David Jasso
Vicario episcopal de Pastoral de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

El Consistorio de León XIV: el otro Mundial


Mientras el Mundial avanza hacia sus fases decisivas, sigo maravillándome con una escena que se repite una y otra vez. Basta mirar las tribunas para descubrir banderas de todos los colores, idiomas que apenas se entienden entre sí, rostros de todas las razas y generaciones enteras abrazándose después de un gol. Durante noventa minutos, el mundo parece recordar que todavía es posible encontrarse.



Quizá por eso me llamó tanto la atención que, casi al mismo tiempo, en Roma se estuviera celebrando otro acontecimiento igualmente mundial, aunque mucho menos mediático.

El papa León XIV reunió en consistorio a los cardenales llegados de todos los continentes. También allí había una extraordinaria diversidad de culturas, historias, experiencias y maneras de mirar la realidad. Sin embargo, nadie estaba allí para defender intereses nacionales, competir por protagonismos o imponer una estrategia. Habían sido convocados para escuchar, discernir y servir juntos a la misión de la Iglesia.

Mientras veía las imágenes de ambos acontecimientos pensé que, de alguna manera, los dos hablaban de la misma pregunta: ¿es posible la unidad sin borrar las diferencias? No es una cuestión menor. Vivimos una época en la que parece más fácil dividirse que encontrarse, las redes sociales nos agrupan con quienes piensan como nosotros, la política convierte al adversario en enemigo e incluso dentro de la Iglesia podemos caer en la tentación de clasificarnos entre conservadores y progresistas, tradicionales o innovadores, como si esas etiquetas fueran más importantes que el bautismo que compartimos.

Por eso me impresionó escuchar al Papa pedir a los cardenales algo profundamente evangélico. Les dijo: “Necesito su apoyo: firme, explícito y público”. Pero enseguida añadió unas palabras todavía más significativas: “Necesito su libertad, su franqueza y su lealtad. Un consejo sincero es siempre un acto de comunión”. ¡Qué distinta es esta lógica de la que tantas veces domina nuestro mundo!

Cardenales en el consistorio

Cardenales en el consistorio. Foto: Vatican Media

La comunión cristiana no consiste en que todos pensemos igual ni en que desaparezcan las diferencias, ni tampoco significa callar para evitar conflictos. La verdadera comunión supone la valentía de hablar con sinceridad, escuchar con humildad y buscar juntos una verdad que siempre nos supera.

En el fútbol ocurre algo parecido. Un equipo no necesita once delanteros, necesita jugadores distintos que comprendan que el partido nunca gira alrededor de una sola figura. Cada uno aporta algo diferente para un objetivo compartido, porque cuando alguien juega únicamente para sí mismo, el equipo entero termina perdiendo.

La Iglesia tampoco es uniforme y nunca lo ha sido pues desde Pentecostés habla muchas lenguas, vive en todas las culturas y anuncia el mismo Evangelio en contextos profundamente distintos. Esa es, precisamente, la riqueza de ser católicos: no pensar todos igual, sino pertenecer todos al mismo Señor.

Otra frase de León XIV terminó de iluminar esta intuición. Invitó a los cardenales a ser “constructores de la comunión de Cristo”. No administradores de estructuras ni guardianes de bandos, sino constructores de comunión. Y, mirando el sufrimiento de tantos pueblos, recordó además que “la guerra nunca es digna del hombre y nunca será bendecida por Dios”.

Pensé entonces que esas palabras no hablan únicamente de los conflictos internacionales. También describen nuestras pequeñas guerras cotidianas: las discusiones familiares que nunca terminan, las comunidades divididas, las redes sociales convertidas en trincheras o las descalificaciones entre quienes compartimos la misma fe.

El Mundial terminará dentro de unos días. Habrá un campeón, una copa levantada al cielo y una fotografía para la historia. La misión de la Iglesia, en cambio, continuará al día siguiente.

Porque el verdadero desafío nunca ha sido levantar un trofeo, sino levantar puentes.

Lo que vi esta semana

Dos acontecimientos reunieron al mundo casi al mismo tiempo. Uno alrededor de un balón; otro alrededor del sucesor de Pedro.

La Palabra que me sostiene

“Que todos sean uno, para que el mundo crea”. (Jn 17, 21).

En voz baja

Cada vez que una comunidad vence la tentación de dividirse, cada vez que alguien escucha antes de condenar, cada vez que la verdad se dice con caridad y la diferencia deja de ser una amenaza para convertirse en riqueza, el Reino de Dios gana un partido más. Quizá ese sea, al final, el otro Mundial.