, y escrito en ella un nombre nuevo que nadie conoce sino aquel que lo recibe” (2,16-17).
Convertidos
La piedrecita blanca ‒evidentemente opuesta a otra negra‒, en opinión de muchos autores, se refiere sin duda al “instrumento jurídico” que ya se empleaba en el mundo griego para manifestar un voto afirmativo (algo así como la fumata blanca y negra en la elección del papa). En el caso del Apocalipsis implicaría la salvación que Dios concedería a los convertidos (vencedores).
Otros especialistas, en cambio, consideran que el nombre escrito en la piedra nos pondría sobre la pista de los amuletos que se utilizaban en la religiosidad popular de aquella época. En este caso, el “nombre nuevo” escrito en la piedra apuntaría al del “nuevo ser” que resultaría de la conversión; algo parecido a cuando, más antiguamente que ahora (aunque el papa lo sigue haciendo), las personas que entraban “en religión” se cambiaban el nombre para poner de manifiesto la transformación radical de la persona.
Sea como fuere, todos deberíamos aspirar a obtener una bola o piedrecita blanca al final de este juego que es la vida, y mientras vivimos.


