Tribuna

Una carta sobre Cristo

Síguenos en:

En 1854, Fedor Dostoievski escribió una carta a Natalia Fonvízina, esposa del decembrista Mijaíl Fonvizin y que, además fue la única persona que se acercó a él con un libro, un Nuevo Testamento, cuando fue enviado a prisión. El documento se constituye como uno de los más reveladores de la historia de la literatura y el pensamiento espiritual. En ella, Dostoievski no solo confiesa su fe, sino que establece la piedra angular sobre la que construiría la psicología de sus futuros personajes, desde el príncipe Myshkin (El Idiota) hasta Aliosha Karamázov (Los Hermanos Karamázov).



La carta fue escrita apenas unas semanas después de su liberación del penal de Omsk, mientras se encontraba en Semipalátinsk como soldado raso. El escritor venía de vivir una década de aislamiento, miseria física y tortura psicológica. Su regeneración, como él mismo la llamaba, fue el resultado de este choque brutal con la realidad del sufrimiento humano y su encuentro con la figura de Cristo en el silencio del presidio. En sus líneas podemos descubrir con mucha claridad el símbolo de su fe. La carta gira en torno a dos ejes. El de la duda y el de la elección de Cristo. La crítica la lee como prueba de una religiosidad muy compleja. Después de su presidio, Dostoievski sigue siendo un escritor de fe problemática, pero fiel al ideal de Cristo. Por eso esta profesión de fe no elimina la crisis, sino que la atraviesa.

El credo de Dostoievski

En la carta, Dostoievski confiesa a Fonvízina que, durante su estancia en Siberia, logró formular un símbolo de fe que le servía de luz y consuelo. Escribe: «Este símbolo es muy sencillo; aquí lo tiene: creer que no hay nada más hermoso, más profundo, más comprensivo, más racional, más valiente y más perfecto que Cristo; y no solo creerlo, sino con un amor apasionado decirse que, si alguien me probase que Cristo está fuera de la verdad, y que la verdad estuviera fuera de Cristo, entonces preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad».

En esta carta y en textos posteriores, Dostoievski sostiene que una doctrina puede ser destruida, pero la radiante personalidad de Cristo permanece como obstáculo insuperable frente a esa destrucción. De ahí que la oposición Cristo o verdad no deba entenderse como desprecio de la verdad, sino como rechazo de una verdad abstracta, impersonal o deshumanizada. Comprendió que la razón por sí sola puede justificar cualquier atrocidad si es coherente con sus premisas. Idea que exploraría a fondo en Crimen y castigo. Al afirmar que preferiría quedarse con Cristo aunque la verdad estuviera fuera de Él, está proclamando la superioridad del amor sobre el sistema. Es una apuesta por la ética del individuo frente al determinismo racionalista.

Dovstoieski

Los expertos en el escritor ruso señalan que Cristo aparecerá en su obra, no solo como objeto de creencia, sino como ideal absoluto de la persona humana, ideal del hombre en la carne, al que cada ser humano está llamado a asemejarse. En esa línea, la cristología dostoievskiana tiende a interpretar el dogma de forma moral y existencial. Cristo es amor sacrificial, kenosis y llamado a la transformación concreta de la vida humana y social.

La fe como elección activa

El significado de esta carta es doble. En el plano biográfico, concentra la transformación siberiana que llevó a Dostoievski a apartarse del utopismo ingenuo y a convertirse en un artista cristiano de la transfiguración del sufrimiento. En el plano intelectual, fija una convicción que recorrerá sus novelas. La fe no funciona como certeza lógica, sino como elección existencial atravesada por libertad, dolor, compasión y responsabilidad moral. La evidencia también sugiere que su Cristo no cabe sin más en una ortodoxia estrecha. Algunos intérpretes sostienen que Dostoievski criticó el cristianismo eclesiástico histórico y buscó recuperar la pureza originaria de la enseñanza de Jesús, lo que vuelve su figura de Cristo más amplia, más personalista y menos reducible a sistema.

Vivimos en tiempos donde las verdades científicas o políticas a menudo dejan poco espacio para la compasión. Dostoievski nos recuerda que, sin un centro ético, que él personifica en Cristo, el conocimiento y el progreso pueden volverse inhumanos. Hoy en día, la fe se percibe a menudo como algo pasivo o dogmático. Dostoievski, en cambio, presenta una fe que es una lucha. Su preferencia a quedarse con Cristo implica una elección voluntaria y apasionada en medio de la duda, lo cual resulta profundamente humano y valiente para cualquier persona, sea creyente o no. Esas palabras siguen interpelando porque enfrentan una pregunta intacta: si la verdad se separa de la persona, de la compasión y de la dignidad humana, ¿sigue siendo verdad habitable? Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris. Maracaibo – Venezuela