Tribuna

Un altar para la palabra

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La poesía del Romanticismo nos ha brindado uno de los momentos más excelsos y brillantes de la literatura universal. Ella es un camino que nos conduce hasta los linderos del misterio. Un misterio que se ha transformado en un punto donde, muchas veces, la poesía y la mística se abrazaron tras un velo transparente. Mientras que el discurso místico tradicional buscó siempre la unión directa con lo inefable a través del silencio o la vía ascética, la poesía de autores como Hölderlin, Novalis, Lamartine o Keats propone una vía distinta, una vía más indómita, a veces oscura y espesa, la palabra como sacramento.



Existe una vinculación profunda entre la poesía romántica y el misticismo. Una vinculación que va tejiéndose desde la convicción de que la realidad tangible es insuficiente y que el lenguaje lógico fracasa ante la inmensidad del espíritu. Cuando nos abandonamos al susurro de la belleza poética del Romanticismo, en cierta medida, podemos sentir que transitamos por una teología del sentimiento que va desnudando el interior del hombre como un recinto sagrado receptor y generador de la divinidad. Universo interior que posibilitó al poeta para comprender que, frente al misterio, el lenguaje siempre es limitado. Por ello, abren su corazón a la metáfora y al símbolo no para explicar, sino para evocar.

El poeta en frente a la penuria y al éxtasis de la belleza

Dos de los poetas más destacados del Romanticismo son Hölderlin y John Keats, uno alemán, el otro inglés. Hölderlin sitúa su poética en la presencia de la ausencia. Su obra es un lamento y, a la vez, una invocación a los dioses que han abandonado el mundo moderno. En sus versos podemos notar con facilidad al poeta como sacerdote de lo sagrado que habita en un tiempo de penuria, quizás la modernidad racionalista, donde los antiguos dioses se han retirado. Su discurso es místico porque intenta nombrar lo divino para que este regrese a la tierra.

A diferencia de Hölderlin, John Keats va a desarrollar lo que podríamos llamar una mística estética. Su enfoque no es necesariamente teológico, sino sensorial; es una mística del aquí y ahora que trasciende el yo. En sus versos, notamos la presencia de una capacidad negativa, esto es la facultad de permanecer en el misterio y la duda sin intentar alcanzar la razón.

Esta es una actitud puramente mística; la entrega del ego ante la inmensidad de la Belleza. Recuerdo vivamente su Oda a un ruiseñor, en el cual afirma estar «medio enamorado de la muerte placentera». Al escuchar el canto del ave, Keats experimenta una disolución del ser: «Me desvanezco, me disuelvo, olvido completamente lo que tú, entre las hojas, nunca has conocido».

Valmore

La noche como revelación y la naturaleza como templo infinito

El Romanticismo, al menos para mí, está impregnado con el aroma que Novalis desató sobre la noche. Su poesía se transformó en un camino para romantizar el mundo, es decir, devolverle su dignidad sagrada. Su obra cumbre, Himnos a la noche, es quizás el ejemplo más puro de mística romántica. En sus páginas, la noche se vuelve espacio para la unión mística donde el sujeto se funde con lo absoluto. Si Novalis busca la mística en la sombra, el francés Lamartine la encuentra en la melancolía y la contemplación del paisaje. En sus Meditaciones poéticas, la naturaleza deja de ser un fondo para convertirse en un interlocutor divino.

En su célebre poema El Lago, el ruego «¡Oh tiempo, detén tu vuelo!» más que un lamento amoroso, es una desesperación ante la finitud humana frente a la eternidad de Dios. En poemas como El aislamiento, el alma se desprende de lo terrenal: «Un solo ser os falta, y todo está despoblado». Su discurso es místico en tanto que utiliza la ausencia del objeto amado para señalar la presencia de una sed de absoluto que solo lo divino puede saciar.

El poeta romántico reclamó como ninguno la figura del vidente. No se comprende como un artesano de versos, sino como mediador entre lo invisible y lo humano. Esa sensibilidad tan particular que se extraña tanto en este mundo de hoy tan sujeto al cálculo y a la certeza casi siempre conformista y limitada. Recuerdo algunas líneas de la Carta a los artistas que escribió san Juan Pablo II, en la cual reconoció que, incluso cuando el arte se alejó de la Iglesia durante el Romanticismo, mantuvo una dimensión religiosa intrínseca. Afirmando que el artista romántico, en su inquietud y búsqueda, capta claramente una chispa de lo divino. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris