Amanecimos con viento. Ese viento fuerte que remueve la naturaleza y empuja a las personas, tan propio de estas tierras. Nos reunimos más de 240 sacerdotes y seminaristas, de tres diócesis, con sus obispos. Nos unía la fiesta de nuestro patrón, san Juan de Ávila. Era algo sencillo; primero, los saludos y las presentaciones. Muchos no nos conocíamos, aunque estuviéramos en la misma misión.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Después, una meditación del cardenal Bustillo plagada de citas bíblicas, tan necesarias, para que hable Él, que nunca deja de hacerlo si nos volvemos a la escucha de la Palabra. Seguidamente, la Eucaristía y las celebraciones de la fidelidad los que ya llevan 60, 50 o 25 años en el ministerio, ungidos y unidos a Cristo y a su Iglesia. Luego, la comida fraterna, las confidencias, las anécdotas y las risas.
No solo la sociedad, sino que también la Iglesia (y los sacerdotes) estamos necesitados de encuentros que nos esponjen el corazón. Que le haga inflamar, en llamas, como les ardía a los discípulos de Emaús, en el camino, en la cena, en la vuelta a la comunidad y en el testimonio de la misión. Volver al amor primero, a la ilusión, a la escucha, a los abrazos, para erradicar la insoportable saciedad de estar siempre lamiéndonos nuestras heridas. Hay tanta tarea, tanta misión, tantas personas que necesitan una vida comunitaria, de puertas abiertas, de acogida, de escucha, de encuentro.
Sin encuentros, también con los otros y los diversos, nos volvemos cátaros, nos creemos los puros, encerrados en nuestros castillos impenetrables, enarbolando los pendones de nuestra verdad. Sin encuentros, nos mantendremos arrinconados en nuestras sacristías, en la profesión de lo sagrado. Y hay todo tipo de estilos de sacristías, aunque siempre pensemos que son las de los otros y no las de los míos.
Estallido de Pentecostés
El encuentro y la acogida, tan esencial al corazón de Dios, tiene que ver mucho con el estallido de Pentecostés. Es decir, salir del aislamiento de nuestros cenáculos para crear vínculos empáticos. Si no, ¿cómo vamos a comprender a los demás y evangelizar? Empatía significa sufrir con, subir a nuestra propia cabalgadura a los que viven en las cunetas existenciales, sin preguntarles tan si son de mi pueblo, raza o fe.
Es tan claro el Evangelio que los encuentros a veces hieren y sanan, ya sean con Cristo, con los hermanos (aunque sean sacerdotes) y con los que etiquetamos como los otros. Si son auténticos, nos pueden transformar por completo, incluso modificando el sentido de nuestra vida. Entonces, la herida del corazón será para amar. Este viento del Espíritu sigue empujando. Ánimo y adelante.
