La historia del padre Bill Atkinson llega a este blog trayendo un testimonio que descoloca las categorías habituales con las que nuestro mundo actual suele medir una vida. Si se la cuenta de manera superficial, parecería la historia de una tragedia seguida por una admirable superación personal.
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Sin embargo, al acercarse a ella con mayor atención, se descubre que no se trata simplemente de un hombre que venció una discapacidad, ni siquiera de un sacerdote que perseveró heroicamente en su vocación.
Lo verdaderamente singular del padre Bill es que transformó una aparente derrota definitiva en una forma nueva de presencia, de servicio y de fecundidad humana. Su vida plantea una pregunta incómoda para la cultura dominante que identifica el valor de las personas con su productividad, su autonomía o su éxito visible: ¿Cómo es posible que alguien que pierde casi todo aquello que el mundo considera indispensable para realizarse pueda convertirse en una fuente de inspiración para miles de personas?
Parece resonar la respuesta que, en otro contexto diferente -aunque en el fondo no lejano- daba San Ambrosio de Milán a una pregunta similar: “Todo lo tenemos en Cristo, Cristo es todo para nosotros”.
Ambiente de fe
William Edward Atkinson nació en Filadelfia (Estados Unidos) el 4 de enero de 1946, en una familia católica numerosa y trabajadora. Era uno de siete hermanos y creció en un ambiente donde la fe formaba parte natural de la vida cotidiana. Quienes lo conocieron en su juventud recuerdan a un muchacho activo, deportista, sociable y lleno de energía. Nada hacía pensar que su destino sería totalmente excepcional.
Compartía una personalidad vivaz con su hermano Al, que llegó a ser jugador profesional de fútbol americano. También compartían el interés por la vocación sacerdotal, pero al final fue Bill quien respondió a la llamada. De hecho, tras graduarse en la Monsignor Bonner High School, decidió ingresar en la Orden de San Agustín.
Como tantos otros jóvenes de su tiempo, sentía la llamada al sacerdocio y estaba dispuesto a dedicar su vida al servicio de Dios y de la Iglesia. Su camino parecía claro y prometedor, ingresó en el Noviciado “Our Lady of Good Counsel”, en New Hamburg, Nueva York, el 9 de septiembre de 1964.
Trágico accidente
Pero todo cambió poco después, el 22 de febrero de 1965. Era durante su año de noviciado, mientras participaba en una jornada recreativa en la nieve junto a otros seminaristas, cuando sufrió un accidente en trineo que le provocó una lesión devastadora en la médula espinal.
El impacto contra un árbol lo dejó tetrapléjico. Los médicos llegaron a pensar que no sobreviviría. En varias ocasiones su respiración se detuvo y quienes estaban con él recibieron la noticia de su muerte… pero el joven religioso no murió.
Fue hospitalizado en Poughkeepsie, Nueva York, y posteriormente pasó un año en el Hospital de Rehabilitación Magee, en Filadelfia. Perdió una gran cantidad de peso y tuvo que someterse a complejos tratamientos para estabilizar su estado físico. Cuando finalmente abandonó el hospital, la realidad era contundente: Bill estaba paralizado prácticamente desde el cuello hacia abajo y durante toda su vida dependería de otros para realizar las tareas más elementales de la vida diaria.
Para la mayoría de las personas, aquella situación habría significado el final de todos los proyectos imaginados para el futuro. También para la Iglesia de entonces resultaba difícil concebir cómo alguien en semejantes condiciones podría continuar el camino hacia el sacerdocio. Sin embargo, Bill tomó una decisión que definiría toda su existencia.
Reconstruir la identidad
Lejos de abandonar su vocación, manifestó su deseo de seguir siendo agustino y de continuar preparándose para el sacerdocio. Cuentan que en aquel momento comentó, comparando la vida con una partida de cartas: “O juegas con las cartas que te han repartido o abandonas la partida, y yo no estoy dispuesto a abandonar.”
Ese período constituye probablemente la parte más impresionante de su historia. Aprender a vivir después de una lesión tan grave implica mucho más que una rehabilitación física. Significa aceptar una dependencia permanente, afrontar la frustración cotidiana y reconstruir una identidad personal completamente nueva.
Por aquel entonces la tecnología que puede ayudar en estos casos no estaba tan avanzada como ahora, se trataba de una total dependencia de los que le rodeaban hasta el final de su vida, aunque sí pudo conducir una silla de ruedas eléctrica.
