José Luis Pinilla
Horizontes abiertos y presidente de CONFER-ALCALA. Grupos Loyola

Migraciones: nuestra política ante el espejo de la humanidad


“De fronteras, deberes y derechos. De la necesidad de gobernar sin olvidar que detrás de cada cifra late una vida”.

Hay palabras que, de tanto pronunciarlas, corren el riesgo de quedarse vacías. Migración es una de ellas. La escuchamos en los parlamentos, la leemos en los titulares, la vemos convertida en bandera, argumento o amenaza. Pero, mientras las palabras se agitan en el viento de la política, hay hombres y mujeres que caminan con su pasado a cuestas y un futuro incierto entre las manos.



España, tierra de emigrantes ayer y país de destino hoy, no puede abordar este fenómeno como si la historia comenzara cada mañana. También nosotros fuimos despedida en un andén, maleta cerrada a toda prisa, carta enviada desde lejos y nostalgia sentada a la mesa. La memoria debería servirnos, al menos, para mirar al otro sin la venda del prejuicio.

Migrantes. El Hierro

Un cayuco localizado en aguas próximas a El Hierro con 166 inmigrantes a abordo. En la imagen, la llegada al muelle de La Restinga. Foto: EFE

¿Qué deberían proponer los partidos políticos cuando las migraciones llaman a la puerta de nuestra convivencia?

  • En primer lugar, realismo. Gobernar significa conocer las posibilidades del país, ordenar las llegadas, combatir las redes de tráfico de personas y garantizar que las normas se cumplan. Las fronteras necesitan una gestión eficaz; la ciudadanía, respuestas ante sus inquietudes; y las administraciones, recursos suficientes para afrontar los desafíos de la acogida. La buena política no promete lo imposible ni alimenta temores para cosechar votos. Pero el realismo, cuando pierde la brújula de la dignidad, puede convertirse en indiferencia. Ninguna propuesta debería olvidar el derecho de asilo, las garantías legales ni la protección de quienes huyen de la persecución. La firmeza no exige deshumanizar, del mismo modo que la compasión no obliga a renunciar a las normas.
  • En segundo lugar, integración. No basta con llegar a un territorio; es necesario encontrar un lugar en él. Aprender la lengua, acceder a un empleo digno, conocer las leyes, compartir responsabilidades y participar en la vida comunitaria son caminos de doble dirección. También corresponde a las instituciones facilitar oportunidades y evitar que la precariedad convierta a las personas migrantes en mano de obra invisible, atrapada en los márgenes de nuestra sociedad. Una política responsable debe mirar asimismo a la vivienda, la educación, la sanidad y los servicios sociales. No para enfrentar a quienes tienen poco, sino para impedir que la escasez se transforme en una guerra entre los más vulnerables.
  • En tercer lugar, prevención y cooperación. Ningún muro puede explicar por sí solo por qué alguien abandona su hogar. Las guerras, la persecución, la falta de oportunidades y las crisis ambientales forman parte de una realidad que desborda las fronteras nacionales. España y Europa necesitan colaborar con los países de origen y tránsito, favorecer vías migratorias regulares y seguras y actuar contra quienes se enriquecen con la desesperación ajena.
  • Y hay algo más: honestidad en el debate público. Los partidos deberían comprometerse a distinguir los datos de las consignas, a no generalizar conductas individuales y a no convertir el origen de una persona en explicación automática de los problemas colectivos. La convivencia merece argumentos, no incendios verbales.

Programa electoral

Desde la Valla, quiero  recordar que una política migratoria no se mide únicamente por las personas que consigue detener, admitir o devolver. También se mide por las vidas que protege, las oportunidades que abre, las injusticias que evita y la confianza que consigue construir.

Los partidos pueden discrepar sobre los procedimientos, los recursos o el alcance de las políticas migratorias. Es legítimo. Lo que no debería quedar sometido al vaivén electoral es el respeto a la dignidad humana.

Porque gobernar las migraciones es administrar una realidad compleja; gobernarlas bien exige, además, no perder el rostro de quienes la protagonizan.

Y quizá la pregunta que debería acompañar a cada programa electoral sea esta: ¿qué clase de país queremos ser cuando el miedo llama a nuestra puerta y la esperanza lo hace desde el otro lado de la valla?