Los atardeceres de Jericó, cálidos como regazo de madre, despiertan y remueven desde sus desleídos paisajes pedazos de mi alma perdida y solitaria. Están henchidos de confidencias y desabroches que el tiempo ha ido agigantando hasta situarme en una región oculta, descubierta en el fondo de mi ser, que ahora percibo aquietado y sin tiempo, hasta poder saborear dentro de mí lo que he sido, lo que soy, lo que seré cuando la muerte acabe por llamar a mi puerta.
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Todo lo cual me empuja cada tarde a hacer el mismo camino. Como un rito, me quito las sandalias, hundo mis pies en el agua de la alberca, los enjugo cuidadosamente y emprendo el sendero de siempre. Cuando el sol enrojece el jardín y empieza a acariciar el horizonte y las distantes montañas, salgo de casa por la misma senda de palmeras por la que, sin faltar un día, en los últimos años acompañaba a esa hora puntualmente a mi padre. Ya anciano, renqueaba apoyado con una mano en su bastón y la otra en mi brazo, sin que su andar titubeante rebajara la luz que dibujaba su media sonrisa.
—‘Abbá’, ¿no te cansas de hacer tantas veces el mismo camino?
—¿Cansarme, hija? Es el mejor momento del día. Sabes que, si pudiera, me quedaría allí siempre contemplándolo extasiado, sintiéndolo vivo, los ojos cerrados, sin pensar.
Luego disfrutábamos de la brisa que a esa hora alivia la calidez de estas tierras que, aseguran, son las más bajas de todo el mundo respecto al nivel del mar. Avanzábamos por alquerías, viñedos y una parcela que siempre desprendía un intenso perfume, donde nuestro amigo Isaac cultivaba nardos y rosas, las famosas rosas de Jericó, para venderlas en costosos pomos de esencia muy apreciados en todo el país. Poco más allá, pronto divisábamos finalmente el sitio, “su sitio”.
A la entrada de la ciudad, seguía inmóvil, perenne, cobijador, desafiando las incidencias del tiempo y el paso de las estaciones el majestuoso sicómoro, el árbol preferido de mi padre. Aunque pertenece a la familia de las higueras, tan frecuentes en nuestra tierra, se diría que es su pariente mayor, pues llega a veces a superar en altura al tejado de las casas y es tan fuerte que puede vivir cientos de años. Tanto que su madera aguanta para dar descanso eterno a nuestros muertos. Sus hojas, en forma de corazón y más pequeñas que las de la higuera común, regalan grata sombra, ya que su tronco corto y robusto es profuso en ramas que suelen brotar cerca del suelo, lo que permite a los chiquillos escalarlo con facilidad.
—Mira, Sara –me dijo un día mi padre, cuando aún era niña y comenzaban los frutos a entrar en sazón–, sus higos crecen en abundantes racimos, son más pequeños y de menor calidad que los de la higuera. Pero un egipcio me enseñó la mejor manera de comerlos.
Entonces papá sacó de su faltriquera un punzón y agujereó el higo antes de desprenderlo de la rama, y me lo brindó para que lo saboreara. Y prosiguió:
—De esta forma se evita que el higo se endurezca y se hace que expulse el gas que tiene en su interior. Porque, si no, se pone duro enseguida, o las avispas parásitas se meten en su pulpa y acaban por echarlo a perder. ¿Sabes que Amós dice en su libro que él se ocupaba “del ganado y de punzar los higos”? También el rey David los apreciaba. Abundan en el valle del Jordán, en las tierras bajas de la Sefela, en los alrededores de Tecua y, sobre todo, en Egipto. Allá nuestros padres solían comerlos en los recios tiempos de las célebres diez plagas. Desde entonces su sabor agridulce y fresco se halla profundamente ligado al recuerdo de la singular vida de mi padre.
Cuando en sus últimos días alcanzábamos el cobijo del robusto sicómoro, casi siempre sudorosos del camino, Zaqueo me invitaba a recostarnos a su sombra y me contaba historias para mí desconocidas, que, entre el revoloteo de los pájaros y la intimidad del crepúsculo, me hicieron crecer por dentro hasta cambiar radicalmente mi vida y mi manera de mirar los acontecimientos y las incógnitas de este mundo.