Eligió vivir
Años más tarde, cuando alguien le preguntó cuánto tiempo le había llevado aceptar que nunca volvería a caminar, respondió con una sinceridad desarmante: “Nunca lo aceptas realmente. Cada noche, cuando te acuestas, esperas que al día siguiente te levantes y camines. Lo que aprendes a aceptar es que no te levantas y caminas”. En esa frase se encuentra condensada toda una filosofía de vida: se trata de reconocer la realidad tal como es y, aun así, seguir eligiendo vivir.
Con el apoyo de sus hermanos agustinos, Bill reanudó su formación religiosa en la Universidad de Villanova, en Filadelfia, dedicada al santo español Santo Tomas de Villanueva, en la que algunos años después estudiará otro agustino estadounidense, Robert Prevost. En dicha Universidad Bill profesó los votos simples el 20 de julio de 1970 y los votos solemnes el 20 de julio de 1973 y continuó sus estudios universitarios y teológicos.
Su situación obligó a desarrollar métodos inéditos para que pudiera participar plenamente en la vida académica y espiritual. Dependía de un equipo de religiosos que lo ayudaban en las necesidades cotidianas, pero nunca permitió que esa ayuda se transformara en paternalismo. Quienes convivieron con él solían señalar que, aunque necesitaba asistencia permanente, era él quien terminaba guiando espiritualmente a quienes lo cuidaban.
Su perseverancia encontró finalmente reconocimiento en uno de los momentos más significativos de su vida. Gracias a una dispensa especial concedida por el Papa Pablo VI, fue ordenado sacerdote por el Cardenal Krol de Filadelfia el 2 de febrero de 1974. En su carta a Pablo VI solicitando una dispensa para ser ordenado sacerdote, escribió que su condición lo llamaba a unirse a la cruz de Nuestro Señor de una manera extraordinaria.
Un gran paso para la Iglesia
Aquella ordenación tuvo un profundo significado simbólico para la Iglesia, pues Bill Atkinson se convirtió en el primer sacerdote tetrapléjico de la historia. Lo que para algunos parecía una imposibilidad se había convertido en una realidad. La importancia de aquel acontecimiento consistía en ser una afirmación de que la vocación sacerdotal va más allá de las fuerzas físicas, sino de la entrega del corazón.
Después de su ordenación comenzó una etapa de casi treinta años que consistieron en su legado más duradero. Fue destinado a la escuela secundaria Monsignor Bonner High School, donde él mismo había estudiado de joven. Allí enseñó teología, acompañó retiros espirituales, ejerció como capellán asistente y trabajó estrechamente con los estudiantes.
A primera vista podría parecer que su actividad estaba limitada por su condición física y, sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario. Su presencia en la escuela se convirtió en un punto de referencia para generaciones enteras de alumnos.
Muchos recuerdan que su sola presencia imponía respeto y disciplina. Resulta paradójico que un hombre incapaz de moverse por sí mismo pudiera ejercer semejante autoridad moral. Sin embargo, precisamente porque hablaba desde una experiencia auténtica de sufrimiento y perseverancia, sus palabras tenían un peso especial.
Los estudiantes comprendían que estaban frente a alguien que había enfrentado pruebas inmensamente mayores que las dificultades escolares de cada día. El Padre Bill no necesitaba discursos atrayentes, su vida era el mensaje.
Su labor sacerdotal, aunque marcada por los límites que imponían su enfermedad, fue imparable. Además de su dedicación a los alumnos de la escuela, el padre Bill dedicó gran parte de su tiempo a visitar enfermos en hospitales y a acompañar a veteranos de guerra que habían sufrido graves lesiones.
Desde su propia experiencia era capaz de comprender de un modo singular el sufrimiento, la fragilidad y los desafíos de los enfermos, convirtiéndose para ellos en un testigo creíble de esperanza. A todos les transmitía el mensaje que había transformado su propia vida: la certeza del amor de Dios, capaz de sostener al ser humano en las circunstancias más dramáticas, de dar sentido al dolor y de abrir un horizonte que va más allá de la muerte, porque es más fuerte que ella.
Gran sentido del humor
Quienes lo conocieron destacan constantemente su sentido del humor. Esta característica aparece una y otra vez en los testimonios sobre él. Lejos de convertirse en una persona amarga o encerrada en sí misma, cultivó una alegría sorprendente. Esa alegría provenía de haber aprendido a convivir con el dolor dándole un sentido espiritual de unión con Cristo y servicio al prójimo, algo difícil de explicar y más difícil de experimentar. Tal vez por eso resultaba tan convincente, o era optimismo ingenuo sino una forma madura de esperanza.
