Tribuna

El latido de la concordia

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Comenzamos el mes de junio. Mes dedicado tradicionalmente a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Este mes, el Papa León XIV, ha propuesto como intención de oración universal que el deporte sea un instrumento de paz, encuentro y diálogo entre culturas y naciones.



Esta invitación nos debería mover a una profunda meditación sobre el simbolismo del Corazón de Jesús —símbolo supremo del amor divino misericordioso— y su conexión con el deporte, actividad humana que, cuando se vive con autenticidad, refleja valores evangélicos como la fraternidad, la solidaridad y la reconciliación.

Todo encuentro humano auténtico nace de una misma fuente de amor y toda paz verdadera es fruto de un corazón que se abre al prójimo. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús no es un simple recordatorio a un órgano físico, sino una contemplación del amor infinito de Cristo, simbolizado por su Corazón traspasado. Como enseña el papa León XIII en Annum Sacrum, consagrarse al Sagrado Corazón es una ofrenda y una unión con Jesucristo, ya que todo honor, veneración y amor que se le dé a este divino Corazón se le da real y verdaderamente a Cristo mismo.

El Corazón de Jesús invita a conocer la vida interior de Cristo, sus virtudes, sentimientos y sacrificios. Estas virtudes son marco estupendo para transformar la actividad deportiva, más allá de una competencia, una poderosa oportunidad para el encuentro.

Papa Leon Xiv 1

El deporte es escuela de humanidad y paz

La Iglesia ha dialogado con el deporte desde sus orígenes, asumiéndolo como expresión de la persona integral. San Pablo usó metáforas deportivas para la vida cristiana, y santo Tomás de Aquino defendió el juego moderado como virtud para el equilibrio entre alma y cuerpo. Documentos recientes, como Dad lo mejor de vosotros mismos del Dicasterio para Laicos, Familia y Vida, sostienen que el deporte promueve la lealtad en las relaciones interpersonales, la hermandad y el respeto a las reglas, entrenando en sacrificio y superación saludable.

El Papa León XIV, en su Carta para los Juegos Olímpicos de Invierno (2026), advierte contra riesgos como el transhumanismo, pero destaca el deporte como capacidad inclusiva: «El deporte tiene una extraordinaria capacidad de inclusión… y sirve como instrumento para promover la integración y la dignidad». Athletica Vaticana ejemplifica cómo el deporte es «cercanía… acompañamiento… camino compartido». Así, el deporte no es mero espectáculo, sino escuela de vida que educa en fraternidad y paz.

En este contexto, el Corazón de Jesús es, por definición, un corazón herido pero abierto; esa apertura es el modelo de todo diálogo. El deporte tiene la capacidad única de sentar a la mesa, o llevar a la pista, a quienes la política o la historia han dividido.

El Corazón de Jesús en el deporte como puente para el diálogo

La intención de oración de junio de León XIV va a unir estos misterios. El Sagrado Corazón, símbolo de amor reconciliador, ilumina el deporte como instrumento de paz y diálogo intercultural. Así como el Corazón traspasado une cielo y tierra, el deporte —cuando evita idolatrías como el lucro o la competencia deshumanizada— crea espacios de encuentro auténtico. San Juan Pablo II exhortó a renovar la devoción al Sagrado Corazón para oponer la civilización de la muerte con una de amor, donde el deporte construye sobre «ruinas de odio».

En el Corazón de Jesús hallamos el modelo de amor sacrificial que debe reflejarse en el atleta que compite lealmente, acogiendo al débil y celebrando la diversidad olímpica. El Directorio de Piedad Popular vincula esta devoción a la contemplación de aquel que fue traspasado, invitando a comunión con Cristo para modelar la vida en su enseñanza.

El Sagrado Corazón también es símbolo de sacrificio por un bien mayor. El deportista sabe de disciplina, de renuncias y de dar el corazón en cada jugada. Esta entrega física es una metáfora de la vida espiritual, ya que no hay paz sin esfuerzo, no hay encuentro sin la humildad de reconocer que necesitamos de los demás para que el juego —y la vida— sea posible.

La intención que nos propone León XIV para este mes nos recuerda que la paz no es un concepto abstracto, sino un ejercicio que requiere entrenamiento diario. Al poner el deporte bajo el amparo del Corazón de Jesús, estamos pidiendo que nuestro mundo aprenda a competir con caridad y a ganar con humildad, entendiendo que el trofeo más grande es la fraternidad universal. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris