A menudo miramos a los jóvenes más rebeldes o inadaptados, a los que parecen alejados de todo lo bueno, como si fueran casos con poco arreglo, a veces casos perdidos, sin darnos cuenta de que en cada uno de ellos late una potencialidad inmensa de transformación.
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La rebeldía, cuando se observa solo desde fuera, parece ruido, desafío o desorden; pero muchas veces es simplemente el grito de un corazón que busca sentido. Con la ayuda de Dios –y también con la nuestra, con nuestra paciencia, nuestra escucha y nuestra confianza– incluso las vidas más heridas pueden cambiar de rumbo por completo.
La historia de Giuseppe de Palermo que hoy quiero presentar nos recuerda precisamente esto: que nadie está definitivamente perdido, que incluso el muchacho más indómito puede encontrar una causa que lo ilumine, y que Dios, incansable en su misericordia, ofrece a todos una nueva oportunidad para renacer.
Vincenzo –éste era su nombre de bautismo– Diliberto nació en Palermo el 1 de febrero de 1864, cuando la ciudad todavía vibraba con los ecos de la unificación italiana. La capital siciliana era un organismo vivo, un cuerpo inmenso que respiraba historia por cada una de sus calles, también presencia española. En los mercados, los viejos repetían con orgullo que Garibaldi había desembarcado en Marsala el 11 de mayo de 1860 y los niños crecían escuchando relatos de batallas, plebiscitos y promesas incumplidas.
Un torbellino
Desde sus primeros años, Vincenzo mostró una energía que parecía desbordar los límites de su pequeño cuerpo. No era un niño tranquilo, era un torbellino. Su madre solía decir que había nacido “con el fuego dentro”, y no era una metáfora exagerada. A los cuatro años ya se escapaba de casa para perseguir gatos por las callejuelas del popular bario palermitano de la Kalsa. A los cinco se subía a los carros de los vendedores ambulantes sin permiso, solo para sentir la emoción del movimiento. A los seis se enfrentaba a otros niños en peleas improvisadas, no por maldad, sino por una especie de impulso interior que lo empujaba a probar su fuerza, su voz, su presencia.
Su padre, artesano de manos duras y carácter severo, veía en aquella rebeldía una amenaza. Para él, la vida era disciplina, trabajo y obediencia. La madera que tallaba cada día era su metáfora favorita: “Una madera que no se deja trabajar no sirve para nada”, repetía antes de castigar a Vincenzo con severas reprimendas. Pero el niño parecía hecho de un material distinto, uno que no cedía ante los golpes ni ante las palabras duras. Cada castigo alimentaba en él una mezcla de orgullo y resistencia.
La vida escolar de Vincenzo fue un recorrido turbulento por distintos colegios, cada uno marcado por conflictos y expulsiones. El 1 de noviembre de 1870, cuando contaba apenas seis años, su padre decidió internarlo, junto con su hermano mayor Enrico, en el Istituto Politecnico de Palermo. Aquellos primeros años escolares revelaron dos rasgos que permanecerían siempre unidos en su personalidad:
- por un lado, una gran facilidad para el estudio de las disciplinas técnicas, especialmente la mecánica;
- por otro, una tendencia constante a la indisciplina y a las travesuras, que desesperaba a profesores y superiores.
Confiando en sus aptitudes, el padre lo matriculó en 1872 en el Istituto Randazzo, donde esperaba que pudiera prepararse para una futura profesión técnica. Sin embargo, el rendimiento intelectual nunca logró compensar sus continuos problemas disciplinarios. Durante el curso 1873-1874 pasó al Istituto Nautico de Palermo y posteriormente regresó al Randazzo, alternando también un breve período en el Istituto Gianfreda.
A lo largo de esos años fue acumulando castigos cada vez más severos. Su comportamiento era considerado insoportable por muchos educadores: discutía con facilidad, organizaba bromas, se implicaba en peleas y mostraba escasa constancia en el estudio. Finalmente, en febrero de 1877, cuando apenas tenía trece años, fue expulsado del Istituto Randazzo por indisciplina.
