Fernando Vidal
Director de la Cátedra Amoris Laetitia

La parábola del cuadro restaurado


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Cuando nos quedamos sin palabras o están quemadas, el arte nos da nuevos lenguajes para comunicarnos. Nuestras sociedades son caleidoscópicas: por un lado, crece exponencialmente la diversidad y por otro las visiones se comunican y combinan. El paisaje cultural de las metrópolis es tan variado que el mayor “don de lenguas” que se necesita es comprender las claves de la cosmovisión y experiencia de cada uno, y ser capaz de hablar el lenguaje del corazón que todos entendemos. La belleza es el lenguaje más profundo: en su última instancia, la verdad habla con las palabras de la belleza.



Unidos alrededor de la belleza

Iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, uno de los corazones del madrileño de Chamberí. La congregación de los redentoristas ha restaurado una deteriorada pintura barroca de Francisco de Solís: ‘La Anunciación.’ Calurosa tarde del 27 de mayo de 2026. Convocan un acto en el que unas doscientas personas podemos contemplar al cuadro revivido. Los colores redescubiertos, las sombras más profundas, las pérdidas reparadas. La bondad ha adquirido en él todo el volumen que necesita recibir este mundo oscurecido por la barbarie. Lo han puesto apoyado en el altar, en lo alto del presbiterio, mientras nos explican su valor y cómo ha sido restaurado.

Al final de la presentación nos invitan a contemplarlo de cerca. Decenas de personas vamos rodeando el cuadro lentamente, silenciosos o murmurando muy bajito, con cuidado; maravillados incluso al admirar la trasera de la tela, el bastidor y sus costuras. Vamos dando la vuelta casi en procesión, y en ese momento todos estamos sintiendo en el fondo lo mismo; todos entendemos el amor que los restauradores, la congregación y toda su parroquia ha puesto en salvar este cuadro. Y en ello resuena la Anunciación, ponernos en estado de esperanza.

La congregación de los Redentoristas ha restaurado una deteriorada pintura barroca de Francisco de

Los redentoristas han restaurado una deteriorada pintura barroca de Francisco de Solís: ‘La Anunciación’. Foto: Vida Nueva

La belleza no solo del cuadro, sino de los restauradores limpiando centímetro a centímetro, nos ha conmovido a todos, y entendemos que en la Anunciación la Trinidad ha decidido restaurar la humanidad centímetro a centímetro, con suma minuciosidad y amor. Se bajó el propio Dios a la Tierra encarnado como carpintero para no solo revivir el cuadro de la humanidad, sino llevarla a su pleno esplendor y ofrecerle la Resurrección.

El momento tiene valor simbólico, pero la historia que hay detrás es todavía mejor y amplía esta parábola. Desde hace unos años, el redentorista Francis Caballero viene creando y cuidando una abierta comunidad formada por vecinos, parroquianos y gente del mundo del arte, la creación y la cultura, creyentes o no, con distintas temperaturas de religiosidad. Como esa figura de contemplativos que dábamos vueltas alrededor de La Anunciación de Solís, se han ido generando círculos. Hay en esos círculos de agua un sonido sinodal que une sin cemento, sino con brisa.

Círculos de belleza

Un círculo gira alrededor de la librería del Perpetuo Socorro, en la misma manzana. Con frecuencia mensual se reúne medio centenar de personas alrededor de la presentación de libros o conferencias. En la última, dos creadoras de libros infantiles hablaron de su último libro y pusieron a los participantes a crear poemas que luego compartimos.

Todos hablaban del alma de cada cual, fue sorprendente. Recientemente, uno de los participantes, el profesor de arte José Riello, de la Universidad Autónoma de Madrid, ha publicado en la editorial PS una obra sobre Juan de Pareja, lo cual es vivido como una obra que ha salido de esa comunidad de belleza que bulle en Chamberí. Pintura, poesía, ilustración, ensayo, novela, música, arquitectura… Todas las artes van formando un lenguaje profundo que entendemos todos y no cesa de hablar del bien, la verdad y la belleza, de lo Santo.

