Es la puerta de entrada del Papa a España. Y a Madrid. Como adelantó en exclusiva ‘Vida Nueva’, después de aterrizar el 6 de junio en Barajas y del encuentro con Felipe VI y las autoridades en el Palacio Real, León XIV pondrá rumbo a Carabanchel, para conocer de primera mano a quienes viven en el CEDÍA, el principal proyecto de acogida de emergencia para personas sin hogar de Cáritas Madrid.
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Solo pasará ocho minutos dentro del edificio que se encuentra en la zona de Lucero. Lo suficiente para mirar a los ojos a Carlos, a Trixia y a Elmer. Y escuchar cómo los voluntarios y trabajadores de este proyecto eclesial les han rescatado de la calle para brindarles un presente y un futuro con dignidad.
“Estamos en un terreno sagrado”, sentencia Juanjo Gómez-Escalonilla, responsable del centro, que el 12 de mayo abrió sus puertas a los medios de comunicación para mostrar qué verá Robert Prevost. “Es sagrado antes de que lo bendiga el Papa, porque estamos pisando el terreno de las personas en exclusión, que para nosotros son nuestras joyas”. No son palabras regaladas al viento.
Se percibe en los voluntarios que andan por la cocina y en cómo se manejan los trabajadores sociales con los beneficiaros del programa que andan por la casa. Actualmente cuenta con 92 plazas: 47 son para hombres que pasen la noche en las instalaciones de Lucero, 20 para las mujeres en un edificio en Pacífico y 25 más en el centro de día, que son independientes. Al frente, 70 voluntarios y 29 trabajadores que cubren las 24 horas de cada uno de los días del año.
Incluir al excluido
Desde ahí, Gómez-Escalonilla tira por tierra el estereotipo que pulula en el imaginario sobre aquellos que acuden al centro. Sin necesidad de grandes estudios sociológicos, sino a partir de los rostros que acompaña en el día a día. Y en la noche.
“Cuando hablamos de sinhogarismo se nos va el pensamiento al hombre que está en la Gran Vía en un soportal y lo vinculamos a determinadas adicciones o problemas mentales, pero se nos olvida que esta realidad es fruto también de una dinámica estructural de la sociedad que deja a la gente sin recursos, como los empleos precarios o la falta de una vivienda digna”, expone sobre ese cóctel de circunstancias que puede llevar a cualquier a sobrepasar la línea roja de la exclusión.
Solo en el último año han tocado el timbre del recinto 2.534 personas. “Acogemos a todos, pero lamentablemente no podemos dar cama a todos: solo 880 pudieron pernoctar”, comentan sobre este recurso que busca ser el punto de partida de todo un proceso que pretende que “no vuelvan a la calle, sino dotarles de herramientas para tener un lugar seguro para dormir, un trabajo digno”.
En este sentido, se muestra confiado en que “la falta de documentación de los migrantes, que les dificulta para salir del pozo, ahora se vea solventado con la regularización que ha puesto en marcha el Gobierno”. Ocho de cada diez beneficiarios llegan sin trabajo, y hasta un 20% encuentran un empleo tras su paso por la casa.