Al principio se quedaba en silencio, levantaba los ojos hacia sus ramas y derramaba algunas suaves lágrimas que resbalaban blandamente por sus mejillas hasta tropezarse con su enigmática sonrisa. Yo no podía entender aquella emoción, pero no me atrevía a preguntarle. Cuando superé la adolescencia, no pude contenerme más y le solté:
—Papá, ¿por qué lloras siempre bajo el sicómoro?
—Hija, nunca hasta ahora he querido contártelo…
—¿Por qué, padre?
—Quizá porque eras tan niña que no ibas a comprenderlo, no estabas preparada para ello. Y también porque para hacerlo había de confesarte historias que me avergüenzan y remiten directamente a tiempos complicados de mi vida y mis relaciones con tu madre y tu hermana. Hacía falta que crecieras en edad y sabiduría para que algunos acontecimientos no te turbaran demasiado y llegaras a vislumbrar los secretos que se ocultan bajo la copa de este árbol. Creo que ahora ha llegado ese momento.
Así desde aquella hora fue destilándome su hermosa historia día a día, tarde a tarde, como un manantial de agua fresca, de esa que el Maestro aseguraba que “salta a la vida eterna”.
A partir de entonces, decidí transportar en mi zurrón durante nuestros paseos un cálamo, pedazos de papiro y tinta, para que, dada la importancia de cada una de sus palabras, no se perdieran en el olvido de los tiempos. En ellas, como en toda vida, hay mucho sufrimiento y también una misteriosa alegría que creo que todo el mundo debería degustar como un higo fresco de sabor tan saciante como perenne.
No es un relato comparable a los que con el tiempo escribieron algunos discípulos del Maestro, repletos de grandes hechos que sin duda conmoverán al mundo, como ya emocionaron a algunos de sus contemporáneos, y empiezan ahora a difundirse hasta los confines de la tierra. Pero, igual que el relato de una madre contado al calor del hogar no es el mismo que puedes leer en un libro, para mí las palabras tienen sabor y olor al pan crujiente de tu casa y tus seres queridos.
Veréis que este escrito rebosa vivencias, momentos insignificantes y cotidianos con los que está trenzada la entera historia que vais a conocer, la de un hombre insignificante, bajo de estatura, con una apariencia que lo condicionó para mal y bien toda su vida. Pero ¿acaso el último secreto de la Buena Noticia no es que lo pequeño es lo realmente grande, y lo oculto, lo escondido, engendra la luz? ¿No nos remite esa alegre nueva a un grano de trigo que se pudre, la dracma que la anciana perdió, la importancia de una sola oveja descarriada o la humildad de un grano de mostaza?
Bajo el sicómoro aprendí a valorar el envés de este mundo, la luminosidad que se esconde detrás de la apariencia, el reverso de nuestra historia, esa corriente secreta que nos empuja en el discurrir de cada brizna de vida. Aprendí que detrás de la Sara acomplejada y vilipendiada hay otra Sara feliz y conectada a un maravilloso “no tiempo”. Y sobre todo que, aun cuando yo misma no haya podido en esta vida alcanzar el éxito, el poder, el dinero y el esplendor de una mujer bella, alta y encumbrada, ahora sé que llevo dentro esa plenitud infinita que nada ni nadie me puede jamás arrebatar.
Por eso decidí escribir esta historia, la de mi querido padre, un hombre pequeño que llegó a encumbrarse a lo más alto, un relato escrito desde abajo, que osaría titular algo así como “Evangelio según Zaqueo”.
No lo leáis deprisa, como si fuera algo ajeno a vosotros o un legajo antiguo de tiempos pasados. Pensad que estos hechos nos incumben a todos de un modo u otro. ¿O es que, cuando al caer el día y en medio de vuestra noche cotidiana acudís al lecho, no os sentís, amigos lectores, también vosotros en cierta medida un tanto solitarios, desvalidos y pequeños en medio de la incertidumbre de las primeras sombras? (…)