El 25 de agosto de 2026, la Madre Félix Torres, fundadora de la Compañía del Salvador y los colegios Mater Salvatoris, arriba al 119 aniversario de su nacimiento. De tal manera que, estas líneas son un pretexto, no solo para recordarla, sino para compartir algo que recién aprendí contemplando su vida. Contemplar es mirar con los ojos del corazón con atención amante. Contemplar desde la indiferencia ignaciana para que solo sea el amor más puro quien hable desde su silencio ignoto y nos anegue de esa belleza superior que está, justamente, más allá de la mirada que la observa.
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Indiferencia que es alimentada por el convencimiento pleno de que todo cuanto ocurre dará gloria a Dios, la mayor gloria, agregaría ella. En 1943, durante unos ejercicios, medita: «Mi actuación será eficaz si soy santa y lo seré si vivo unida a Dios y entregada a su voluntad. No importa salud ni enfermedad, mandar u obedecer, pobreza o riqueza, vida corta o larga. Lo que importa es cumplir amorosamente la divina voluntad». Más allá de aceptar como columna vertebral de su vida este mandato de San Ignacio, quiero enfocarme, porque es lo que me ha sacudido, en su radical afán por reconocerse nada o, apropiándonos de un concepto de Simone Weil: descrearse para acercarse más a Dios.
La Madre Félix y la descreación
Toda la mística cristiana, tenga el signo personal que pueda tener, apunta siempre a la firme idea de abandonarse a la voluntad de Dios. Abandonarse verdaderamente implica confiar plenamente en Dios, de lo contrario, no puede haber abandono.
Cuando revisamos con atención la vida de la Madre Félix, fácilmente comprendemos que este abandono comenzó a tejerse desde muy temprano en su vida. No se trató ni de un acto arbitrario o de un arrebato emocional, se trató de una decisión tejida poco a poco, sin apuros, sin sobresaltos. Un abandono que logré comprender, en cierta forma, cuando entré en contacto con un concepto de la pensadora francesa Simone Weil. Ese concepto es descreación.
La descreación es definida por Weil como el acto de hacer que lo creado pase a lo increado. La descreación conduce al hombre más allá de lo creado, acercándolo al acto divino de la creación. Comprende que, si como criaturas surgidas del amor de Dios nos descreamos, es decir, renunciamos al yo y nos transformamos en nada, nos hacemos partícipes de la potencia absoluta de Dios.
No digo con esto que así lo pensara la Madre Félix; de hecho, creo que, aunque fue una determinación en su vida, lo hizo, más bien, por su humildad transparente. Por su afán de sentirse plenamente suya, como ella misma lo afirma: «tener conciencia plena de mi donación absoluta a Él». La mística explica que cuando el yo queda extinto, el orden auténtico de las cosas puede ser experimentado.
De la descreación a la obediencia
Drescrearse es otra manera de afirmar el vaciarnos que indica la kénosis, término teológico principal para referirse al autorreducto o vaciamiento del ego y de la propia voluntad imitando a Cristo. Kierkegaard escribió: «Descarga todas tus preocupaciones en Dios, plenamente, incondicionalmente, como lo hacen los lirios y las aves. De ese modo, te volverás tan incondicionalmente gozoso como ellos». Sin embargo, la Madre no lo hacía para sentirse lirio o ave, sino para vivir radicalmente la obediencia a Dios. Una obediencia que ella me ha ayudado a comprender a partir de otras categorías.
La obediencia guarda estrecha relación con la sumisión. Sin embargo, curiosamente, para efectos mundanos, cuanto más sumiso es el siervo, más se acentúa la brecha entre el siervo y su amo, y eso, a su vez, comienza a vulnerar y a erosionar la dignidad de persona del siervo. La obediencia que me invita a ver la Madre Félix en su vida es de otra naturaleza, es de otro orden. Ella nos enseña a ver a un Dios que nos ama, a asumirnos como seres amados por Dios, y esta perspectiva quiebra con lo expuesto anteriormente.
Ella enseña con su ejemplo que obedecer a Dios no es cumplir reglas por miedo o deber externo, sino un acto de amor profundo y escucha íntima (ob-audire) que vacía el ego humano para dejar que la voluntad divina se vuelva una sola con la del alma. Por lo visto en ella, esta posición frente a la existencia nos abre a una dimensión donde «Todo me habla del amor de Dios. Desde el cielo, toda la creación, en lo más íntimo de mi ser». Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris
