Hay cumpleaños que se celebran con velas y otros que se celebran, sencillamente, con asombro. Hoy cumplo 78 años. Salto la valla de un año más. Me pregunto si llegar hasta aquí es algo ordinario o extraordinario. Según se mire. Quizá sea las dos cosas: ordinario, porque la vida sigue regalándonos amaneceres; extraordinario, porque ninguno de ellos es igual.¡ Tantos o tan pocos!
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Setenta y ocho años de amaneceres. ¡Cuántos soles caben en una vida! Algunos nacieron luminosos; otros tuvieron que abrirse paso entre nubes, despedidas, incertidumbres y noches largas. Ha habido caminos de monte, tierra y de asfalto, estaciones donde quedarse y andenes desde los que partir.
También vallas. Muchas vallas. Algunas levantadas por otros; otras, quizá, por mis propios miedos. Y, sin embargo, la vida ha seguido llamando al otro lado. Como aquella vez que, en los umbrales de la muerte amenazante, me pidieron allí los papeles que no tenía y me devolvieron de nuevo, –aquí– a los días cotidianos para obtenerlos
Hoy quiero dar gracias a Dios, a la vida, a mi familia y a la Compañía de Jesús. A Dios, que nunca ha dejado de ser pregunta, compañía y horizonte, incluso cuando mis pasos no acertaban a descubrir sus huellas. A mi familia, raíz primera, memoria entrañable y tierra de la que brotan tantos afectos que el tiempo no consigue marchitar. Y a la Compañía de Jesús, mi hogar de vocación y camino, donde he aprendido que seguir a Jesús es dejarse conducir por Él hacia los demás, especialmente hacia quienes más sufren.
Gracias también a la vida, que se me ha ofrecido generosamente, no como una propiedad que guardar, sino como un regalo que compartir. Porque vivir no consiste solamente en sumar años, sino en dejar que los años, con sus luces y sus sombras, sus encuentros y despedidas, nos ensanchen el corazón.
Desde los orígenes en Toro, mi pueblo querido, sigo añorando aquel aire limpio que parecía capaz de purificar los caminos. Después llegaron Salamanca, La Cabrera, Valladolid, Logroño, mucho Madrid, y por ahora menos Alcalá de Henares… Lugares y personas que fueron lavando mis ojos con el agua fresca de las bienaventuranzas.
También desde otras paisajes más extraños y lejanos (Nueva York, Jerusalén, Cuba) que dejaron de serlo cuando me empapé de ellos. Visité y me asomé mucho a la ventana de muchas ciudades europeas con aquella emigración española que me ayudó amablemente a añorar “el olor a la tierra ausente”…
Cada lugar dejó su ventana abierta y su pequeña cicatriz. Cada encuentro me enseñó que nadie camina del todo solo y que hasta las despedidas pueden esconder una semilla.
Ser jesuita me ha regalado una brújula, y un mapa a discernir. Ignacio de Loyola me enseñó a buscar a Dios en todas las cosas y a no confundir la fidelidad con la inmovilidad. La fe y la justicia han ido respirando juntas, como dos pulmones de una misma esperanza. Y los pobres, especialmente quienes emigran, han puesto rostro, nombre y urgencia a muchas de mis preguntas. Ellos me recuerdan que hay vidas obligadas a caminar por senderos que no eligieron, mientras otros disfrutamos de caminos bastante más despejados.
Respiración ignaciana
Ayer me preguntaron con qué animal me identifico. Y yo contesté, ingenuo como un niño, que quisiera seguir siendo y soñando como las mariposas: variadas en sus colores y vuelos, ligeras, vulnerables pero confiadas en el viento (el Espíritu) que les lleva, obstinadas en atravesar el aire sin pedir permiso al miedo, a recoger el néctar de paisajes variados.
Y aún quisiera continuar acompañando éxodos humanos, físicos o interiores escuchando historias y ayudando a que ninguna frontera tenga la última palabra sobre una persona. Y además a seguir compartiendo, con CONFER –espacio y signo de profecía–, con ‘Horizontes abiertos’ e incluso con la gente de los Loyola, amigos anteriores, etc, esa respiración ignaciana que une contemplación y compromiso, oración y justicia, el encuentro con Dios y el servicio a los demás.
¿Y ahora, a los 78? No se trata de fingir que el tiempo no pasa ni de esconder las limitaciones detrás de una sonrisa. El cuerpo recuerda sus años, los ritmos cambian y algunos horizontes parecen alejarse. Tengo incluso, intermitentemente, un bastón en la mano. Pero quizá la vocación consista también en aprender a caminar de otra manera –incluso con tropiezos–: y ahora menos preocupado por llegar, sino ir paso a paso y verso a verso, más dispuesto a acompañar y a la vez a ser más acompañado; menos empeñado en hacer muchas cosas, más atento a hacerlas con amor.
Palabras por escribir
No sé cuántos amaneceres quedan. Tampoco necesito contarlos. Me basta recibir el de hoy, agradecerlo y procurar que alguien encuentre un poco más de luz gracias a él.
Setenta y ocho años: ¿ordinarios o extraordinarios? Tal vez lo extraordinario sea descubrir que, después de tanto camino, todavía queda vida por estrenar, personas por abrazar, injusticias que denunciar y esperanzas que cuidar. Y de todo ello, palabras por escribir.
Gracias, Señor, por lo vivido, por quienes caminaron conmigo y por quienes todavía esperan al otro lado de la valla. Que no me falten el asombro, la libertad interior ni el corazón atraído por los empobrecidos.
Y que, mientras haya un amanecer, pueda seguir diciendo, con humildad y alegría: aquí estoy, Señor; aquí estoy, vida nuestra ; todavía quiero caminar.
Porque Tu eres el horizonte que aparece en el amanecer y el atardecer aunque nunca lo toque porque siempre está más allá.
¡Por ahora!