Un dolor profundo
Su padre, avergonzado, lo obligó a trabajar en el taller, pero Vincenzo huyó a los pocos días. Aunque más tarde fue readmitido, el cambio apenas duró unos meses. El 1 de enero de 1878 fue expulsado por segunda vez, una humillación que evidenciaba el fracaso de todos los intentos educativos realizados hasta entonces.
Aquellos años estuvieron marcados también por un dolor profundo que agravó todavía más su rebeldía. En abril de 1875 murió su madre, Rosa, cuando Vincenzo tenía solo once años. Según recordaría después la documentación del proceso, ella era la única persona capaz de comprender verdaderamente el temperamento del muchacho y de moderar sus impulsos. Su desaparición dejó un vacío inmenso.
El adolescente pareció perder el único equilibrio afectivo que poseía. Pasaba cada vez menos tiempo en casa, gritaba por cualquier motivo, estallaba en accesos de ira y buscaba continuamente la compañía de otros jóvenes con quienes sus diversiones se hacían cada vez más peligrosas. Su padre recurría a castigos frecuentes, pero ninguno conseguía modificar su conducta. La rebeldía parecía convertirse en el rasgo dominante de su personalidad.
Colegio San Rocco
Después de la segunda expulsión, el padre decidió confiar la educación de su hijo a una institución conocida por su severidad. El 2 de enero de 1878, Vincenzo ingresó en el Colegio San Rocco, dirigido por don Francesco Colavincenzo. La acogida fue fría y distante, nadie le ofreció una palabra de bienvenida. Su fama de muchacho conflictivo lo precedía, y ni siquiera el compañero con quien esperaba entablar amistad quiso acercarse a él. Aquella sensación de aislamiento marcaría profundamente sus primeros días en el colegio. Parece que el director, al enterarse de que le confiaban a Vincenzo, habría exclamado “¡Me habéis enviado al demonio!”.
Pero fue en San Rocco donde ocurrió el episodio que marcaría profundamente su vida interior. Durante la premiación escolar de 1879, un alumno del colegio, Antonino Piraino, presentó un dibujo realizado en la clase de arte: un Cristo en actitud de bendecir. El cuadro quedó expuesto en el aula común de dibujo. Al día siguiente apareció dañado, con dos líneas trazadas sobre el rostro de Cristo.
La reacción fue inmediata: Vincenzo, que arrastraba fama de conflictivo, fue acusado sin pruebas de haber estropeado el dibujo. El director lo castigó severamente, pese a que él insistió en su inocencia. Aquella injusticia lo golpeó como nunca antes. Por primera vez sintió que su rebeldía había creado un monstruo que ahora lo perseguía incluso cuando era inocente. La soledad que siguió al castigo fue devastadora: sus compañeros lo evitaban, los profesores lo vigilaban, y él se encerraba en sí mismo, herido por una culpa que no le pertenecía.
Transformación interior
Semanas después se descubrió al verdadero culpable. Vincenzo, cegado por la rabia acumulada, golpeó al responsable, propinándole un puñetazo que le hizo sangrar la nariz. Recibió un segundo castigo. Pero algo había cambiado: la injusticia sufrida había abierto una grieta interior. Por primera vez, Vincenzo se vio a sí mismo desde fuera, como si observara a un desconocido atrapado en una espiral de violencia.
En agosto de 1879, ya en la misma camerata que Piraino, le escribió una carta en la que le confesaba su dolor por haber sido acusado injustamente y le pedía perdón por su reacción violenta. Piraino, conmovido, lo perdonó, y entre ambos nació una amistad inesperada. Ese gesto humilde, casi imposible en el Vincenzo de años anteriores, fue el primer signo de una transformación interior que aún no comprendía.
El cambio no pasó desapercibido en San Rocco. El director, que durante años había desconfiado de él, observó con sorpresa cómo Vincenzo empezaba a comportarse de manera distinta. Ya no buscaba peleas, ya no desafiaba a los profesores, ya no escapaba del recinto. Comenzó a levantarse temprano para rezar, ayudaba a otros alumnos, pedía perdón por sus antiguas faltas.
