Tribuna

¿Por qué Dios no existe para los pobres?

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Caminando por el centro de una ciudad importante me encontré con uno de los tantos mendigos que están al borde de la calle. Le di un chocolate, me miró a los ojos y me preguntó ¿por qué Dios no existe para los pobres?



Una pregunta hecha desde el dolor, el abandono, el desamparo y el compartir con tantos que están en la misma condición que este hermano. Y para él, Dios existía para los que tenemos un techo donde dormir, un plato de comida, un dinero para disponer y varias cosas más.

Los preferidos

Lo que me salió contestarle a este señor fue: “Dios existe y vos sos uno de sus preferidos”.

Seguí caminando varias cuadras y esa pregunta me resonaba. Mi respuesta a él no le servía. Probablemente pensó: ¿Cómo voy a ser preferido de Dios? Estoy tirado en la calle viviendo de limosnas, recibiendo miradas despectivas y muchos no ante el pedido de ayuda, que quisieran que no exista, que huyen de mí, me esquivan, me dicen que vaya a trabajar, no tengo las mínimas condiciones de dignidad humana.

Y después me pregunté si yo, según este señor, soy de las preferidas de Dios junto a miles de personas que lo ven, que Dios existe para mí. Entonces ¿qué hago con ese Dios que para mí existe y define mi vida?

Una mujer pasa por delante de una tienda de lujo en Madrid en la que un pobre pide a la puerta

Puedo empezar por el asistencialismo y en eso hay mucha gente de gran corazón, pero esa es la mitad de la respuesta.

Francisco, en Evangelii Gaudium, dice que “hay que acabar con las estructuras caducas que no ayudan a evangelizar”. Y la estructura caduca, mejor dicho que hemos hecho caducar, que hemos destruido es el tejido social a fuerza de nuestras individualidades e intereses. Este mendigo está a la orilla o mejor dicho fuera de la comunidad, de espacios de pertenencia, de validación, de dignidad humana que nos hace ver que nuestro tejido social es una estructura caduca que hoy que deshumaniza.

La respuesta que se me ocurre para la segunda parte de la respuesta es mirar al prójimo desde su dignidad de hijo de Dios, la misma que tengo yo y reparar este tejido roto desde los que dice San Juan en su primera carta … “si uno no ama a su hermano a quien ve, tampoco puede amar a Dios a quien no ve”.

Cada día rezo por ese mendigo y le agradezco a Dios porque su pregunta me invita cada día a salir de mi autoreferencia. Recemos, reparemos y pensemos juntos.

De nosotros depende que Dios exista para los pobres.