La semana pasada ya dijimos que la satisfacción económica que percibimos de nuestra renta no depende únicamente de la renta que percibimos, sino también de las expectativas que tenemos. Esta semana voy a escribir sobre otro de los elementos que influyen en que recibamos más o menos satisfacción de los bienes, servicios y experiencias de los que disfrutamos. Me refiero a la comparación con otros tiempos y con los demás.
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Voy a poner un ejemplo que me sucedió el otro día. Teníamos una reunión y quedamos en la entrada del edificio en el que esta iba a desarrollarse. Uno de los que íbamos a reunirnos llegó un poco acalorado debido a los aproximadamente 34 grados que había en el exterior. En el interior, que era grande, la temperatura era más agradable y esperamos allí un poco hasta que subimos al primer piso donde tuvimos la reunión en una sala con aire acondicionado.
Antes y después
Cuando salimos, esta misma persona comentó que la entrada estaba más caliente que cuando habíamos llegado. Evidentemente esto no era cierto. Su sensación era diferente porque primero llegó desde el calor de la calle y le pareció fresquita, y luego llegó desde el fresco de la sala y le pareció calurosa. Pero la temperatura de la sala era, en esencia la misma. Esto mismo nos sucede en economía, la satisfacción que recibimos no depende únicamente de los bienes, servicios y experiencias de las que disfrutamos, sino también de con qué lo comparamos. Y esta comparación puede ser intrínseca o extrínseca.
Podemos compararnos con un momento anterior de nuestra vida. Si con anterioridad disfrutábamos de rentas muy elevadas y ahora nuestra renta no lo es tanto (aunque siga siendo alta), podemos estar insatisfechos porque nos comparamos con lo que sucedió hace un tiempo. También sucede lo contrario, que una renta muy reducida nos de una elevada satisfacción porque nos disfrutamos de unos ingresos superiores a los que teníamos con anterioridad.
También acostumbramos a compararnos con los demás. Si todos tienen algo y yo no lo tengo, puedo sentirme insatisfecho porque me comparo con ellos y me veo en una situación de inferioridad. También puedo sentirme bien porque tengo algo que nadie más posee. Muchas personas adineradas afirman que su éxito y su felicidad se basa, precisamente, en eso. La comparación con los demás puede ser una fuente inagotable de insatisfacción o de satisfacción.
En una sociedad en la que se nos potencia la competitividad, ser mejor que los otros, medirnos con ellos para saber en qué lugar de la clasificación nos encontramos, compararse es algo normal, no solamente aceptado, sino potenciado. En la medida que quienes están mejor suelen ser menos que los que están peor, esto nos condena a una clase de insatisfacción que no depende, por tanto, de lo que disfruto, sino de si es más o menos que el resto. Aprender a no compararse es, pues, un camino para reducir nuestra insatisfacción.

