Hace poco más de un año, escribí una tribuna titulada Tenía 35 años sobre Matteo Bonzano, un sacerdote que se había suicidado a esa edad.
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Un nuevo caso
Esta vez la noticia, por desgracia, también ha sido el suicidio de otro sacerdote, Lino Zatelli, de la diócesis de Trento. Tenía 75 años y, al parecer, era el sacerdote más conocido de su diócesis. Desde hace un tiempo daba muestras de estar muy afectado emocionalmente porque, después de 25 años acompañando a la comunidad de Clarina, le habían notificado el traslado a otro destino. Todo parece indicar que, sin consulta, ni entrevista, ni conversación previa. Nada. Solo la notificación del cambio. Los miembros de la comunidad habían enviado una carta al obispo, Lauro Tisi, para que reconsiderara la situación. Estas cartas, ya se sabe, casi nunca tienen respuesta. ¿De qué y para qué sirven estos silencios?
Cuando un hombre que ha vivido su vocación con naturalidad y entrega, a los 75 años toma la decisión de quitarse la vida, y cuando no es un caso aislado, debería obligarnos a reflexionar a todos y deberían volver a saltar las alarmas sobre el acompañamiento que tienen los sacerdotes, de qué se ocupan en muchas diócesis las delegaciones para el clero, y en no retrasar ni un minuto más la revisión, a fondo y sin miedo, de la retorcida interpretación del voto de obediencia.
Con motivo de la muerte de Matteo, el pasado año, escribí que “alguien que decide ser sacerdote, no puede ser preparado para aguantar, para entregarse a la Iglesia hasta el sufrimiento y la soledad insoportable. Conformarse ‘in persona Christi’, no es eso. La salud mental y emocional del clero debería ser una cuestión primordial. Aunque la formación recibida en los seminarios debe ser revisada en su totalidad y urgentemente, no siempre es la única cuestión. Es la propia estructura de un modelo ministerial que no sirve ni para la sociedad ni para la Iglesia del siglo XXI. Hasta que no nos creamos eso en serio, no servirá de nada aconsejar que, cuando la vida parece oscurecerse (que se oscurece de verdad), hay que apoyarse en la oración. La oración es algo más bonito y profundo como para convertirla en un recurso de chamán de tribu”.
El cuidado mutuo
No quito ni una palabra, es más, creo urgente tomar conciencia de lo que significa el cuidado mutuo que nos debemos todos en las comunidades parroquiales. Cuidar unos de los otros. No como obligación, sino como condición indispensable de humanidad que, en ocasiones, tanta falta hace en la Iglesia.
No conocía a Lino Zatelli. No me lo imagino ni quiero hacerlo. Me basta saber que la luz perdió sentido para él, y que no encontró con quien compartir sus miedos y desesperanzas. Por eso es tan importante cuidarnos los unos a los otros. Al clero no se le prepara para pedir ayuda. A la comunidad no se le enseña que puede ayudar a su pastor más allá de compartir un café y unas risas. Si no somos capaces de modificar radicalmente nuestras relaciones, seguiremos todos solos. Y, lo peor, seguiremos confundiendo la comunidad con un grupo y, llegado el caso, hasta con un equipo.
Descansa en paz Lino. Estoy segura que Dios, todo amor, te habrá estrechado en sus brazos. Disfruta y perdona a quienes, por aquí, ni te escucharon.