Reconocimiento
El director, conmovido, empezó a confiarle pequeñas responsabilidades: ordenar la capilla, acompañar a los alumnos más pequeños, colaborar en la biblioteca. Un día lo llamó a su despacho y le dijo que Dios había hecho en él lo que ellos no habían podido, y que su camino sería grande si seguía escuchando esa voz que lo había despertado. Aquel reconocimiento fue decisivo para Vincenzo, por primera vez, alguien veía en él no un problema, sino una posibilidad.
El 29 de agosto de 1880 dejó el Colegio San Rocco y regresó al domicilio familiar en Palermo. Allí empezó a frecuentar con asiduidad el Oratorio de San Filippo Neri, donde encontró un ambiente espiritual que favoreció su crecimiento interior. Al mismo tiempo manifestó por primera vez a su padre el deseo de abrazar el estado eclesiástico. Aunque el 1 de noviembre de 1880 se matriculó en el primer curso del Instituto Técnico, sus intereses habían dejado ya de centrarse en una futura profesión civil. Su aspiración comenzaba a ser el sacerdocio y una vida enteramente entregada al servicio de Dios.
Después de varios meses de reflexión, Vincenzo escribió el 29 de mayo de 1881 a su padre solicitándole permiso para ingresar en el Seminario de Palermo. Nicolò Diliberto, que había visto con satisfacción el cambio experimentado por su hijo, accedió finalmente a la petición. El 31 de mayo ambos acudieron, acompañados por el párroco, al Seminario, donde el joven fue admitido oficialmente. El 5 de junio de 1881 recibió el hábito clerical y comenzó una nueva etapa de formación. Apenas un mes más tarde, el 5 de julio, el cardenal Michelangelo Celesia, arzobispo de Palermo, le administró el sacramento de la Confirmación.
Crecimiento espiritual
Los tres años que permaneció en el Seminario, entre 1881 y 1884, estuvieron marcados por un intenso crecimiento espiritual. Vincenzo se distinguía por su profundo amor a la Eucaristía, por el tiempo que dedicaba a la adoración silenciosa y por una disciplina personal que contrastaba vivamente con el comportamiento de su adolescencia. Aquella búsqueda de perfección estuvo acompañada además de un fuerte espíritu ascético. Deseaba practicar penitencias cada vez más exigentes, convencido de que la mortificación le ayudaría a identificarse más plenamente con Cristo.
En 1883 la familia Diliberto se trasladó a Roma por motivos profesionales del padre. Vincenzo permaneció en Palermo para continuar sus estudios eclesiásticos, mientras iba madurando una llamada que cada vez sentía con mayor claridad. Aunque deseaba ser sacerdote, empezaba a percibir que Dios lo invitaba a una forma de vida aún más radical, caracterizada por el silencio, la pobreza y la penitencia.
La decisión no fue fácil de aceptar para su familia. Su padre, que como hemos dicho se encontraba entonces en Roma y había depositado grandes esperanzas en la carrera eclesiástica de su hijo dentro del clero diocesano. La idea de verlo abrazar la austeridad de la vida capuchina le resultaba difícil de comprender. Se inició entonces un intenso intercambio epistolar entre padre e hijo. Finalmente, conmovido por la firmeza y la paz con que defendía su decisión, Nicolò terminó concediéndole el consentimiento que necesitaba para ingresar en la Orden de los Capuchinos.
Austeridad capuchina
El 28 de enero de 1885, acompañado por su hermano Silvestro, Vincenzo abandonó definitivamente Palermo y emprendió viaje hacia Sortino, pequeña localidad de la provincia de Siracusa donde se encontraba el noviciado capuchino. En él eligió el nombre de Giuseppe y por tanto, según la tradición de la orden, se le añadió el de su origen y fue llamado Giuseppe de Palermo. El noviciado fue para él una etapa de purificación interior.
Durante el noviciado, Giuseppe vivió una transformación que sorprendió incluso a quienes lo habían visto llegar con la energía indomable que lo caracterizaba desde niño. La austeridad capuchina, lejos de intimidarlo, se convirtió para él en un terreno fértil donde su antigua rebeldía empezó a transfigurarse en disciplina interior.
