Dicen que Abdou cocina el tajín como nadie. Sea de carne o de pescado. Lo certifican sus tres compañeros de piso: Mouha, Mutarr y Babacar. Y lo corrobora el equipo del Proyecto Ben, que puso en marcha en octubre Cáritas Tenerife, de la mano de Cáritas Española. Es un recurso de acogida que ha buscado crear un hogar para migrantes ex tutelados de 18 a 25 años procedentes de la ruta atlántica.
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“Sabemos que no da respuestas a todo el contexto, pero sí busca ser un signo de cómo la Iglesia quiere acoger esta realidad frente a la exclusión a la que se ven abocados estos jóvenes”, comenta Arancha Méndez, coordinadora del programa de Migraciones de Cáritas Tenerife. “Estamos expulsando del sistema a quienes cumplen 18 años, les estamos castigando a que se desenvuelvan en un contexto de sinhogarismo muy duro”, señala sobre aquellos menores que se ven obligados a abandonar los programas de las administraciones públicas y de otras entidades en cuanto superan la mayoría de edad.
De un día para otro, se ven en la calle, con una mano delante y otra detrás. “La situación administrativa es una barrera muy grande porque cierra puertas a derechos básicos: empleo, vivienda, el padrón, los servicios sociales, la tarjeta sanitaria, tener una cuenta bancaria… Se ven atrapados en un laberinto burocrático, además de no tener orientación alguna de qué pueden hacer con su vida”, expone.
Desde ahí, asegura que el Proyecto Ben “no es un recurso al uso, pues la comunidad tiene un papel protagonista”. Es decir, no se trata de un simple piso tutelado. “Movilizamos a las parroquias del Arciprestazgo de Santa Cruz de Tenerife. Porque la puerta de entrada a Cáritas es la parroquia. No trabajamos al margen ni somos una ONG paralela, sino que buscamos implicar a toda la comunidad cristiana”.
Respondieron de inmediato 15 voluntarios, “a los que proporcionamos una formación para que acompañaran a los chicos, no solo en sus inquietudes vitales, sino para que propiciaran una integración en el barrio, en la comunidad”, relata la coordinadora de esta iniciativa. Para lograrlo, era una condición indispensable que la casa tuviera sabor de hogar. Pero, más aún, lo era pensar en que la estancia no fuera de seis meses o de un año, sino “algo más pausado, con mirada a futuro, de larga estancia”.
En cayucos
Es así como entraron por la puerta estos jóvenes de Gambia, Marruecos y Senegal. Todos llegaron por el mar, en cayucos que desembarcaron en Lanzarote, El Hierro y en el puerto tinerfeño de Los Cristianos. Tres de ellos proceden de centros de menores y dos ya han completado su proceso de regularización.
“No les aislamos de la realidad. Les explicamos el contexto social en el que viven: les decimos que están obligados a ser la excelencia frente a otros chavales y tienen que estar preparados para esto, porque se les va a mirar con lupa. Si reaccionan mal ante una situación cualquiera, aunque no sea culpa suya, su peaje puede ser mucho mayor”, reflexiona Méndez.
“Se lo estamos poniendo muy difícil, porque les exigimos un listón de madurez muy alto, cuando son jóvenes con sus sueños, sus inquietudes y sus heridas. No van a tener una transición a la vida adulta como cualquier adolescente”, reconoce.
“Durante nueve meses estuve en la calle, hasta que me encontré con Cáritas”, explica Mouha, que llegó a Canarias en 2023 con 16 años. Ahora tiene 19 y, en septiembre, entrará a un instituto de La Laguna. Con con una meta: “Quiero ser soldador”. El equipo que le acompaña pudo renovar ‘in extremis’ su permiso de residencia y ahora todo parece allanado. “Cuando hablo con mi familia, ellos están tranquilos porque saben que estoy en buenas manos. Solo me insisten en que me porte bien”, apunta.
