Comuniones


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Dormíamos mal esa noche. A las ocho de la mañana íbamos a hacer la primera comunión, como se decía entonces y también ahora. La Misa era tan pronto porque debíamos guardar tres horas de ayuno. El ayuno, nos decía la catequista, era un detalle de cariño hacia el Señor. Y esto se nos quedaba grabado para siempre.



La sociedad ya no es la misma, han pasado 60 años. Cada década ha ido degradando esta fiesta de la Comunión. Decía un amigo, se celebran como bodas, con ‘photocall’ incluido, ese escenario donde te haces una foto dentro de un corazón, de un marco gigante o un arco de flores. Creedme, he visto a una niña llegar a la parroquia en una gran calabaza blanca cubierta de brillantina, como la de cenicienta, tirada por dos ponis blancos ¡pobrecilla! ¿Pueden los padres llegar a las más altas cotas del ridículo?

Después de Misa, teníamos un desayuno en casa, con los amiguitos de siempre. Se repartían magdalenas y rosquillas, hechas en el horno de la cocina de carbón, y chocolate. ¡No os manchéis, poneos la servilleta, que si no vuestras madres…! Luego la comida en casa con los padres, hermanos y abuelos, todos bien apretados: una paella, pollo guisado y los pasteles.

Primera comunión

Primera comunión. Foto: EFE

Tanto sacerdotes como catequistas intentan dar el sentido que tiene verdaderamente comulgar por primera vez. Para bastantes familias cae en saco roto, incluso obligando a los niños a ir los domingos a la Eucaristía parroquial, muchas veces llevados por los abuelos, y luego estampes el sello de asistencia en esa especie de cartilla de racionamiento. No sirve de nada.

Comer a Cristo

La primera comunión nos debía vincular al altar para siempre. Ese altar en torno al cual es convocada la comunidad de los discípulos. Comer a Cristo, en ese insípido trozo de pan sin levadura ¡cuánta humildad!, el pan del sacrificio, hace que todos formemos en Cristo un solo cuerpo. Es el misterio de la comunión con Dios y con el prójimo. San Pablo les grita a los de Corinto en su primera carta: “El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?” (10,16). Y un capítulo después: “porque quien come y bebe sin discernir de qué cuerpo se trata, come y bebe su propio castigo” (11.29). Esta es la verdadera cuestión, la de siempre, el discernimiento en la vida comunitaria.

En los años noventa, los obispos franceses comentaban en un escrito que la primera comunión se debía recibir en la época adulta, al menos con 18 años, por la responsabilidad que exigía el hecho de comulgar. En cambio, la confirmación podía ser en edades más tempranas. Pensándolo bien, creo que tenían razón. ¡Ánimo y adelante!

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