No conozco a la señora Carmen Teresa Nava, pero lo sucedido con su hijo hace que no pueda quedarme callado por varias razones; primero porque lo más cristiano es solidarizarse con las víctimas de la injusticia, y segundo porque es un deber moral que el mundo sepa su (nuestra) triste historia.
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Usted, señora Carmen, es muestra de esa gallardía del pueblo pobre venezolano, de la dignidad de la mujer luchadora, y de esa incansable vocación de madre. Usted no tiene mayor título que el de madre.
Su hijo, Víctor Hugo Quero Nava fue víctima de la dictadura en Venezuela, sometido a desaparición forzosa desde enero del 2025, y preso político sin ningún tipo de razón, sí, leyó bien, sin motivo alguno.
Venezuela fue testigo, respetada señora Carmen, de su incansable búsqueda, pasó un año por todas las prisiones del país, por todos los centros de terror, conversando y preguntando a miles de funcionarios, hasta la Fiscalía le había asegurado que su hijo estaba vivo, pero no era así, la maldad del poder tenía otra historia, tejía una dolorosa pesadilla, pues su hijo, Víctor había muerto en custodia, y durante catorce meses se le negó a usted la verdad.
Desde el punto de vista cristiano, enterrar a los difuntos y darles una cristiana despedida es una obra de misericordia, la atrocidad de lo que han hecho con su hijo y con usted, es una muestra de que la condición humana es capaz de ser indolente e inmisericorde.
Señora Carmen, a veces las palabras sobran y este espacio podría quedarse en blanco ante lo que está viviendo, y lo que los venezolanos dignos y decentes, estamos viviendo.
No le podemos pedir que perdone, — muchos menos el verdugo puede hacerlo, el verdugo no se auto absuelve —, tampoco podemos pedirle que no esté triste, porque lo sucedido es demasiado grave como para fingir y mirar hacia otro lado.
Lo más lamentable es que para su hijo, para usted, para los venezolanos no hay derecho internacional, no hubo comunidad internacional, no hubo manifestaciones de solidaridad. Su hijo, — como todos los venezolanos —, somos víctimas de segunda y tercera o cuarta categoría para un mundo en el que la narrativa y el discurso se impone desde la ideología del poder, desde los que tienen dinero, desde los que pueden comprar las conciencias.
Por eso su hijo y usted no serán noticia y si lo fueron, no tendrán mayor relevancia, pues muchos siguen enajenados en la cultura de la indiferencia, midiendo a Venezuela por petróleo o por una soberanía perdida hace más de veinte años por un tragedia llamada comunismo.
Señora Nava, quisiera decirle que el trago amargo de lo sucedido con su hijo será el único caso, que no volverá a ocurrir, que será una lección para un sistema de terror, pero sabemos que no es así, que aún no sabemos qué más pasó, quiénes más han sido víctimas, a quienes se les ha juzgado y se le niega la amnistía, estando ya muertos.
Creo que se cruzó una nueva línea de horror en la historia de la humanidad. El juicio contra difuntos, resultando culpable a quien murió inocente en custodia gubernamental.
Quisiera decirle que su dolor es nuestro, de cada venezolano, pero el dolor que usted tiene en su corazón y en su alma es intransferible.
Déjenos al menos acompañarle, que sienta que somos muchos los que queremos estar a su lado, que somos muchos a los que nos entristeció la noticia y se nos dañó parte del alma, al leer los titulares, que somos muchos los que seguimos pensando en usted y rezando por usted. A los que recordamos el día de la madre, pensando en usted como madre.
Nadie, — como le he dicho—, puede sentir lo que usted lleva en el alma, pero se me ocurre que la Virgen María, a quien también le mataron injustamente a su hijo, puede entender su sufrimiento. Ella pueda ofrecerle el consuelo, pueda ofrecerle el sosiego, si, a ella mientras “suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas”.
Señora Carmen Nava, déjenos al menos — con su permiso—, llorar a su hijo con usted y llorar por la herida que seguimos llevando los venezolanos, llorando por la patria perdida, por tantos hijos asesinados, desaparecidos y encarcelados.
Señora Carmen, permítanos que lloremos juntos.
Por Rixio G Portillo. Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey.
Foto: Raúl Hernández Marcano – El Nacional.