El agustino Robert P. Hagan, que se sintió inspirado a entrar en la Orden de San Agustín inspirado precisamente por la increíble relación con Dios del padre Bill Atkinson, recuerda haber estado con él en una fiesta del Super Bowl, dándole de comer patatas fritas: “Tenía el honor de ayudar a alimentarlo. Necesitaba ayuda con todo aquello que nosotros damos por sentado cada día”, dijo el padre Rob. “Y lo que vi en él no fue a un hombre amargado, ni resentido, ni quejumbroso, sino a un hombre lleno de alegría”.
En una época que suele asociar la felicidad con la ausencia de sufrimiento, Bill Atkinson ofrecía una lección diferente. Mostraba que la dignidad humana permanece cuando aparecen las limitaciones. Más aún, sugería que algunas de las cualidades más profundas del ser humano -la paciencia, la compasión, la fortaleza, la fe- suelen desarrollarse precisamente en medio de la fragilidad. Quienes acudían a él en busca de consejo encontraban a una persona que comprendía el dolor ajeno sin necesidad de explicaciones excesivas.
A medida que pasaban los años, su figura fue adquiriendo una relevancia que trascendía los límites de la comunidad escolar. Durante la histórica visita del papa Juan Pablo II a Filadelfia, el 4 de octubre de 1979, celebró una Misa para sacerdotes, religiosas y seminaristas de todo el país. Después de la liturgia, el papa Juan Pablo II se acercó al padre Bill y le dio un cálido abrazo.
Recibió numerosos reconocimientos, entre ellos un doctorado ‘honoris causa’ de la Universidad de Villanova en el año 2000. Sin embargo, los premios fueron solamente un aspecto secundario de su legado, lo que realmente impresionaba era la fuerza interior, fruto de su unión con Cristo, que le llevaba a no rendirse.
Cuando su salud comenzó a deteriorarse, se trasladó en 2004 a la unidad sanitaria de la Universidad de Villanova, donde continuó siendo un referente espiritual para quienes lo rodeaban hasta su muerte, ocurrida el 15 de septiembre de 2006. Tenía sesenta años. Murió rodeado de su familia, de sus hermanos agustinos y de quienes habían compartido con él décadas de amistad y servicio.
La influencia de este sacerdote extraordinario no terminó con su muerte. En su nombre se creó la Father Bill Atkinson Foundation, que otorga cada año becas a estudiantes meritorios que desean recibir una educación en la que en la actualidad se llama “Monsignor Bonner and Archbishop Prendergast High School” y que no cuentan con los recursos económicos para asistir a la escuela. Además, con el paso del tiempo comenzó a extenderse la convicción de que su vida había sido un ejemplo extraordinario de santidad.
Proceso de canonización
En 2017 la archidiócesis de Filadelfia abrió oficialmente su causa de canonización, y el proceso avanza despertando un creciente interés entre fieles, antiguos alumnos y personas que encuentran en su historia una fuente de inspiración, no por haber sido tetrapléjico, sino por el modo como transformó su enfermedad en un don para los demás. Diversos testimonios de posibles favores y curaciones atribuidos a su intercesión han sido objeto de estudio dentro del proceso canónico.
En junio de 2024 sus restos fueron trasladados desde el cementerio donde descansaban hasta la iglesia de Santo Tomás de Villanova. Este gesto, habitual en los procesos de canonización, refleja el deseo de facilitar la veneración privada de los fieles y subraya la importancia que su figura ha adquirido para la comunidad católica y para otros muchos.
En cierta ocasión, el padre Bill dijo: “Sin el amor de mi familia y mis amigos, no habría sobrevivido al accidente. Habría muerto muchas veces si no los hubiera tenido por quienes vivir”. Quizá la razón profunda de la atracción que provoca su vida radique en que encarna una verdad que trasciende incluso el ámbito religioso y que por desgracia muchos de nuestros contemporáneos no consiguen entender, quizás porque nadie se lo ha enseñado: su vida muestra que el ser humano, cuando es amado y tiene a quien amar, posee una capacidad extraordinaria para encontrar sentido incluso en las circunstancias más adversas. Pero sin amor a veces las muchas dificultades de la vida pueden hacerla insoportable.
