Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Blandina Segale, la monja que cabalgó en el Lejano Oeste


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En el Lejano Oeste estadounidense, el de las películas –aunque como sabemos muchas fueron grabadas en el sur de España–, donde el sol castigaba la tierra y la ley era tan frágil como el polvo que levantaban los carruajes, surgió una figura luminosa: Blandina Segale, una mujer que se convirtió en leyenda no por su habilidad con las armas, sino por su implacable coraje, su compasión radical y su audacia cristiana.



Nacida como Rosa María Segale el 23 de enero de 1850 en Cicagna, una pequeña localidad de la región de Liguria, en el norte de Italia, Blandina llegó a los Estados Unidos siendo apenas una niña de cuatro años, cuando su familia emigró en busca de un futuro más libre y próspero. Aquellas primeras décadas de vida en Cincinnati, Ohio, estuvieron marcadas por la fe y el contacto con comunidades de inmigrantes italianos que luchaban por integrarse en una sociedad que a menudo era hostil hacia los recién llegados y hacia los católicos.

Era una niña de carácter firme y ojos curiosos; pronto sintió el llamado religioso que la llevaría, con apenas 16 años, a entrar en la orden de las Hermanas de la Caridad de Cincinnati, donde adoptó el nombre de Blandina en honor a una mártir cristiana de los primeros siglos. Allí aprendió no solo a enseñar, sino también a ver a cada persona –por humilde o temible que fuera– como portadora de una dignidad inconmensurable.

Primera misión

En 1872, con apenas 22 años, Blandina fue asignada a una misión que nadie más quería: viajar al oeste profundo de los Estados Unidos, al remoto y áspero territorio de Colorado. Allí la esperaban no aulas pulcras, sino escuelas improvisadas, niños descalzos, hombres y mujeres marcados por la dureza de la frontera, y una sociedad donde la justicia se medía por la rapidez de las pistolas.

Su primera parada fue Trinidad, Colorado, un pueblo minero aún más rudo que lo que describían los relatos de frontera. Pero Blandina no retrocedió. Enseñó a los niños pobres, fundó clases donde no las había, socorrió a quienes no tenían médico y se ganó el respeto de toda una comunidad que veía cómo una mujer de hábitos caminaba entre las barracas y las cantinas con la misma determinación que un vaquero.

Blandina Segale, la monja que cabalgó en el Lejano Oeste

Cuando uno lee sus escritos, lo primero que sorprende no es el dramatismo de las escenas del Oeste, sino la serenidad con que las relata. No escribe como quien busca engrandecerse, sino como quien simplemente hace lo que cree correcto. En una de sus primeras entradas, al describir su llegada a Trinidad, Colorado, en 1872, deja ver la crudeza del entorno: “El polvo se levantaba en nubes espesas y el viento parecía llevar consigo no solo arena, sino la rudeza de los corazones. Sin embargo, también allí encontré almas deseosas de bien.”

No hay miedo en sus palabras. Hay realismo, pero también esperanza. La joven religiosa, apenas salida del convento en Ohio, comprende que su misión no será cómoda. Sin embargo, añade: “No vine buscando comodidad, sino almas”.

Pronto su misión la llevó aún más al sur, al vasto y culturalmente rico territorio de Nuevo México, en pueblos como Santa Fe y Albuquerque. Allí Blandina no solo enseñó, sino que fue pieza clave para fundar escuelas públicas y católicas, construir hospitales y atender a los enfermos sin distinción de raza o condición social. También defendió insistentemente los derechos de los pueblos nativos americanos, de las comunidades hispanas descendientes de los primeros pobladores españoles y de los inmigrantes europeos que buscaban oportunidades en la joven república norteamericana.

Su labor trascendió las aulas y las camas de los hospitales: Blandina abrió hogares para ancianos, escuelas de oficios para mujeres, puestos de apoyo para familias pobres y hasta asociaciones para rescatar a mujeres jóvenes de situaciones de explotación. Su mirada no se detenía ante fronteras culturales o prejuicios raciales; veía a todas las personas como hermanos y hermanas.

Su encuentro con Billy el Niño

Aunque su corazón estaba dedicado a los que sufrían, Blandina no fue ajena a los hombres más duros del Oeste. Entre las historias que alimentaron su leyenda está su encuentro con William Bonney, más conocido como Billy el Niño, uno de los forajidos más célebres (y temidos) del Oeste americano.

Cuenta la tradición que Billy –entonces relativamente joven– llegó a Trinidad con intenciones violentas: varios médicos se habían negado a tratar a un miembro de su banda que había sido herido, y él buscaba venganza. Cuando Blandina se enteró, no se escondió. Con manos tranquilas y mirada firme, atendió al hombre herido y lo cuidó hasta que sanó. Cuando Billy llegó al pueblo, preparado tal vez para la sangre, encontró a la monja. “Me dijeron que el joven Bonney juraba venganza contra los médicos. Pedí verlo. No encontré en él un monstruo, sino un muchacho con tristeza en los ojos.”

