José Luis Pinilla
Horizontes abiertos y presidente de CONFER-ALCALA. Grupos Loyola

“Eso a Vivas, pregúntele”


Hay frases que duran mucho más que el instante en que son pronunciadas. Frases aparentemente pequeñas, respuestas de apenas unas palabras que, sin embargo, contienen todo un modo de entender la realidad. En el Congreso de los Diputados, recientemente, Pedro Sánchez fue preguntado por la situación de los menores en Ceuta que debería interpelarnos mucho más allá de cualquier disputa partidista: entre 700 y 1.000 menores permanecen sin tutela en las calles de Ceuta, según la estimación del propio Gobierno.



La respuesta del presidente fue breve: “Eso a Vivas, pregúntele”. Cinco palabras que pueden leerse dentro de una discusión sobre competencias, responsabilidades institucionales y procedimientos administrativos, pero que adquieren una dimensión mucho más inquietante cuando detrás de ellas hay cientos de menores que continúan esperando una respuesta.

Hay, una controversia institucional que deberá resolverse dentro del marco jurídico y político correspondiente y no despachada de manera displicente. Pero mientras las instituciones discuten dónde comienza y dónde termina la responsabilidad de cada una, hay una realidad que no entiende de competencias: un menor solo sigue siendo un menor solo.

Mirar de frente

Y quizá ese sea el verdadero problema que deberíamos mirar de frente. Hemos construido una sociedad extraordinariamente precisa para determinar quién tiene una competencia y sorprendentemente torpe para determinar quién tiene una obligación moral. No terminamos de aclararnos demasiado qué administración debe firmar un documento, qué institución debe activar un procedimiento, qué gobierno puede reclamar una determinada medida y qué organismo tiene atribuidas determinadas funciones.

Todo eso es necesario. Pero existe una pregunta anterior a todas ellas, una pregunta que no aparece en los boletines oficiales y que debería estar presente cada vez que un niño duerme en la calle: ¿quién se ocupa de él? Porque el menor no conoce el reparto competencial entre administraciones. El menor no sabe qué corresponde al Gobierno central y qué corresponde a Ceuta. No sabe quién tiene que autorizar un traslado ni qué despacho contiene la solución. Lo único que sabe es que está allí, solo, esperando que un adulto decida qué hacer con su vida.

Juan Jesús Vivas, alcalde-presidente de la Ciudad Autónoma de Ceuta

El alcalde-presidente de la Ciudad Autónoma de Ceuta, Juan Jesús Vivas, en el Parlamento Europeo en Bruselas el 8 de septiembre de 2026. Foto: EFE

Por eso la frase “Eso a Vivas, pregúntele” resulta mucho más profunda de lo que parece. Cuando aparece un problema demasiado grande, la pregunta empieza a viajar. Pregúntele a uno. Pregúntele al otro. Que explique aquel. Que responda este. Que se haga cargo la administración correspondiente. Que intervenga la otra.

Y así podemos construir una cadena perfecta en la que cada institución tiene una explicación para justificar su posición mientras el problema permanece exactamente en el mismo lugar. En este caso, el problema tiene rostro, tiene edad y tiene nombre. Son niños y adolescentes que continúan en las calles de Ceuta.

Cuestión de humanidad

Precisamente por eso resulta necesario que las instituciones expliquen qué sabían, qué podían hacer, qué hicieron y qué obstáculos encontraron. Una democracia no puede convertir la existencia de procedimientos en una excusa para aplazar indefinidamente la protección de quienes más necesitan que alguien actúe. Investigar quién debe hacer algo no debería impedir que, mientras tanto, alguien lo haga. Y cuando hablamos de menores, esa diferencia deja de ser una cuestión política y se convierte en una cuestión de humanidad.

Quizá nos hemos acostumbrado demasiado a contemplar la política como una sucesión de declaraciones en las que cada palabra está pensada para proteger una posición. Hemos aprendido a escuchar una respuesta y buscar inmediatamente contra quién está dirigida. Una pregunta sobre un menor termina convirtiéndose en una pregunta sobre Sánchez.

