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“Todos van al mismo lugar: todos vienen del polvo y al polvo vuelven”. Eclesiastés 3,20. Entiendo que para muchas personas este mensaje no es inspirador, no es algo que se desea alcanzar, por el contrario, se trata de alejar este pensamiento en un mundo materialista, no es algo a lo que aspire el pensamiento productivo. La realidad es esa, nada somos y nada nos llevaremos, de manera que esto debería despertarnos para vivir lo que verdaderamente vale la pena… la vida. Parece algo obvio, pero muchas personas no viven, sobreviven.
Realizan actividades que no les generan ninguna satisfacción, pierden su valioso tiempo en aquello que no les da esperanza y su justificación es que requieren de economía para subsistir; dejando de lado sus sueños y hasta vocación. No viven y dejan pasar un tiempo valioso, razón por la que muchas personas viven sin esperanza, sin deseo real de vivir. Observar a nuestro alrededor es suficiente para darnos cuenta que hay seres con muy poca alegría, que pocas cosas los inspiran y que sus vidas simplemente transcurren.
Tiempo de cambiar y de iniciar con un corazón sincero
Los vemos en las corporaciones, caminamos cerca de ellos en el transporte y convivimos con ellos en todo momento. Por eso la pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿realmente estoy viviendo para aprender, para transformar y para sentir? Las horas transcurren y los días pasan muy rápido y esa es la realidad, no nos damos la oportunidad para reflexionar acerca de nuestro final, creemos que tenemos asegurado el día de mañana y vivimos ignorando que seremos polvo, postergando nuestro propósito y dejando de disfrutar lo que la vida nos ofrece.
Es tiempo de regresar a la sencillez, de mirar la vida con los ojos de un ser finito que tendrá un tiempo para vivir en el amor y compartirlo. Hay mucho odio, exceso de violencia y deseo por demostrar la superioridad. Somos polvo y este tiempo nos lo recuerda, la señal que se nos pone en la frente es el símbolo de nuestra finitud, de que todos compartimos la misma esencia: somos polvo.
Cuando recibimos la ceniza en la frente, no solo tocamos polvo, tocamos verdad. Esa cruz sencilla nos recuerda que somos frágiles de un barro que se quiebra fácilmente, pero profundamente amados por Dios; es el recuerdo que venimos de la tierra, pero caminamos hacia el cielo. No es una marca de muerte, sino de esperanza. No es un signo de derrota, sino de regreso. Es tiempo de cambiar, tiempo de iniciar con un corazón sincero, así es el tiempo de Cuaresma.