En lugar de amenazas, Blandina lo enfrentó con palabras de paz y humanidad, pidiéndole que abandonara sus planes de venganza. “Le dije que la sangre no traería alivio, y que la vida humana es sagrada, aun cuando el mundo la haya tratado con dureza”. Según los relatos que ella misma dejó en sus cartas, Billy –asombrado por su determinación y por la atención que había brindado a su compañero– accedió a desistir. En otro episodio, cuando Billy y su banda se toparon con Blandina y las otras hermanas en un carro cubierto, al reconocerla, el infame pistolero simplemente se quitó el sombrero en señal de respeto y se marchó, sin violencia.

Sea más o menos legendaria o con matices históricamente debatibles, la historia de este vínculo improbable entre una religiosa y un hombre de leyenda simboliza la audacia de Blandina: no temía a la violencia porque confiaba en la fuerza transformadora del amor y la dignidad humana.

Si bien muchos recuerdan sus aventuras con forajidos y turbas, la obra más profunda de Blandina fue la construcción de comunidades capaces de sostener a sus miembros más vulnerables. En Santa Fe y Albuquerque impulsó la creación de hospitales para los pobres y centros de atención sanitaria que, con el tiempo, se convirtieron en instituciones esenciales para la región. En Albuquerque, por ejemplo, su impulso se relaciona con la fundación de lo que hoy continúa como programas de salud y apoyo comunitario para niños y familias marginadas.

Blandina Segale, la monja que cabalgó en el Lejano Oeste

Algo que muchos desconocen es el fino sentido del humor de la hermana Blandina. En una ocasión, relata que un hombre borracho irrumpió armado en la escuela donde enseñaba. Ella lo enfrentó con calma y lo persuadió de retirarse. Más tarde escribió: “Cuando el Señor quiere proteger a sus siervos, puede servirse incluso de la torpeza del agresor”. Su tono nunca es triunfalista. Siempre atribuye la protección a la Providencia.

Además de su actividad en el suroeste, Blandina regresó a Cincinnati. Allí, a comienzos del siglo XX, la ciudad bullía con oleadas de inmigrantes europeos –italianos, irlandeses, alemanes– que llegaban con poco más que esperanza. Muchos niños trabajaban en fábricas, otros vagaban por las calles, y las jóvenes inmigrantes eran especialmente vulnerables a la explotación laboral y social. Blandina, que había sido una niña inmigrante, reconocía en sus rostros su propia historia.

En Cincinnati fundó el Santa Maria Institute, que sirvió como centro de apoyo para inmigrantes italianos recién llegados, una comunidad que ella misma conocía en carne propia. No se trataba simplemente de una escuela más, sino de un centro integral de acogida y promoción humana. El instituto ofrecía clases de inglés para recién llegados, formación profesional para mujeres, catequesis, apoyo espiritual y, sobre todo, un espacio seguro donde las familias inmigrantes podían encontrar orientación. Blandina entendía que aprender el idioma era una forma de dignidad; que una mujer con oficio tenía menos riesgo de ser explotada; que un niño escolarizado tenía un horizonte más amplio que la fábrica.

Un puente entre culturas

Bajo su impulso, el Santa Maria Institute se convirtió –y lo sigue siendo hasta la actualidad– en un puente entre culturas: ayudaba a integrarse sin obligar a renunciar a la identidad. Esa sensibilidad, fruto de su propia experiencia como italiana en Estados Unidos, fue clave en su éxito pastoral y social.

A lo largo de décadas, la hermana Blandina demostró que su fe no era cuestión de palabras, sino de compromiso con los más pobres: niños huérfanos, familias destrozadas por la migración, indígenas desposeídos y mujeres en situaciones de explotación. Para ella, el evangelio no era un texto teórico o distante, sino una brújula para transformar cada aspecto de la vida humana.

Blandina Segale falleció el 23 de febrero de 1941 en el convento de las Hermanas de la Caridad en Cincinnati, con 91 años de vida plena de entrega. Había atravesado casi un siglo de historia: la Guerra Civil estadounidense, la expansión del ferrocarril, la transformación del territorio de frontera en estados consolidados, dos guerras mundiales.

En Cincinnati, muchos inmigrantes italianos –hijos y nietos de aquellos a quienes ella había ayudado en el Santa Maria Institute– acudieron a despedirla. No pocos recordaban cómo les había conseguido empleo, cómo había intercedido ante autoridades civiles, cómo había enseñado inglés a sus padres o protegido a jóvenes recién llegadas.

Desde entonces, su figura ha sido objeto de numerosos relatos, estudios, documentales, programas televisivos (como el episodio de la serie de western ‘Death Valley Days’ que la popularizó como “la monja más rápida del Oeste”) y esfuerzos colectivos para reconocer su vida como ejemplo de santidad.

En 2014, la archidiócesis de Santa Fe inició oficialmente su causa de canonización, reuniendo testimonios de sus virtudes heroicas. La causa, hoy en día en Roma, ha avanzado con el examen de su vida, de sus escritos y de los numerosos testimonios de favores y milagros atribuidos a su intercesión.

Hoy su legado sigue vivo no solo en los archivos de la Iglesia americana, sino en las escuelas, hospitales y programas sociales que brotaron de su visión y de la semilla de amor que plantó en cada lugar donde vivió y sirvió. Su historia, a medio camino entre la fe, la aventura y la justicia social, continúa inspirando a quienes ven en ella un modelo de servicio incansable y de humanidad sin fronteras.