La calderilla de la vida


Agosto encima. La persona con la que tomaba un café era muy joven, hablaba y hablaba de proyectos, viajes, amistades, fiestas e incluso de cambios políticos. Llegué a perderme entre tanta vorágine. Y pensaba: ¿no habrá hoy en lo más hondo de nuestra personalidad una incapacidad para vivir lo cotidiano? ¿No vivimos un momento cultural que lo que más nos preocupa y se busca es la sensación de novedad?



¿No será la vida diaria, con sus pequeños detalles, más importante que los acontecimientos que la rasgan? ¿Dónde se hilvana la seriedad y la hondura de una persona? ¿La vida se mide por los viajes, por el valor de una acción o la vivencia de un día señalado, o por lo que uno diga o publique? La rutina hace ruta y nos va conformando, y lo que parece intrascendente es fundamental.

Si miras en el diccionario la palabra cotidiano, nos habla del ritmo de cada día, lo repetitivo y continuado, o la apariencia rutinaria que oculta lo extraordinario. Cuando escribo esto, no puedo por menos de pensar en la novela ‘La elegancia del erizo’, de Muriel Barbery. Y es que no hay nada menos visible que lo cotidiano. En las grandes novelas, los mejores espías no sobresalen de lo normal y ordinario.

Insecuritas

Hoy en día, vivimos el mismo desafío de la Edad Media, definimos este tiempo como insecuritas, años de inseguridad y destrucción, y, por tanto, de inestabilidad. Una de las alternativas a la insecuritas fueron los monasterios, es decir, la regulación de lo cotidiano. Alrededor de muchos monasterios se crearon las ciudades y el ritmo de su vida fue marcada por las campanadas de la llamada a la oración y al trabajo. En la vida diaria reside la estabilidad y tiene mucho que ver con la familia, la escuela, la parroquia, el taller o el lugar del trabajo y el hogar.

Jóvenes

Varias personas pasean por un parque en Madrid. Foto: EFE

Los hogares desembocan en las calles que llevan al ágora. El conjunto de calles y plazas es un espacio medido, artificial, trazado, donde reside la vida pública. Es el espacio del encuentro con los otros. Cuanta menos vida familiar exista, más se busca las relaciones de la calle, y se las da más importancia que al vínculo de la familia.

¿Podremos crecer o madurar si somos incapaces de una vida cotidiana, estable? Porque creo que cuanto más busquemos salir de los límites como obsesión, más viviremos en la inestabilidad y en la confusión. Intentemos pasar del abuso de las redes de comunicación a los lazos de la comunión y nos irá mucho mejor. Y si no, cuando hayamos tocado fondo, cuando ya no encontremos novedad en nada, podemos caer en una profunda estabilidad pasiva, entonces no habrá remedio. ¡Ánimo y adelante!

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