Querido padre Patricio Alfredo Sánchez Molinari:
No sé si escribir estas líneas sirva de algo, pero creo que lo que conocimos de usted y la razón por la que salió en las noticias merecen algunos comentarios.
No le conocemos, no sabemos mayor cosa suya, quizás solo lo principal e importante: que era sacerdote, que celebraba la misa, que predicaba sobre la vida eterna, que era miembro de los redentoristas y que, mientras celebraba la misa, fue aplastado por la cruz.
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Sin duda alguna, padre Patricio, fue una dolorosa noticia que nos permite ver que la vida se acaba en un instante y solo queda la certeza que predicaba minutos antes: todos nos vamos a morir.
No sé si tuvo tiempo de pensar, no sé si escuchó algo, algún estruendo. Solo puedo imaginar que sintió un gran dolor, un gran susto y que todo se puso oscuro.
Su historia, padre, es la crónica de todos los días. Hoy son tantos los que viven aplastados por el peso de la cruz, solo que usted la vivió de manera literal, en esos misterios que Dios dispone en la vida de cada uno.
Creo, sin conocerle, que seguramente era un buen sacerdote y que le pedía a Dios que configurara su vida con la de Cristo. Incluso estoy convencido de que se hizo sacerdote para parecerse a Cristo.
Su muerte, padre, es incomprensible para el mundo, que no entiende el misterio de la cruz, pero también lo es su decisión de querer parecerse en esta vida a Cristo, que pende de la cruz.
Quiero pensar, padre Patricio, que ese breve e intenso momento le acercó a Jesús y que es precisamente Él quien hoy cuida sus heridas y le ofrece el consuelo prometido.
Por eso, padre Patricio, me permito pedirle algo. Posiblemente sea inoportuno de mi parte, pues no pretendo rendirle culto ni solicitar su intercesión; solo quisiera que pudiera decirle al Señor que su dolor y su sufrimiento siguen siendo incomprensibles para todos, pero que la promesa de la resurrección hace que otros sigamos creyendo que le ha abierto las puertas del cielo.
Que su muerte no sea en vano, que también pueda unirse a la pasión del Señor, esa pasión de todos los días, porque, como decía Martín Descalzo, «siempre es Viernes Santo».
Que su muerte, que también es nuestra, pueda unirse a la vida de tantos que siguen bajo el peso de la cruz y que, a su sombra, acá, consigan la vida de allá.
Querido padre Patricio, rezamos por usted y rezamos por los que día a día seguirán siendo aplastados por la cruz. Aquellos que Jesús, desde la cruz, les sigue diciendo: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso».
Por Rixio G Portillo. Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey
