Hoy casi nadie duda de que las personas crecemos o maduramos hasta el último día de vida. Debemos a Piaget la primera evidencia de este crecimiento: hay cosas que no podemos pedir a un niño según la edad que tenga. Y, por lo mismo, hay actitudes que cabría esperar de un adulto, aunque no siempre se den.
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Por ejemplo, en los primeros años de vida, hasta la aparición del lenguaje, nuestro modo de percibir la realidad es esencialmente sensorial: el mundo se divide entre “yo” y “lo que no soy yo” e interactuamos con ese entorno en la medida que satisface mis necesidades. Por eso, la psicología, a día de hoy, sigue definiendo estas primeras etapas como egocéntricas. A pesar de que los primeros estudios de Piaget están hoy superados y corregidos por otras perspectivas, su intuición de crecimiento y maduración sigue siendo relevante.
Hay experiencias y sensaciones adultas que solo podemos tener en la medida en que hemos madurado y no llegar a ellas son indicador de algún tipo de desajuste. En principio, muy pronto, entre los 2 y los 6 años, superamos la etapa preoperacional, cuando aún no somos capaces de pensamiento simbólico ni de operaciones abstractas, algo que nos será tremendamente útil a lo largo de la vida para ir más allá de lo inmediato. Como adultos, podemos habitar y celebrar el aquí y ahora porque nuestra capacidad simbólica y trascendente nos permite entender que nuestra vida no se agota con lo que ahora vivo, que puedo estar sola en esta habitación pero hay personas que me siguen queriendo aunque no las vea aquí, etc…
Ese egocentrismo de los primeros años de vida conlleva incapacidad para percibir la realidad de manera plural y diversa centrándose en un solo aspecto cada vez, dificultad para interactuar en el juego limitándose a hacer cosas en el mismo espacio de forma simultánea, dificultad para ver la realidad como la ve el otro asumiendo que lo que ellos ven, oyen o sienten es lo que todos ves, oyen y sienten. Por eso, hasta que no crecemos y superamos esta etapa, no es posible el lenguaje, capacidad simbólica y relacional por experiencia.
¿Es curioso, no? A menudo, entre adultos, disculpamos actitudes de este tipo diciendo que cada cual tiene su manera de ser o sus preferencias en el modo de trabajar. Sin embargo, quizá nos vendría bien asumir sin paños calientes que la dificultad para vivir con esperanza descubriendo sentido en situaciones presentes muy duras no te hace más realista sino menos capaz de trascender lo evidente.
Que negar la palabra y la mirada a otro con quien trabajo o comparto un espacio vital indica una carencia en quien lo hace y no en quien se pretende anular. Que la incapacidad para identificar lo que el otro está viendo y sintiendo desde su perspectiva distinta a la mía, no es señal de libertad sino de egoísmo narcisista. Y que no poder celebrar las alegrías ajenas ni expresarlo es un rasgo de inmadurez personal y de falta de empatía.
Malos estrategas
Si además de no alegrarnos con los triunfos y logros de otros, intentamos minimizarlos o quitarles valor, estamos –además– siendo malos estrategas. Porque la alegría de mi prójimo, bien vivida por mí, achicará mis penas; porque si lo celebro, estrecharé con el los lazos y las distancias; porque sus éxitos, a poco que compartamos algún proyecto laboral o familiar, repercutirá también en mi propio valor e imagen.
¿O acaso no hemos experimentado alguna vez que el bien de otros ha hecho crecer el mío propio? Ese reconocimiento y validación sinceros son puentes que nos hacen ir un poco más allá a todos. Y, al revés: la mezquindad personal o el desajuste madurativo que todos arrastramos en algún momento, a quien más daño hace es a nosotros mismos.
Crezcamos, no dejemos de crecer. No estamos llamados solo a empatizar con el sufrimiento ajeno, sino también con lo bueno, bello y verdadero que hay a nuestro alrededor. No verlo ni celebrarlo, hace que el mundo sea un poquito más triste. Pero sobre todo, nos empequeñece y limita. No merece la pena.