David Jasso
Provicario episcopal de Pastoral de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

‘Magnifica humanitas’ explicado a padres de familia


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Educar hijos cuando también está cambiando la idea de lo humano. Muchos padres de familia tienen hoy una sensación difícil de describir. No necesariamente sienten miedo, pero sí cierta inquietud porque ven a sus hijos crecer en un mundo muy distinto al que ellos conocieron: inteligencia artificial, pantallas permanentes, redes sociales, información infinita y cambios culturales acelerados. A veces pareciera que la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para comprender lo que está pasando.



¿Cómo educar hijos profundamente humanos en un mundo cada vez más digital? Quizá por eso la reciente encíclica ‘Magnifica humanitas’ del papa León XIV merece ser leída también por los padres de familia.

Al escuchar que el Santo Padre escribe sobre inteligencia artificial, algunos podrían pensar que se trata de un documento técnico o reservado para especialistas, pero no es así. En realidad, el Papa está hablando de algo mucho más cercano: del corazón humano y de la tarea de custodiarlo, porque detrás de las tecnologías podríamos preguntarnos: ¿qué clase de personas estamos ayudando a formar?

Los padres de familia lo saben bien ya que educar nunca ha sido solamente enseñar reglas o procurar buenos resultados escolares. Educar es acompañar el proceso de construcción de una persona. Y ahí aparece uno de los aportes más importantes de ‘Magnifica humanitas’.

León XIV recuerda que la persona humana posee una dignidad que no depende de su rendimiento, de su utilidad ni de su capacidad de producir. Antes de ser exitosos, eficientes o competitivos, somos personas.

Vivimos en una cultura que muchas veces mide el valor desde la lógica del desempeño. Las calificaciones, la apariencia, los seguidores, la productividad o la comparación permanente pueden terminar instalando en los jóvenes una pregunta peligrosa: ¿valgo por lo que soy o solamente por lo que logro? y ante esto, el Papa nos recuerda algo que ninguna familia debería olvidar: una persona no vale por sus resultados, sino por su dignidad.

Y quizá aquí los padres tienen una misión irremplazable, porque una familia sana es uno de los pocos lugares donde todavía podemos aprender algo decisivo: que somos amados antes de merecerlo.

León XIV con una familia

El Papa recibe a los miembros del Intergrupo sobre Demografía del Parlamento Europeo. Foto: Vatican Media

Aquí no se trata de demonizar la tecnología, eso sería injusto e inútil porque la inteligencia artificial puede traer beneficios reales y abrir posibilidades extraordinarias. El problema aparece cuando olvidamos que ninguna herramienta puede sustituir aquello que forma el alma humana.

Una pantalla puede informar, pero no abrazar. Un algoritmo puede sugerir respuestas, pero no enseñar ternura. Una inteligencia artificial puede organizar datos, pero no transmitir esperanza.

Por eso ‘Magnifica humanitas’ termina siendo también una reflexión sobre la educación. Los padres no están llamados a competir con la tecnología sino a ofrecer algo que ninguna máquina podrá reemplazar: presencia, conversación, criterio, límites sanos y amor paciente. (Sugiero leer los párrafos 139 a 147 de la encíclica).

En el fondo, el papa León XIV nos recuerda algo muy sencillo y muy exigente: educar no es preparar niños para convivir con máquinas, sino ayudarles a crecer como seres humanos capaces de amar y de elegir el bien. Por eso dice textualmente: “Tener un teléfono móvil personal demasiado pronto y utilizarlo sin el control de los adultos puede acentuar la fragilidad y favorecer las adicciones en los jóvenes…”. (MH 141).

Lo que vi esta semana

Escuché a unos padres decir algo que me dejó pensando: “A veces sabemos dónde están nuestros hijos… pero no siempre sabemos qué están viviendo por dentro”.

La palabra que me sostiene

“Guarda tu corazón, porque de él brota la vida”. (Proverbios 4,23).

En voz baja

Señor, danos sabiduría para acompañar a las nuevas generaciones en tiempos nuevos. Que no tengamos miedo del futuro, pero tampoco olvidemos aquello que hace verdaderamente humana la vida: el amor, la verdad y la esperanza. Amén.