El otro círculo de esa plural comunidad redentorista gira alrededor del patrimonio. Han creado un museo con el valioso arte que custodian y la restauración del cuadro de Solís tiene mucho de logro colectivo: salvar entre todos un trozo valiosísimo de historia. El cuadro ha atravesado el tiempo y llegado hasta el inicio del segundo cuarto del siglo XXI como si fuera una balsa a la que poder agarrarnos en medio del avance de la tormenta de barbarie. Era una balsa algo desmadejada por el oleaje de los siglos, pero la restauración la ha pertrechado ‘La Anunciación’ como una preciosa nave en la que cabemos todos.

Restauradores de nuestra civilización

Antes de intimar de cerca con la pintura, tuvimos tiempo de que nos contaran todo alrededor de la restauración que se ha hecho durante los últimos nueve meses, como el embarazo de la Virgen del cuadro. El profesor Luis Alberto Pérez Velarde –conservador de los museos del Greco y de Sorolla, y comisario de la extraordinaria exposición ‘Sorolla. Tormento y devoción’– sugirió la posibilidad de restaurar el cuadro y nos hace conscientes de la resurrección de esta obra, donde sus sombras vuelven a adquirir hondura y “los plegados nos invitan a introducirnos en la escena”.

Lina San Román y Carlos San Pedro fueron quienes asumieron la restauración. Con gran delicadeza fueron relatando los detalles y todo parece parte de una gran parábola que reivindica la necesidad de una Iglesia de los cuidados y una sociedad sinodal. “En restauración las cosas no se han rápido, sino que son delicadas, concienzudas, pacientes”, apunta San Pedro. “respeto no solo por el artista y su obra, sino por el tiempo de vida de la biografía del cuadro”, sigue San Román. Explican la sabiduría de la restauración, que deja de ser meramente técnica o estética y se convierte en una acogida del pasado y legado al futuro; un acto de fidelidad y solidaridad intergeneracional.

Y lo hacen intentando dejar la menor huella posible. Ni siquiera firmarán detrás, en el bastidor, los nombres de quienes la restauraron. En cien años se habrá olvidado quién salvó esa creación de 1656, el año de ‘Las Meninas’ y gran final de nuestro Siglo de Oro. Pero ellos intentan no solo no dejar su huella personal en el lienzo, sino procurar que su intervención sea transparente y reversible. Tienen la conciencia y confianza de que en el futuro la humanidad desarrollará nuevas tecnologías de restauración que lograrán hacer lo que ellos no alcanzaron.

Pulcritud y amor

Centímetro a centímetro limpiaron con gran pulcritud y amor. Lina y Carlos nos dan una lección sobre el discernimiento: “la restauración no funciona con recetas universales, hay que discernir cada paso, buscar la mejor solución que la obra necesita”. Centímetro a centímetro, persona a persona.

El redentorista Francis Caballero toca la tecla principal de todo lo que está ocurriendo esa tarde: el arte es un lenguaje para contemplar, comprender, vincularnos, integrarnos. El arte es un lenguaje profundo, como esos interiores oscuros de la pintura que nos llevan a las entrañas de la escena. Tras escuchar la sabiduría de Luis Alberto, Lina y Carlos, quedó manifiesto la íntima unidad que hay entre el espíritu redentorista para mirar el mundo y el discernimiento y cuidado de la restauración.

Chisperos

Chamberí es conocido como el barrio de los Chisperos por la cantidad de fraguas, herrerías y cerrajerías cuyos trabajadores vivían entre centenares de chispas y centellas que danzaban alrededor de la gente. La Iglesia de los redentoristas está justo contigua a la Plaza de los Chisperos, memoria de aquel barrio de fuego. Ahora ya no quedan herrerías ni fraguas en Chamberí, pero esa tarde ‘La Anunciación’ de Solís fue una fragua rodeada de chisperos, justo en la semana del Pentecostés de las lenguas de fuego. El círculo de chisperos de los redentoristas no es solo una significativa experiencia que teje alrededor de la belleza, sino un modelo de lo que en cada lugar de Iglesia se podría hacer en unos tiempos en los que es imprescindible el don de lenguas.