Mi afición por el séptimo arte es bien conocido por estos lares. Esto explica que, aunque no vaya al cine con demasiada frecuencia, me gusta estar al día de los estrenos y de las noticias relacionadas con el tema. La casualidad ha querido que el otro día supiera simultáneamente de dos películas españolas cuya semejanza en la temática me resultó llamativa.
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Se trata de “Salitre” y “El nido”. Las dos tienen como protagonistas a unas madres que, bien por sobreproteger a su familia o bien por no afrontar el miedo al síndrome del nido vacío y dificultar la independencia de su hija, impulsan la trama de ambos thrillers psicológicos. Dos proyectos cinematográficos en los que aquello que provoca temor en el espectador son las consecuencias de un amor maternal que termina dañando a todas las personas implicadas.
Lo que reflejan las dos películas es que ninguna manera de amar, ni siquiera el de una madre, está exento de necesitar ser purificado. Así, se presenta con claridad que incluso la maternidad requiere mucha autenticidad para que evitar lo que cada una de sus tramas plantea. Si esto es así con aquel que solemos percibir como el ‘summum’ de la gratuidad e incondicionalidad del cariño, cuanto más con los otros muchos modos de querer a la gente, donde no siempre somos ni tan gratuitos ni tan incondicionales.
No hace falta ser madre para acabar sobreprotegiendo a las personas que queremos hasta inutilizarlas, alegando que buscamos lo mejor para ellas. Tampoco necesitamos tener hijos para negarnos a “soltar” a quienes son importantes para nosotros, impidiéndoles que vuelen por sí mismos, por el inconfesable miedo de que puedan descubrir que pueden hacerlo lejos de nosotros.
Los seres humanos vivimos en un permanente aprendizaje en esto de amar, pues lo hacemos con la torpeza propia de nuestra frágil condición. El problema no es querer a los demás a trancas y barrancas, sino no ser conscientes de la facilidad que todos tenemos para confundir el cariño con la posesión, la manipulación o la propia satisfacción.
El desafío está en asumir la realidad y renunciar a una serie de presupuestos que no nos permiten mantenernos en disposición de aprendiz. Al fin y al cabo, se trata de aprender constantemente del Maestro, ese que nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1) y nos propuso su manera de hacerlo como criterio de lo que significa, no tanto “amar mucho”, sino hacerlo cada vez mejor (cf. Jn 13,34-35)… vaya a ser que, sin darnos cuenta, estemos escribiendo el guion de otro thriller psicológico.

