Hace tiempo ocupó este mismo espacio Rosalía y las letras ininteligibles de sus canciones. Y mencionaba un texto del profeta Isaías (cap. 28) en que se habla de instruir con una lengua extraña. Ahora me ha vuelto a saltar el tema a propósito de la serie de exitosos conciertos que ha dado en España el cantante puertorriqueño Bad Bunny. Y es que me ocurre exactamente lo mismo que con Rosalía: excepto expresiones sueltas ‒“y pol la talde, ron”‒, soy incapaz de entender lo que dice en sus canciones.
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En esta ocasión, la situación me ha recordado un fenómeno que, según parece, se producía en algunas comunidades cristianas de los orígenes, concretamente en la de Corinto. Según se desprende de la primera carta de san Pablo a los Corintios, aquellos cristianos valoraban mucho “hablar en lenguas”, que era considerado uno de los dones que el Espíritu concedía para edificación de la comunidad: “[A este concede] hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Cor 12,10-11).
El fenómeno debía de causar mucha impresión en aquellos cristianos y verse como un don altamente deseable. Sin embargo, el Apóstol se verá en la obligación de acotar la cuestión, ya que dedica todo el capítulo 14 a aclararla. Para Pablo, lo fundamental será tener el amor y el crecimiento de la comunidad como faro y guía de comportamiento. Por eso dirá: “Ya que anheláis tanto los dones espirituales, procurad sobresalir para la edificación de la comunidad. Por ello, el que hable en lenguas, que pida en la oración poder interpretar. Pues si yo oro en lenguas, ora mi espíritu, mientras que mi mente se queda sin fruto” (14,12-14).
Guirigay
Incluso llegará a destacar el orden en las asambleas como criterio “pedagógico” encaminado a la construcción comunitaria: “Si alguien habla en lenguas, que lo hagan dos o a lo sumo tres, y además por turno; y que uno interprete. Pero en caso de que no hubiere intérprete, que calle en la asamblea y hable para sí y para Dios” (vv. 27-28). Es interesante ver cómo Pablo quiere alejarse del guirigay que se debía de organizar en las asambleas, muy parecido, por cierto, al que se produce en algunas reuniones de grupos cristianos actuales, tanto evangélicos como católicos.
Fue Baltasar Gracián quien dijo aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. A ello habría que añadir la claridad, que no solo es la cortesía del filósofo ‒como dijo Ortega y Gasset‒, sino elemento indispensable para la comunicación y el crecimiento personal.