Una respuesta de Sánchez termina convirtiéndose en una pregunta sobre Vivas. Y Vivas, inevitablemente, puede responder señalando hacia Madrid, hacia las competencias autonómicas, hacia la falta de recursos o hacia las decisiones de otras administraciones. Mientras tanto, el niño permanece fuera del encuadre. Es el único que no participa en la discusión y, sin embargo, es el único cuya vida debería impedirnos dormir tranquilos.

La prioridad de Jesús

Hay algo profundamente desconcertante en todo esto desde la mirada cristiana. El Evangelio tiene una extraña capacidad para colocar al pequeño en el centro precisamente cuando los grandes discuten. Jesús no convierte al niño en una cuestión secundaria, ni lo deja perdido en una disputa de adultos. Lo pone delante.

Como si dijera que, cuando una sociedad quiere saber hasta dónde llega su humanidad, no debe mirar primero sus discursos, sus presupuestos o sus fronteras, sino la manera en que trata a quien no tiene fuerza para defenderse. El niño no necesita ganar una discusión para merecer protección. No necesita demostrar que tiene razón. No necesita que alguien gane antes de que alguien pueda ayudarle. Su dignidad no depende de quién tenga la competencia administrativa.

Primera pregunta

Existe antes que cualquier expediente.

Y tal vez por eso aquella pregunta del Congreso debería prolongarse mucho más allá de la respuesta de Pedro Sánchez. Sí, hay que preguntarle a Vivas. Hay que preguntarle al Gobierno. Hay que preguntar a las instituciones. Hay que preguntar a quienes tienen capacidad de decisión.

Hay que saber cuánto tiempo puede prolongarse una situación así, qué recursos existen, qué soluciones se están aplicando y por qué cientos de menores continúan sin una protección adecuada. Una sociedad democrática tiene derecho a exigir explicaciones. Pero existe otra pregunta que casi nunca llega a los micrófonos y que debería ser la primera: ¿qué está viviendo ese niño mientras nosotros discutimos?

Migrantes. Ceuta

Traslado de los migrantes asentados en las playas de Benítez y el Trampolín de Ceuta hasta el campamento temporal habilitado en el puerto de la ciudad. Foto: EFE

Porque los adultos podemos esperar una comparecencia, una reunión, una votación, un acuerdo o una negociación. Un niño no debería tener que esperar a que termine una disputa institucional para sentirse protegido. Su infancia no puede quedar suspendida en un limbo administrativo. Sus noches no pueden depender de que las instituciones terminen de decidir quién tiene razón. Y su futuro no puede convertirse en una nota al pie de una batalla política.

“Eso a Vivas, pregúntele”. Quizá dentro de unos días nadie recuerde exactamente cuándo se pronunció aquella frase. Quizá desaparezca entre las miles de declaraciones que cada día llenan los periódicos y las pantallas. Pero sería una lástima que olvidáramos lo que había detrás de ella. Porque detrás de una pregunta dirigida a un a un presidente del Gobierno hay siempre una pregunta mucho más grande que nos alcanza a todos: ¿qué hacemos con aquellos que dependen de nosotros para sobrevivir?

Fuera de las competencias

Y quizá ahí esté la verdadera prueba de una sociedad. No en la capacidad de señalar quién tiene la competencia, sino en la capacidad de impedir que un ser humano quede abandonado en el espacio que existe entre dos competencias. No en la habilidad para construir una respuesta políticamente perfecta, sino en la voluntad de encontrar una respuesta humana. No en ganar el relato, sino en que, cuando termine el relato, haya un niño que pueda decir que alguien estuvo allí.

Porque al final siempre podemos seguir preguntando quién debe responder. Podemos pasar la pregunta de una administración a otra, de un despacho a otro, de un partido a otro. Podemos discutir durante días sobre competencias, recursos y responsabilidades. Pero mientras tanto, en algún rincón de Ceuta, un menor puede estar esperando que alguien deje de preguntarse de quién es la responsabilidad y empiece simplemente a asumir la suya.

Y entonces quizá comprendamos que hay preguntas que no pueden seguir viajando eternamente de un lado a otro. Hay preguntas que exigen una respuesta inmediata porque tienen delante un rostro humano. Y cuando ese rostro es el de un niño, quizá la política, antes de preguntarse a quién corresponde contestar, debería hacerse una pregunta mucho más sencilla: ¿qué necesita ahora?