Autoridad


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Con los curas de los últimos siete años, tuvimos una convivencia de tres días para rezar juntos, hablar de nuestras cosas, para que escucharan experiencias, para que preguntaran y, sobre todo, para esponjar un poco la vida fuera de nuestras tareas cotidianas.



Yo no me canso de decirles que al ungido se le nota porque vive con unción, habla con unción, sirve con unción, celebra con unción… y sé que no es fácil. Algunos piensan que, por su modo de presentarse (y no me refiero a las ropas) o de actuar, tienen mayor prestigio o reputación, pero cuando no están presentes, descubres en los comentarios de los que les rodeaban que no han ganado su respeto ni mucho menos su admiración.

La autoridad moral no nace de la valía personal –no tanto de la inteligencia o de las habilidades prácticas–, sino del servicio desinteresado, de la entrega callada, de la bondad del corazón, del tiempo compartido, sin prisas, que al final es lo que queda de las personas. Es ese vaso de agua entregado con cariño en el momento más oportuno. Y donde digo vaso, tú sabes a cuántas cosas me puedo referir.

Dedo levantado pidiendo el turno de palabra en el Congreso de los Diputados

La autoridad no es poder, tiene sus ritmos, sus tiempos, respeta los procesos, escucha y propone, también tiene en cuenta a la comunidad y su bien. El poder es imposición, obligatoriedad y, muchas veces, miedo, tanto del que manda como del que obedece. Cuánto de todo esto descubrimos ahora, lamentablemente, cuando se habla de abusos de conciencia. Y estos miedos los descubrimos, más que nunca, en la geopolítica y sus relaciones internacionales.

La sabiduría

También la sabiduría tiene mucho que ver con la autoridad y es la que más gana: por la virtud que manifiesta, por la experiencia o la credibilidad de quien ordena las cosas de la casa y las personas que la habitan. Claro que, en este momento, nos podemos encontrar con la terquedad de las personas que se ofuscan en sus propios intereses, que no miran a los demás con la mirada y la sabiduría de Dios, y son una traba y mal ejemplo para los que buscan el bien de todos.

El segundo día vimos cómo Jesús, en la sinagoga de Cafarnaúm, enseñaba con autoridad, no como los escribas. “Fijaos –les dije–, la palabra latina para autoridad, auctoritas, proviene del verbo augeo, que significa agrandar, enriquecer, producir, aumentar o dar vida. La autoridad que nos da Jesús no está hecha para manifestar un poder mundano, sino para ayudar, para hacer crecer y recobrar el sentido común, que bien entendido es el de la comunidad, liberándonos de las cadenas de los espíritus que nos atan”.

¡Ánimo y adelante!

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