Se levantaba antes del amanecer para realizar los trabajos más humildes del convento, y cada tarea –barrer los pasillos, limpiar las letrinas, cargar agua desde el pozo– la asumía como una oportunidad de reparar su pasado turbulento. Su silencio, antes cargado de tensión, adquirió un peso nuevo, casi contemplativo, como si cada gesto cotidiano fuera una oración secreta que brotaba de un corazón en proceso de purificación.
Su espíritu de caridad floreció con una intensidad inesperada. Giuseppe, que en su adolescencia había sido temido por su carácter explosivo, se convirtió en un hermano atento a las necesidades de todos. Acompañaba a los frailes ancianos con una ternura que nadie habría imaginado en él, escuchaba a los novicios que sufrían en silencio y se ofrecía para las tareas más pesadas sin esperar reconocimiento.
Sin embargo, la providencia tenía dispuesto para Giuseppe un camino mucho más breve del que todos imaginaban. En el mes de noviembre de 1885, cuando apenas llevaba unos meses de vida religiosa, comenzaron a aparecer los primeros síntomas de una grave enfermedad pulmonar. La tos persistente, la fiebre y los intensos dolores en el pecho fueron debilitándolo progresivamente.
Fiel a su carácter reservado, intentó ocultar durante algún tiempo el verdadero alcance de sus sufrimientos para no preocupar a la comunidad ni verse dispensado de las observancias conventuales. Solo cuando las fuerzas comenzaron a abandonarlo aceptó guardar reposo por obediencia a sus superiores.
Consagrado a Dios
Durante algunos días pareció experimentar una ligera mejoría que hizo concebir esperanzas de recuperación. Volvió a participar parcialmente en la vida de la comunidad y afrontó con paciencia las limitaciones impuestas por la enfermedad. Pero aquella mejoría fue solo aparente. En la noche del 31 de diciembre de 1885 la pulmonía recrudeció violentamente.
Los dolores aumentaron, la fiebre se hizo muy alta y los frailes comprendieron enseguida que el desenlace estaba próximo. Como Giuseppe todavía no había completado el año canónico de noviciado, obtuvo permiso para que pudiera emitir anticipadamente la profesión religiosa. Así, antes de morir, pudo consagrarse definitivamente a Dios mediante los votos solemnes de pobreza, castidad y obediencia dentro de la Orden Capuchina.
Poco después de la medianoche, aproximadamente a las doce y media del 1 de enero de 1886, mientras sostenía entre sus manos el rosario, expiró pacíficamente en el convento de los Capuchinos de Sortino. Tenía solamente veintiún años, a punto de cumplir los veintidós.
Un hombre de paz
La noticia de su muerte se difundió con extraordinaria rapidez por la ciudad. Desde las primeras horas del día una multitud comenzó a dirigirse al convento para contemplar por última vez el cuerpo del joven religioso. Muchos recordaban al joven rebelde que había llegado al convento buscando redención, y ver cómo había terminado su vida, transformado en un hombre de paz, conmovió profundamente a la gente.
La historia no terminó con su muerte en 1886. Apenas cuatro años después, en 1890, comenzó en Palermo el primer proceso oficial para estudiar su fama de santidad, una fama espontánea y creciente que nunca dejó de acompañar su memoria. Durante las décadas siguientes, entre 1890 y 1924, se celebraron diversos procesos ordinarios y apostólicos en Palermo, Siracusa y Roma, examinando sus escritos, su vida, sus virtudes y los testimonios de quienes lo conocieron.
Aquellos trabajos culminaron en varios decretos pontificios, entre ellos uno de san Pío X el 13 de mayo de 1914, y otro de Benedicto XV el 28 de febrero de 1917, que reconocían la seriedad y validez de la causa.
Tras una larga pausa, hoy, la causa de Giuseppe María da Palermo sigue su camino dentro de la Iglesia, sostenida por la convicción de que su vida –marcada por la rebeldía, la herida, la conversión y la entrega total– es un testimonio luminoso de cómo la gracia puede transformar incluso los corazones más indómitos. Su historia recuerda que Dios nunca deja de ofrecer nuevas oportunidades, y que la santidad, a veces, nace precisamente donde nadie la esperaba.
