Fernando Vidal
Director de la Cátedra Amoris Laetitia

No estamos secularizados, sino desenamorados


El término secularización resulta insuficiente para dar cuenta de la principal dinámica en la relación entre sociedad y religión. Es una idea compleja en la que se cruzan varios significados.



La idea de secularización separa al pueblo que atiende al mundo de una casta instalada en otra parte del mundo considerada sagrada; escinde la Creación respecto a la presencia de Dios, lo temporal de lo eternal; afirma la autonomía de la soberanía popular; o sencillamente describe a quien no cree en Dios o vive como si no existiera.

La secularización es una herencia del neognosticismo que fluye y refluye dualizando lo humano y lo divino a lo largo de toda la historia de las ideas. Sin embargo, las costuras del término secularización crujen. Es un nudo que entorpece la espiritualidad cristiana y la relación entre sociedad y religión.

Lavarse las manos

Un hombre se lava las manos en una fuente. Foto: EFE

Nadie puede apartarse del mundo sin apartarse a la vez de Cristo. Nadie puede menospreciar la materia, la carne, el cuerpo y el tiempo sin negar a la vez a Cristo. Porque lo sagrado no está aparte ni antes ni después, ni dentro ni fuera, sino que es el amor trinitario que crea todo, sostiene con gracia su ser, todo es don.

Deseo de consagración

Todo lo secular, temporal e incluso efímero desborda amor, forma parte del Reino, está en proceso de salvación, de transfiguración. La mesa del Reino está poniéndose. Todo lo amado es eterno. La diferencia ya no es entre el siglo y las cosas del mundo respecto a la gente consagrada a la vida contemplativa o el clero. Hoy día se abre paso un intenso deseo de consagración.

La humanidad no se separa de Dios cuando se sumerge en las cosas del siglo, sino cuando se pierde el amor, nos desesperanzamos o cuando no se tiene fe en nada. No estamos secularizados, sino desenamorados.

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