Una no elige los vecinos que tiene. No me refiero solamente a los que comparten vivienda en el mismo bloque, sino también a aquellos que se instalan sin demasiados permisos. Hace ya una temporada larga que tenía muchas sospechas, pero en las últimas semanas he confirmado que algún murciélago ha encontrado alrededor de mi ventana un lugar habitual de residencia.
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Por más que me dejaba alguna pista en forma de excremento sobre la repisa de la ventana, no hay nada peor que no querer ver la realidad. Ha sido ahora, que el calor del verano aprieta también de noche, que ha dejado de ser una sospecha para convertirse en un dato constatado y constatable… hasta el punto de verlo cara a cara en mi persiana.
El aleteo nocturno, acompañado de un chillido de lo más característico, me confirma cada noche que tengo, al menos, un inquilino no deseado. Aunque le llame “Drako”, recordando a ese muñeco de Barrio Sésamo que tanto le gustaba contar, no me resulta un vecino demasiado agradable. Sentir cómo va de caza nocturna, por más que sea para zampar insectos, me da una mezcla de asco, miedo y grima.
La situación ha hecho que me documente mucho sobre este tipo de mamífero volador que se ha convertido en residente habitual. He sabido lo importantes que son para el equilibrio del ecosistema, que están protegidos y que se les ahuyenta sin dañarlos a través de un tipo de olores que les resultan desagradables. Toda esta información no evita que comprenda muy bien por qué el Levítico considera al murciélago un “ave inmunda” que, por supuesto, comer resulta una abominación (cf. Lv 11,13-19).
Ahuyentar sin herir
Se me ocurre pensar que, más allá de los “Batman” y “Drakos” que puedan habitar nuestros espacios nocturnos, también existen realidades y personas con las que se cumple alguna de las experiencias que estoy teniendo yo estos días. Hay gente cuya presencia solo descubrimos por casualidad, por más cerca que estén, porque no se mueven en los mismos ámbitos o tiempos que nosotros.
Hay personas que hacen una tarea buena y necesaria para el bien de todos cuando no se les ve y que no siempre valoramos de la manera que merecen. También hay quienes, por más que quisiéramos percibirlas de otra forma, nos sigue costando acoger por motivos más viscerales que racionales y que, ojalá, optemos por ahuyentar sin herir, aunque sea una tarea más lenta y difícil. Sin duda, no elegimos a los vecinos que tenemos, pero sí podemos no dañarlos y aprender de ellos.

