En los últimos años, el mundo parece haber comenzado a plantearse preguntas que creíamos sepultadas bajo la modernidad y la secularización: ¿Qué significa vivir con sentido? ¿Cuál es nuestra relación con lo divino? Guerras, pobreza, migración, crisis ecológicas y económicas han sacudido nuestras certezas, poniendo de relieve la fragilidad y la vulnerabilidad del ser humano.
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Y en medio de esta tensión, muchas mujeres han decidido entablar un diálogo a la vez antiguo y nuevo; un retorno a lo sagrado, o al menos, a una forma de espiritualidad que no se limita a la ausencia de fe, sino que se convierte en una experiencia concreta, vivida y puesta en práctica.
No es casualidad que, como observa Emilia Palladino, catedrática de Ciencias Sociales en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, sea precisamente el miedo –una emoción primaria, esencial para la supervivencia– lo que reabre el espacio para la espiritualidad.
En un mundo marcado por el misterio y la incertidumbre, la búsqueda de un “más allá” se convierte en una forma de afrontar este miedo sin dejarse abrumar por él. La espiritualidad, escribe, no lo borra, sino que lo dirige, transformándolo en una palanca para seguir viviendo y buscando sentido.
Los testimonios recogidos en este número revelan una pluralidad de perspectivas. Cécile, arrodillada ante la Capilla de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa en París, sostiene en sus manos un cuaderno con los nombres de seres queridos desaparecidos en la guerra de Sudán. Su cuerpo tiembla como si contuviera un sollozo, pero la oración se convierte en un gesto de resistencia, memoria y esperanza. En esta escena, tan concreta y poderosa, lo sagrado no es abstracto: es cuidado, atención y presencia. Y está custodiado por mujeres, por las religiosas que dirigen la capilla, pero también por quienes rezan a solas en silencio.
La profesora Valérie Aubourg, directora de la nueva Facultad Eclesiástica de Ciencias Sociales de la Universidad Católica de Lyon, nos ayuda a comprender este fenómeno desde una perspectiva más amplia. Tras el Concilio Vaticano II, muchas prácticas visibles –peregrinaciones, gestos devocionales– fueron tachadas como anticuadas y casi relegadas.
Hoy, gracias en parte a la llegada de católicos migrantes, estas prácticas están resurgiendo, pero con nuevas formas, a menudo, individualizadas, interiorizadas, pero capaces de devolver el sentido a la comunidad y al ritual. Peregrinaciones, pasos, ceremonias religiosas… no se trata de un retorno nostálgico, sino de una reinvención de lo sagrado donde las mujeres suelen ser protagonistas en la transmisión de gestos y significados.
Lección de amor
Incluso en la sociedad laica, el debate sigue vigente. Flavia Trupia, creyente que trabaja en comunicación y retórica, observa que la religión católica sigue siendo una lección de amor y respeto insustituible. Sin embargo, muchas mujeres como ella permanecen alejadas de las instituciones, atraídas por la espiritualidad, pero no por los rituales jerárquicos. La pregunta entonces es: si hay espacio para hablar de Dios, ¿es este el momento para las mujeres?, ¿pueden sus voces redefinir lo sagrado hoy, haciéndolo accesible, inclusivo y capaz de responder a los dilemas concretos de nuestro tiempo? Es una pregunta que también se produce en la Iglesia desde dentro.
La joven teóloga Paola Franchina lo expresa sin rodeos: “Soy católica, pero no quiero ser un simple eco”. Su reflexión pone de relieve una cuestión crucial, es decir, que la presencia de las mujeres está generalizada, pero su acceso a la toma de decisiones sigue siendo limitado. No se trata solo de visibilidad, sino de poder, de un reconocimiento genuino de su capacidad de influencia. Para muchas, permanecer en la Iglesia no es una adhesión pasiva, sino una elección consciente, y muchas veces ardua, una forma de pertenencia acompañada de un deseo de transformación. Una voz que no solo resuena, sino que pide ser escuchada.
No es casualidad que la cultura contemporánea explore tensiones similares. En el cine, el director ganador del Óscar, Paolo Sorrentino, plantea una pregunta fundamental: ¿de quién son estos días? Esta es la pregunta que recorre su última película, ‘La grazia’, donde “la gracia” no es meramente un concepto legal, sino una dimensión interior, capaz de salvar sin necesidad de explicaciones. Es una pregunta que resuena profundamente en nuestro tiempo, capturando una búsqueda generalizada de sentido, suspendida entre la fe, la duda y el deseo.
Esta misma tensión también se evidencia en algunas prácticas artísticas contemporáneas, donde lo sagrado se mezcla con la vida personal y la exploración interior. En la obra de la cantante española Rosalía, por ejemplo, la espiritualidad emerge a través de diversas referencias, desde santos cristianos hasta figuras como Simone Weil. Estas presencias se convierten en puntos de referencia internos.
La oración, aprendida de niña junto a su abuela, regresa como un gesto sencillo y cotidiano. Al tiempo, la música se convierte en un espacio donde se busca, se evoca e incluso se cuestiona lo divino. No se trata de una fe ostentosa ni rígida, sino de algo auténtico que se manifiesta a través del cuerpo, la voz y la memoria.
Nuevas peregrinaciones
En este sentido, su búsqueda se relaciona profundamente con la de muchas mujeres: una espiritualidad que no se limita a preservar el pasado, sino que lo reelabora y lo pone en movimiento. Las peregrinaciones ya no coinciden necesariamente con las rutas tradicionales hacia destinos sagrados codificados, sino que adoptan nuevas formas, a menudo personales e informales: caminos sin destinos preestablecidos, recorridos pausados por la naturaleza, experiencias de silencio o exploración interior que cada persona construye según su propia necesidad de significado.
En estos recorridos, como en los gestos cotidianos de cuidado –dedicar tiempo a uno mismo, a los demás, a lo que nos rodea– lo sagrado no se presenta como algo separado o predefinido, sino como una experiencia encarnada que toma forma en la vida concreta. Es una sacralidad que nunca es definitiva, que no puede fijarse de una vez por todas, sino que permanece siempre en evolución, abierta y en constante transformación.
Este número de ‘Donne Chiesa Mondo’ no pretende resumir todas las voces. Las entrevistas, los reportajes y las historias de viajes aquí recopiladas demuestran una variedad de enfoques. Desde quienes buscan una espiritualidad personal, pasando por quienes redescubren prácticas ancestrales con una mirada renovada, hasta quienes se relacionan con la religión a través de la cultura y la filosofía.
Sin embargo, en todas estas historias se percibe un hilo conductor: la necesidad de significado, comunidad y belleza. Y son las mujeres quienes encarnan muchas de estas prácticas hoy, tanto dentro como fuera de las instituciones, con una libertad de elección que hace que su espiritualidad sea única y poderosa. Quizás nuestra época pertenezca verdaderamente a quienes saben escuchar, rezar y preservar la memoria y la esperanza.
Lo sagrado es el gesto concreto, el cuidado, la atención a los demás y la gracia del alma. Y quizás, en esta era de interrogantes globales y tensiones íntimas, las mujeres sean la voz que habla al presente, reinventando el diálogo entre el cielo y la tierra, entre la fe y la vida.
