Primera de tres entregas.
Hay preguntas que no se hacen todos los días y no porque no sean importantes, sino porque intimidan: ¿Hacia dónde va la humanidad?
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
No es una pregunta para especialistas ni tampoco es una pregunta abstracta. Es una pregunta que se cuela en lo cotidiano: en las decisiones que tomamos, en la manera en que nos relacionamos, en lo que valoramos, en lo que dejamos de lado. Es una pregunta que se vuelve concreta cuando vemos a nuestros jóvenes, cuando escuchamos a las familias, cuando percibimos el ritmo acelerado del mundo y la dificultad para detenernos.
Hace poco, la Comisión Teológica Internacional publicó un documento con un título provocador: Quo vadis, humanitas? y un subtítulo más provocador todavía: Pensar la antropología cristiana ante algunos escenarios futuros de la humanidad.
No pretende dar respuestas cerradas, sino más bien, busca ayudarnos a mirar con más profundidad el momento que estamos viviendo y quizá eso es lo primero que necesitamos recuperar: la capacidad de mirar, porque muchas veces vivimos reaccionando: opinamos, criticamos, compartimos, nos indignamos… pero pocas veces nos detenemos a contemplar lo que realmente está pasando y sin contemplación, todo se vuelve superficial.
Tuve recientemente la oportunidad de volver sobre el documento en un contexto muy concreto: fui invitado a compartir una reflexión con la Comisión del Apostolado de los Laicos de la Arquidiócesis de Monterrey. Al preparar esa exposición, me encontré con un texto que no solo ayudó a estructurar la charla, sino que me dejó pensando más allá del momento: una invitación a mirar con mayor profundidad el tiempo que estamos viviendo y a no dar por obvias las preguntas fundamentales sobre el ser humano y de cómo la pastoral ha de adaptarse también.
El documento parte de una intuición fuerte: no estamos simplemente en una época de cambios, sino en un verdadero cambio de época. Y eso se nota en la manera en que entendemos la verdad, cada vez más fragmentada; en la forma en que vivimos las relaciones, más conectadas, pero también más frágiles; en la experiencia de la libertad, que a veces se vive sin referencia a los demás, e incluso en la forma en que nos percibimos a nosotros mismos.
El ser humano, hoy, corre el riesgo de perderse… en medio de tantas posibilidades y aquí aparece una de las aportaciones más sugerentes del documento: no se trata solo de analizar problemas, sino de volver a plantear la pregunta por el ser humano. ¿Qué significa ser persona hoy? ¿Qué nos hace verdaderamente humanos?
Puede parecer una pregunta filosófica, pero en realidad es profundamente pastoral porque si no sabemos qué es el ser humano, difícilmente podremos acompañarlo y en este contexto, la fe no puede quedarse al margen. No como una respuesta fácil, ni como un discurso paralelo, sino como una mirada que ilumina desde dentro. La fe cristiana no compite con otras visiones: propone una comprensión del ser humano desde la relación, desde la gratuidad, desde la apertura a Dios y a los demás y eso cambia todo.
Porque, en medio de un mundo que muchas veces empuja al individualismo o al rendimiento, el Evangelio sigue recordando algo esencial: el ser humano no se entiende en soledad, sino se entiende en relación.
Por eso, más que ofrecer soluciones rápidas, este documento nos invita a algo más exigente y más necesario: aprender a leer nuestro tiempo con profundidad, con fe, con esperanza, no para tener todas las respuestas, sino para hacer mejores preguntas, porque quizá el futuro de la humanidad no depende solo de lo que sabemos… sino de lo que somos capaces de preguntarnos y esta es solo la primera puerta.
Lo que vi esta semana
Un grupo de laicos de distintos movimientos laicales sumamente entusiastas y queriendo responder a las inquietudes más profundas del ser humano.
La palabra que me sostiene
“¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?”. (Sal 8, 5)
En voz baja
Señor, enséñame a mirar el mundo con tus ojos… y a no tener miedo de las preguntas que abren caminos.


