En estos días, hemos celebrado la fiesta de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo en la Iglesia, es la plenitud del misterio de la Pascua en la efusión del Espíritu Santo. Nosotros hemos leído en estos día en la liturgia de la Iglesia los Hechos de los Apóstoles, como la segunda parte del evangelio de san Lucas, donde encontramos la mayoría de estos textos ricos para prepararnos juntos en oración para recibir la fuerza del Espíritu Santo, es el fuego, es la efusión, es la acción que mueve los corazones y mueve la evangelización en la Iglesia.
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¿Quién es Teófilo?
El personaje mencionado en los Hechos de los Apóstoles es Teófilo (Lc 1, 1-4), el amigo de Dios, este propósito es continuar el anuncio salvador de Jesucristo como Señor y Salvador, hasta su glorificación. En un segundo momento es continuar el relato de la venida del Espíritu Santo, como donación y continuidad en la comunidad guiada por el Espíritu Santo.
La comunidad, es el don del Espíritu Santo
El centro de la comunidad es Jesucristo, la tercera persona es el Espíritu Santo, el protagonista y el motor de la vida en comunidad, es la promesa del Padre, es es el Espíritu (Lc 24, 36-49). Es la presencia del Espíritu Santo prometido en la comunidad, es la Tercera Persona, es el gran desconocido, es el Espíritu Santo, el principal protagonista de la comunidad reunida, porque está presente en la comunidad como fuerza unificadora (cf. Sossa, Wilson, Los 7 regalos del Espíritu Santo, 2026).
Jesucristo, se aparece en la comunidad reunida
Jesucristo, es el centro de la comunidad, Jesucristo se aparece en la comunidad orante, junto con María, no como un fantasma, porque tiene los vestigios del resucitado, muestra sus llagas, es la misma presencia del Señor, porque es el viviente, el ausente-presente en la vida de la comunidad y continuará su misión en la Iglesia reunida durante todos los tiempos.
El Espíritu Santo
La presencia de la tercera persona en la comunidad es el paráclito, el prometido, es la tercera persona de la santísima Trinidad. Es el “otro” Paráclito (Consolador, Abogado) prometido por Cristo, que es el primer Paráclito. El texto griego dice “otro” Paráclito y no un paráclito “distinto” para señalar la comunión y continuidad entre Cristo y el Espíritu. “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hech 1, 4-5).
La promesa del Padre
En los hechos de los Apóstoles se destaca a la promesa dirigida a la comunidad naciente y reunida con Jesús Eucaristía: “Recibiréis la Fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra” (hech 1,8). La fuerza del evangelio radica en la promesa de Jesús, algo que debemos hacer énfasis es en la comunidad reunida, no están solos, están reunidos, acontece la experiencia del resucitado en tres escalas:
– Los doce apóstoles: “los apóstoles que había elegido” (Hech 1. 2).
– Los Once, porque Judas ya no estaba. Tampoco habla del que eligieron (Matías).
– María la Madre de Jesús y un grupo de discípulos.
– las 120 personas que representan la comunidad o las 120 naciones conocidas en su contexto (Hech 1, 12-15).
El Don del Espíritu Santo
Es una Fuerza que es el Espíritu Santo que vendrá sobre todos reunidos en la comunidad. Él es una Fuerza divina, tal como se dijo en el evangelio (Lc 5, 17). “Fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu (cf. Ef 2, 18)” (LG 4).
Los testigos de Cristo
El testimonio se ofrece con la palabra que anuncia a Jesús, con los signos que hacen presente la salvación y con toda la vida como continuación de la de Jesús. Ellos son testigos que Jesús no es un fantasma, porque está vivo, es la nueva certeza contra toda desesperanza.
Jesús sana la tristeza de sus heridas más profundas (recordemos las cinco heridas más representativas: rechazo, abandono, traición, humillación, injusticia) y al recuerdo de la cruz dolorosa del pasado. “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 7,39). Acá se trata de una misión particular, mientras que en Pentecostés (Hech 2), es la bajada del Espíritu Santo sobre toda la comunidad, esto es, el Pueblo de Dios.
Los tres Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles
El testimonio está situado en el mundo, en su respectivo contexto, en los lugares y respectivas misiones que quería el Señor enviar:
- Jerusalén y toda Judea: el Pentecostés de los Judíos (Hech 2, 1-4). El centro de donde nace la fe en las comunidades, es el centro del corazón judío y lugar de la pascua de Jesús. En el tiempo de la Iglesia vamos a ver a la comunidad de discípulos, llenos del Espíritu (Hech 2,4).
Esto era una fiesta judía celebrada 50 días después de la Pascua. Celebraban las primicias de la cosecha del trigo. En los rituales judíos de aquel tiempo, la primera gavilla de cebada cosechada era presentada a Dios en la Pascua. Pero en el día del Pentecostés, las primicias de la cosecha del trigo eran presentadas a Dios; Así que, el día de Pentecostés se llama el día de las primicias (Núm 28, 26). Así mismo, como Iglesia reunida reciben el gran regalo del Espíritu Santo.
