Ternura. Esa capacidad que despierta el ánimo cuando la fragilidad, la inocencia, la belleza, el compromiso, la tenacidad o el logro nos conmueven.
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Ternura. Ese estado que arranca de mí el deseo de ser para el otro, de acercarme con predisposición de servicio, de dar compañía o, cuando nos descubrimos impotentes, solo de estar.
No generan ternura el éxito, el poder, las victorias o la destrucción.
La ternura es cosa de lo pequeño, de lo que está por ser, o de lo que no llega a brotar.
Cuando Jesús pone a un niño en el centro de la reunión para decir que no se salvará quien no sea como él (Mt 18,2), nos está exigiendo ternura: ternura para ver y ternura para despertar.
Un recién nacido o un anciano moribundo; una melodía, un texto, una película o un paisaje conmovedor; un gesto de cariño gratuito; la mirada del que sufre la enfermedad, el hambre, el desprecio o la guerra; un momento de alegría compartida; el anhelo de bondad; las manos ajadas del que todo lo dio o las manos suaves del que todo lo acaricia…
Bebé. Foto: USCCB
De Ez 11,19 a Lc 15,20
La ternura, es ese don que nos enciende la mirada y no permite contemplar lo valioso de la vida.
Sin ternura no hay compasión, no hay esperanza, no hay fe en el hermano, no podemos abrirnos al misterio de lo divino.
La ternura es el acicate de la misericordia; la ternura es conversión.
La ternura transforma nuestro corazón de piedra en corazón de carne (Ez 11,19) y permite que se nos conmuevan las entrañas (Lc 15,20).
Difícil amar a Dios, al prójimo, y a uno mismo sin ternura.
Conviene sacudirse el polvo

