Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

Otro papa León ante las nuevas invasiones bárbaras


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Cuando un papa escoge un nombre, también asume una memoria histórica y una misión para su tiempo. Muchos interpretamos que León XIV sigue la inspiración de León XIII, el gran papa de la cuestión social moderna. Su última encíclica lo confirma.



Sin embargo, también encontramos una referencia más profunda a León I, León Magno, quien, en el año 452, salió al encuentro de Atila y logró evitar la destrucción de Roma.

Opuso la autoridad moral

Aquella escena es un hito en la historia cristiana. Frente a la fuerza de las armas, León Magno opuso la autoridad moral; frente a la violencia, el diálogo; frente al miedo, la esperanza. No derrotó a los bárbaros con el poder militar, sino mediante una autoridad espiritual reconocida incluso por sus enemigos.

Hoy los bárbaros ya no llegan montando a pelo caballos de las estepas. Pero su espíritu anticivilizatorio y retrotópico amenaza nuestras endebles democracias: los populismos ultras crecen alimentándose del miedo, la frustración y el resentimiento colectivo.

Nos preguntamos: ¿León XIV podrá desempeñar actualmente un papel semejante al de León Magno? ¿Podrá ayudar a detener las nuevas invasiones de la polarización, el odio y la deshumanización? La venida a la España nacionalcatólica es una prueba de fuego.

I. Los nuevos bárbaros: cuando la comunidad se construye contra alguien

Los nuevos bárbaros son, como los totalitarismos de la década del 30, una respuesta a una crisis social profunda. Durante décadas, el individualismo, la fragmentación social y la pérdida de vínculos comunitarios han generado un enorme vacío de pertenencia.

Las personas buscan comunidad, identidad y sentido. Pero los populismos venden respuestas violentas para esa necesidad legítima. No construyen comunidad mediante la fraternidad, sino identificando enemigos comunes “en nombre de esencias nacionales o religiosas”. Establecen “prioridades” anulando a los “otros”.

Donde existe incertidumbre, ofrecen culpables. Donde hay problemas complejos, ofrecen explicaciones reduccionistas y mesiánicas. En vez de encuentro, arengan confrontación. No es un patriotismo samaritano, sino el preludio de inquisiciones y quema de brujas.

Por eso, los populismos no unen realmente a las personas. Las cohesionan momentáneamente mediante el rechazo del otro. Se culpabiliza al extranjero, el migrante, el pobre, las minorías, los adversarios políticos como “causa” de las frustraciones sociales.

La reciente encíclica ‘Magnifica humanitas’ identifica este peligro. Contrapone simbólicamente Babel y Jerusalén. Babel representa la unidad construida desde el poder y la autosuficiencia. Jerusalén simboliza la comunidad reconciliada que nace de la fraternidad y el cuidado mutuo.

León XIV recibe a la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice

León XIV recibe a la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice. Foto: Vatican Media

El Papa advierte: el cristianismo no puede convertirse en otra forma de polarización. Jesús nunca permitió que sus discípulos juzguen definitivamente a las personas, porque la siega solo le corresponderá a Dios al final de los tiempos (Mt 13,30).

Tampoco rechazó “a los que hacen el bien”, pero “no son de los nuestros” (Mc 9,38). Su mensaje es siempre de inclusión, llegando a asegurar que las prostitutas y publicanos llegarían antes al Reino de los Cielos (Mt 21,28) y que los descartados del mundo son los bienaventurados del Reino (Lc 6,20) porque Él vino a salvar lo que está perdido (Lc 19,10).

Por más católicos que nos creamos, nuestros juicios están condicionados por límites, prejuicios y sesgos. La historia demuestra que incluso quienes creían defender la verdad absoluta terminaron justificando exclusiones, persecuciones y masacres. (Jn 16,1)

II. El amor como criterio último frente a la cultura del enfrentamiento

Frente a la lógica amigo-enemigo de los discursos polarizadores, el Evangelio propone algo distinto: el amor al prójimo y el perdón.

Jesús desplaza constantemente la atención hacia quienes sufren. El pobre, el enfermo, el extranjero, la víctima y el descartado son el lugar privilegiado donde se verifica la autenticidad de la fe. El necesitado es termómetro del cristianismo.

Por eso, el mensaje evangélico no es una caza de brujas para identificar herejes o construir “chivos expiatorios” como el inmigrante o el pobre. La pregunta cristiana es otra: ¿quién necesita ser amado, acompañado y defendido?

Esta perspectiva es urgente en una época donde las identidades políticas y culturales se construyen para confrontar. Los populismos prosperan porque dividen el mundo entre buenos y malos, entre patriotas y traidores, entre puros e impuros.

El Evangelio, en cambio, desconfía de estas divisiones absolutas y “su prioridad” es el prójimo herido del camino, no las “esencias” nacionales o religiosas en manos de elites mesiánicas.

La parábola del Buen Samaritano sigue siendo “el criterio”, porque rompe las fronteras de la pertenencia tribal. El prójimo no es quien comparte mi identidad, sino quien necesita mi compasión. Los heridos son los mensajeros de Dios; cualquier otra mística sustitutiva no es cristiana.

León XIV no busca responder al odio con un odio diferente. Pasa por alto las provocaciones de Trump sin diluir su mensaje pacificador. En noviembre pasado expresó a los obispos españoles su inquietud sobre la instrumentalización de la Iglesia por la ultraderecha.

Estamos en problemas si este pretendido “repunte de la fe”, que tanto se anuncia, es solo un capítulo más de ultraderechización chauvinista de moda.

Estas herramientas pueden parecer débiles frente a las poderosas maquinarias de propaganda, manipulación emocional y polarización digital. Pero eran más débiles aún las palabras de León Magno frente a los ejércitos de Atila.

Conclusión: La nueva batalla por la civilización humana

Quizás la pregunta más importante no sea si León XIV logrará detener por sí solo a los nuevos bárbaros. No puede solo. La verdadera cuestión es si los cristianos asumirán la misión que el Evangelio nos confía en este cambio de época.

La barbarie actual cabalga en discursos de odio para que la sociedad deje de escuchar, dialogar y reconocer la dignidad del otro.

El cristianismo no cava trincheras ideológicas, sino que construye puentes. Genera fraternidad. No alimenta resentimientos; sanas heridas.

Tal vez por eso, León XIV evoca a León Magno. Nos recuerda que las grandes crisis históricas no se superan desde el poder, sino mediante una autoridad moral capaz de convocar a la humanidad superando miedos.

La gran batalla de nuestro tiempo no es entre derechas e izquierdas, entre globalistas y nacionalistas, ni siquiera entre creyentes y no creyentes. La verdadera batalla es entre una cultura del enfrentamiento y una cultura de la fraternidad que convierta al “enemigo” en “amigo”.

Y, en esa batalla, como enseñó Jesús, el criterio definitivo seguirá siendo siempre este: el amor concreto al necesitado, la misericordia hacia el herido y la capacidad de perdonar incluso cuando todo el mundo invita a odiar y excluir.