El único Espíritu de Dios no solo es la fuente de la diversidad dentro de la comunidad, sino también el denominador común entre todos sus miembros. Para Pablo, la prioridad no reside en las manifestaciones del Espíritu, sino en lo que estas deben lograr, la unidad en la diversidad y en el regalo de la comunidad-fraternidad. (cf. Sossa, Wilson, Los 7 regalos del Espíritu Santo, 2026). El día de Pentecostés el Espíritu descendió sobre los Apóstoles y los primeros discípulos, mostrando con signos externos la vivificación de la Iglesia fundada por Cristo.
- Samaria: el Pentecostés de los samaritanos (Hech 8, 5-25).
- Hasta los confines de la tierra: Pentecostés de los paganos (Hec 10, 1-11,8). El itinerario de la misión llega a Roma, lugar por excelencia de los paganos, se abre la puerta de la fe a los paganos y hasta el día de hoy.
La Iglesia es el “templo del Espíritu Santo”
La Iglesia es el “templo del Espíritu Santo”, porque Él vive en el cuerpo de la Iglesia y la edifica en la caridad con la Palabra de Dios, con los sacramentos, con las virtudes, los dones y los carismas. “Si el Espíritu Santo no estuviera presente, la Iglesia no existiría. Pero, si la Iglesia existe, es seguro que el Espíritu Santo no falta” (S. Juan Crisóstomo, Sermones panegyrici in solemnitates D. N. Iesu Christi, hom. 1, De Sancta Pentecostes, n. 3-4 (PG 50,457)). Esto lo retoma el Concilio Vaticano II: “el Espíritu Santo “habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo, y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos”(LG 4).
El Espíritu Santo, es el corazón de la Iglesia
Recordemos a Santo Tomás de Aquino, que se le acuña esta frase: El Espíritu Santo, “alma de la Iglesia”, “corazón de la Iglesia”: es un dato hermoso de la Tradición: “hablando de Cristo cabeza del cuerpo de la Iglesia, compara al Espíritu Santo con el corazón, porque “invisiblemente vivifica y unifica a la Iglesia”, como el corazón “ejerce un influjo interior en el cuerpo humano” (Santo Tomás Aquino, III, q. 8, a. 1, ad 3).
La comunidad reunida
El gran don del pentecostés es la comunidad reunida de hermanos y hermanas, orando juntos y esperando la venida del Espíritu Santo, recordemos que la comunidad es el gran don y la continuidad de la acción de Jesús en la Iglesia: “La comunidad está llamada a reconocer en la continua acción de Pedro en la Iglesia la continuación de la acción pastoral de Jesús… Él constituye un signo en el cual estamos invitados a reconocer la presencia del Señor, para apoyarnos en ella y para hacerla punto de referencia de nuestra acción” (C. M. Martini, El Evangelio de san Juan (San Pablo; Bogotá 1994)P. 121).
El corazón de la Iglesia es el Espíritu Santo
En Pentecostés el Espíritu fue enviado para permanecer desde entonces en la Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo, vivificándola y guiándola con sus dones y con su presencia. Él está en ella como ha estado en el Verbo Encarnado. Por esto también se dice que la Iglesia es Templo del Espíritu Santo, como nos lo han enseñado los padres de la Iglesia: “el corazón de la Iglesia es el Espíritu Santo”, porque sin su presencia continua en la Iglesia, no tendríamos sentido: “El Espíritu Santo dio inicio a la Iglesia” (LG 19). Por eso, la misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la acción de la Iglesia naciente que continúa la misma misión que Jesús les pidió a sus discípulos: “Id por todo el mundo” (Mc 16, 15), enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria hasta el fin de los tiempos.
En fin, el pentecostés es la fuerza, donde Jesús dice: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos…” (Hech 1, 8). Tanto en el evangelio como en los Hechos de los Apóstoles la palabra griega que se usa para decir “fuerza” o “poder” es dynamis: “dinamismo”. Se trata de una energía sobrenatural, que por parte del hombre exige sobre todo la oración, como una espera gozosa y llena: “con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia” (S Ireneo). Dejémonos rejuvenecer y renovar incesantemente hasta el fin de los tiempos, la Iglesia es rejuvenecida y renovada por el Espíritu Santo.
El fuego arde en cada corazón de nosotros, quemando por dentro nuestras debilidades humanas y los pecados con la fuerza del Espíritu, que es amor vivificante y unificante (cf. Juan Pablo II, audiencia general, 28 de noviembre de 1990). Recordemos la oración que decimos y repetimos por tradición: “Ven Espíritu Santo, ven por la poderosa intercesión del inmaculado corazón de María Santísima, tu esposa amadísima, ven y quema con el fuego del Espíritu Santo todos nuestros pecados” Amén.
Por Wilson Javier Sossa López. Sacerdote eudista del Minuto de Dios
